EN AUSENCIA DE DIOS
IN GOD’S ABSCENCE
por Oscar Valero
Smashwords edition
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Oscar Valero en Smashwords
En Ausencia de Dios
Copyright © 2010 Oscar Valero
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EN AUSENCIA DE DIOS
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PROLOGO
La joven se levantó de un salto, con los ojos hundidos en sus cuencas y la mirada perdida en la oscuridad de la noche. Fue un acto de desesperación, sabía que estaba perdida, pero no hacer nada significaba morir, caer en un horrible pozo sin fondo, y cada metro era aún más aterrorizador, más estremecedor y cruel. Le pareció que había corrido cien metros cuando en realidad sólo había dado cinco o seis lentos pasos con unas ya castigadas piernas. Su precioso y largo pelo negro, con algunas puntas ya quemadas por el fuego de la hoguera, era ahora un manojo de débiles hilos que abrazaban hierbas y trozos de ramas que se habían enganchado a él mientras le dieron aquella paliza en el bosque. Las piernas estaban llenas de madrugadores moratones y sangre, las heridas seguían abriéndose. El precioso traje de fiesta tradicional era ahora un montón de jirones y trapos que se caerían solos si las manos de la chica no los aguantasen apretándolos contra su cuerpo.
El sabor de su boca era una mezcla de pescado y sangre. Era una mezcla de agotamiento por la hora que llevaba de golpes y persecuciones, de manoseos y correrías entre la maleza de la montaña, y al mismo tiempo de sangre que brotaba de las heridas de la misma boca, la que sangraba por la nariz y la que le salía del estómago. De repente, sin posibilidad de haberlo podido prever, un brazo se interpuso en su camino. No era nadie atrapándola, era simplemente el brazo de un joven que estaba quieto esperándola tras los cinco pasos. Simplemente levantó el fuerte brazo a la altura de su cuello y ella se lo clavó en la laringe.
Cayó de espaldas mientras le cedían las piernas y se llevaba las manos al cuello, intentando volver a respirar tras aquel golpe, sin poder gritar ya más. Hacía rato que había dejado de hacerlo, ya no tenía fuerzas para ni siquiera emitir un gemido. Ni siquiera pudo oír la carcajada del muchacho que se jactaba del resultado conseguido por sólo levantar un brazo.
Los otros tres jóvenes que le acompañaban también se rieron. Uno de ellos cayó al suelo haciendo ademán de que tanta risa le hacía perder el equilibrio y la fuerza.
El oscuro acompañante de los jóvenes era el único que no reía descontroladamente. Estaba de pie, observando la escena. Una joven y guapa muchacha rodeada de los cuatro jóvenes que la acababan de traer a la fuerza al bosque desde el camino que llevaba a la ermita, allí la habían desvestido y apaleado y ahora jugaban con ella como quien juega con un mono de trapo, sin sentido, sin pensamiento, sin mirada. Sin alma.
El maestro miró hacia arriba, ajeno a la vida que estaba perdiéndose delante de sus ojos. Un breve destello en el cielo le llamó la atención. Quedaba poco tiempo para el amanecer. Para entonces Cristo habría ya resucitado y estaría entre ellos, Pascua de Resurrección. Tenía que acabar el rito antes de que el sol dejase ver su cara, antes de que el mundo volviese a Sus manos.
Separó las manos que hasta entonces había tenido entrecruzadas a la espalda, y torció levemente la boca formando una irónica sonrisa. Sus pupilos estaban preparados, y la joven también. En pocas zancadas pasó entre los cuatro jóvenes borrachos y llegó hasta la muchacha. Se agachó hasta agarrarle el pelo y sin dar señales de hacer el mínimo esfuerzo volvió hacia donde estaba arrastrando consigo a la chica, que se llevaba las manos a la cabeza para evitar el dolor que le producía el tirón de pelo.
Los cuatro jóvenes rieron aún más viendo cómo parte de la ropa de la joven se perdía por el camino, y poco a poco se acercaron hacia su maestro, mientras él la alzaba junto a la piedra que se elevaba tras el fuego, y la depositaba allí sin cuidado.
El maestro levantó la mirada para verificar que todo estaba en su sitio. Las dos piedras que marcaban la base de la pirámide bien limpias, el suelo con la tierra batida y sin ramas, el fuego ya moribundo en la roca que señalizaba la punta de la pirámide, apuntando hacia el este, hacia la salida del sol.
Sus pupilos se empezaban a tranquilizar, era el momento en que sus mentes debían escoger entre la somnolencia del borracho, o la libertad del iluminado. La joven hizo un ademán de incorporarse, pero un golpe de mirada de aquel hombre la paralizó. Los bellos ojos verdes de la joven pudieron ver el fuego del infierno reflejado en los oscuros ojos de aquel hombre. No, no era el reflejo de la pequeña hoguera que habían levantado, era un fuego intenso y vivo, un fuego en el que ardía algo con pasión, su ira, su odio, la violencia personificada. Aquella violencia contrastaba con la quietud y pasividad del gesto de su rostro. El hombre estaba tranquilo, dominaba la situación, la dominaba a ella.
Sintió un golpe en la mandíbula, sin saber de dónde había venido, que le lanzó de nuevo hacia la roca, sin saber si había perdido el sentido o no, si estaba soñando o no, un golpe que la paralizó.
El hombre sacó del zurrón que había traído una pequeña botella de barro con forma de un enorme huevo. Echó un poco del líquido que contenía al fuego, animándolo enormemente, volviendo a crujir y quejarse como lo había hecho media hora antes, y luego le acercó el huevo a uno de los jóvenes. El joven miró el jarro con curiosidad, buscando en él algo que mostrase lo que era. En el exterior pudo leer Deus Meumque Jus, lo cual no significaba nada para él, y se dispuso a beber. Aquella noche hubiera bebido cualquier cosa.
Mientras uno tras otro bebían de ella, el maestro empezó a murmurar, al tiempo que levantaba los brazos hacia donde debía nacer el sol, sin que ninguno de los presentes le entendiera.
¡Mah Ashrel het druid, oh Hurus ethael oprrah athait heth!
Los jóvenes parecían disfrutar del líquido que incorporaba aquel jarro. Se peleaban entre ellos para agotar su contenido, su borrachera se disparaba, su actitud era cada vez más agresiva, pero al mismo tiempo sus actos eran más controlados, más fuertes. No parecían actuar como borrachos perdiendo el equilibrio, sino como bárbaros guerreros incontrolados.
La joven parecía volver otra vez en sí. Estiró el brazo para sujetarse al extremo de la roca y poder incorporarse, y notó cómo el extremo de la misma estaba pulido y era cortante. Su cuerpo giró sobre sí mismo y estiró las manos hacia aquel borde afilado. El perfil era regular, un saliente, una punta, un entrante. Y otra vez. Levantó la mirada y siguió el perfil de la roca, sin importarle todo lo que pasaba a su alrededor, como el ebrio que ajeno a la fiesta analiza la forma del vaso del que está bebiendo.
Saliente, plano, entrante romo. Otra vez.
Aquello no era una piedra. Hizo un esfuerzo para levantarse, pero no pudo. Se giró hacia el otro lado y estiró de nuevo los brazos. El mismo esquema. Aquello no era una piedra. Levantó levemente la cabeza, aguantando un enorme dolor en el cuello, esforzándose por respirar. El mismo perfil de la piedra la rodeaba toda ella. Aquello no era una piedra, era una columna antigua, un resto de columna que se debía haber partido con los siglos, y ella estaba sobre ella. Aquello era una mesa, un altar. Y ella era el sacrificio. Tenía que levantarse y huir, ya no le importaba ser violada, mutilada, asesinada. ¿Qué más podía venir?
Un fuerte golpe en la cara la devolvió violentamente a la base de la columna. Llevó las manos a la cara para protegerse, recogiendo las piernas en posición fetal. Pero no tenía fuerza. Uno de los jóvenes, el más delgado, con los pómulos marcados y los ojos oscuros, le agarró ambas manos con una de las suyas, mientras se sintió mirada con deseo, pero un deseo especial, una expresión de violencia y satisfacción en la cara de un joven ebrio de violencia que se sentía satisfecho.
El joven veía a una débil muchacha de raza inferior, medio albanesa y medio italiana, pero con unos preciosos ojos verdes que la convertían aquel carbón en diamante. Su poderío era absoluto, la sumisión de la joven total, la necesidad de que ella pagase con su cuerpo y su vida los pecados de los suyos, absoluta.
¡Oh portador de la luz! –Siguió recitando el maestro, ahora de forma inteligible para sus pupilos, que apenas prestaban atención al verso.
¡Oh divina fuerza que trae el heredero de Osiris!
Los cuatro jóvenes fueron sujetando con fuerza a la joven, estirándole brazos y piernas. El delgado, de oscura mirada, oscuro cabello y marcados pómulos, seguía asiéndole la cabeza por el pelo, mirándola a sus ojos. El alto y rubio le sujetaba las manos detrás de la columna. El más ancho y fuerte, le sujetaba una pierna, al tiempo que la acariciaba por el interior, ascendiendo por ella hasta su casi visible intimidad. El pequeño, el joven con el peinado recogido con espuma de peinar, el más bajo y serio, la miraba con deseo mientras le sujetaba la otra pierna, la miraba con un hervor de violencia en su interior, con ganas de que ella saciase todos sus deseos más oscuros.
¡Oh hijo de la Mañana, te ofrecemos este sacrificio como pago por nuestras peticiones, como firma de nuestro compromiso contigo!
La línea del horizonte ya se podía ver claramente en el mar. Faltaban pocos minutos para la salida del sol.
¡Oh señor de la oscuridad, que tu luz sagrada apague esta falsa luz de esperanza que tus infieles adoran, apaga toda esperanza de salvación de los infieles, haz que oh tu ángel de la muerte, Malaikat-al-Maut venga y haga justicia, que caiga sobre nosotros la responsabilidad de levantar la Spada de Lucifer, de triunfar entre infieles para ofrecerte el mundo!
Los jóvenes estiraban las extremidades de la mujer cada vez con mayor fuerza, y ella ya no sentía dolor ni en brazos ni en piernas. Pero la piel de su vientre empezaba a rasgarse, las grietas que partían de su ombligo ya eran visibles al no cubrirlo ropaje alguno, y la sangre caía por los costados del hinchado vientre. Además, el niño que había crecido en su interior, parecía que todavía estaba vivo, ahora se movía más que nunca, ahora dolía como nunca lo había hecho antes.
¡Oh Baphomet, ilumínanos en este oh el día más sagrado de todos los días! -Dijo mientras recogía con sus manos desnudas unas brasas de entre el fuego, y las levantaba hacia el cielo, sin que dejaran de arder entre sus manos, y sin quejarse por sentir dolor alguno. !
¡Ha llegado el día en que tus servidores artesanos dedicamos nuestras almas a recibir tus enseñanzas, a dedicar nuestras infinitas vidas al servicio del verdadero poder de tu fuerza, danos tu luz y sé nuestro guía en ésta nuestra vida que aquí te ofrecemos!
El joven seguía mirando a la infortunada a los ojos, buscando en ella algo, mientras sentía como dentro de él la bebida, el fuego, el deseo, iban creciendo sin freno.
Y entonces ocurrió. Pudo ver cómo en los ojos de la joven, la esperanza desaparecía, cómo se abandonaba a sus deseos, cómo perdía su alma. El joven sonrió mientras los ojos brillaban con el fuego, y se llevó la mano a la cintura de sus pantalones. Era el momento.
¡Oh Typhon, cumple tu promesa y nuestra petición, haz que Hermes nos acompañe en nuestra lucha por ti, ilumina nuestro camino hasta el final de la lucha!
Tras él, le siguió el de menor estatura, que acabó rápidamente con ella. El rubio fue igualmente rápido y doloroso, y el más grueso de todos fue el más violento, el que pagó con ella que su embriaguez no le dejase excitar lo suficiente. El maestro admiró al joven obeso, y apretó con las manos ya bajadas el resto de las brasas del fuego, apagándolas con la presión mientras observaba cómo el joven apretaba el cuello de la muchacha, cómo impedía que respirase y sus ojos se abrían desesperadamente. Lo último que vio la joven al girar la cabeza buscando liberar la tráquea sin éxito fue la mirada del maestro mientras el primer rayo de sol le iluminaba, el gesto alegre, calmado y de satisfacción de su cara, y le pareció que su fina barba se quemaba con la luz del sol.
* * * * *
CAPITULO 1
La furgoneta giró por la calle 34 sin que nade sospechase de ella. Delante de él pudo ver el Honda Civic que vigilaba en el siguiente cruce, y la radio volvió a sonar con normalidad.
-Juancho, la 36 está sin problemas. Felipe dice que vais tarde y os va a cortar los cojones.
El conductor de la furgoneta lanzó un insulto sobre el micrófono abierto de la radio. Al mismo tiempo bajó la ventanilla y lanzó también un escupitajo sobre la calle.
-Ándale, Juancho. Dale más aún al pie – le espetó el copiloto.
-Esta mierda va como va. Yo debería ser quien fuese delante, y no quien condujese esta mierda cajamuertos.
La radio siguió hablando entre cracks y ruidos entrecortados.
-Están acojonados. No más –siguió añadiendo el conductor – si me dejasen a mí a esos changos no se volverían a atrever con nosotros.
El copiloto se rió.
-¿Con qué, manito? ¿Vas a buscar a esos negrucos y les vas a dar con tu hermanita?
-No son negrucos. Estoy seguro de que son esos putos policías. Esos chingados irlandeses blanquitos son peores que el peor negrata de todos, son unos falsos hijos del diablo. Son ellos los que nos están masacrando, manito, son ellos. Y como se me ponga un azulito por delante, por mi virgen que lo voy a liquidar en cuanto pueda, manito.
La furgoneta volvió a chirriar para volver a subir hacia el norte por la 36. En el retrovisor pudieron ver cómo el Civic se ponía en marcha tras ellos, y tras él apareció el viejo Corvette de Miguel. Si alguien se atrevía a robarles la droga, se encontraría con el mismísimo segundón de Juárez, Miguel el arrancapiel, le llamaban. El mote se lo había ganado a pulso. Cada vez que quería hacer hablar a alguien o hacerle ver que con Juárez no se jugaba, lo ataba desnudo detrás del Corvette y lo arrastraba por kilómetros de asfalto. Hasta que se quedaba sin piel. También decían que se había ganado el mote porque en una ocasión se la había quitado a uno de sus rivales con sus propias manos. Nadie lo sabía, pero todo el mundo le creía capaz de hacerlo, a él, y a cualquiera de sus hombres.
Doscientos metros más adelante pudieron ver el otro coche lanzadera. Otro Civic que iría siempre delante para decirles si había algún problema en el camino. Todo iba según lo planeado.
El teléfono móvil del copiloto empezó a sonar con la música de un bolero.
-Sí, amita, ¿qué pasa contigo? Te tengo dicho que no me llames durante el día, carajo… hizo una pausa, hizo como si quisiera volver a hablar, pero ésta vez cayó y prestó toda la atención que tenía al teléfono, en aquel momento ya no existía nada más a su alrededor a parte de aquella llamada.
-Manuel, deja eso –dijo el conductor- y presta atención, nos van a cortar los cojones como te vea Miguel hablar por teléfono.
El teléfono del conductor fue esta vez el que sonó. Durante unos segundos no supo si cogerlo o no, los dos tripulantes a la vez hablando era demasiado, pero todo iba sobre ruedas, aquello era como conducir un autobús urbano.
-Dime, güey –dijo sin mirar siquiera quién llamaba.
-Juancho, soy Ramón –el conductor se extrañó de oír a su hermano al teléfono, nunca solía llamarle.
-Oye, Ramón, te llamo luego, ahora estoy liadito.
-Me han dicho que te llame, Juancho, estos hijos de la chingada me han dicho que te llame.
-¿Quiénes Ramón? ¿Qué huevones son esos?
-¡Han matado a Padre, y a los hermanos Rodríguez, Juancho! Estos hijos de la chingada nos están matando a todos, y me han dicho que te llame para que lo sepas.
-Pero…
El Civic giró a la derecha bruscamente y casi le pierden la pista. Frenó de golpe sin reducir y la furgoneta derrapó y se fue de delante. Con la mano libre el conductor giró rápidamente el volante y luego aceleró para enderezar su marcha.
-¿Quiénes son esos mierdas manito? ¿Quiénes son? ¿Qué quieren?
-¡Son un Chingo! ¡Tú mátalos, Juancho! ¡ Mátalos!
Fue lo último que pudo oír por teléfono. Después oyó unos disparos y la comunicación se cortó.
-¡Hijos de la chingada! –Oyó decir a su copiloto- ¡esos hijos de la chingada han matado a mi novia!
Juancho giró la cabeza para mirarle. Acababa de oír cómo disparaban a su hermano, y ahora disparaban a la novia de su compañero. Se volvieron locos, nerviosos, sin saber si irse de allí, sin saber qué hacer, tenía que ser una broma, o no. ¿Qué pasaba?
El Civic giró en redondo en la siguiente esquina. Algo iba mal. ¿Habrían recibido también ellos otra llamada?
Una hormigonera apareció de repente, iba demasiado rápida para aquella pequeña calle. Juancho maniobró para pasar entre el Civic y los edificios del lado norte de la calle, y dando espacio a la hormigonera, pero en el último momento ésta giró y los hispanos de la furgoneta pudieron ver cómo se dirigía directamente a ellos.
El embiste fue brutal. El frontal del camión aplastó la cabeza del copiloto en cuanto tocó al vehículo. Juancho perdió todo el control de la furgoneta, y no podía ya evitar que fuera aplastado contra la pared, no llegaría a tiempo de parapetarse con el Civic.
Pero de nada hubiera servido, el Civic saltó por los aires entre una bola de fuego. Juancho levantó las manos para proteger su cara del calor, y fue entonces cuando por el rabillo del ojo pudo ver cómo se acercaba la pared del edificio a toda velocidad, y ya no pudo ver cómo la hormigonera aplastaba la furgoneta y la empotraba en una librería todavía que todavía no había abierto sus puertas.
El Civic que venía por detrás frenó en aquel momento haciendo que girase sobre sí mismo, de aquella forma en cuanto abriese las puertas tanto el copiloto como los hombres de detrás podrían salir a la calle abriendo fuego sobre los atacantes. Las puertas se abrieron, pero en cuanto salieron una ráfaga de ametralladora pesada los volvió a meter en el interior del vehículo, justo encima del resto de ocupantes, que ya yacían muertos.
El Corvette fue el último en llegar al lugar. Miguel había oído la alerta del Civic y había visto los últimos momentos. En vez de frenar aceleró para cruzar toda la escena, no iba a caer en la misma trampa que el Civic. Miguel armó la escopeta de cañones recortados y bajó la ventanilla para disparar y al mismo tiempo poder tirar un par de granadas, pero la ametralladora pesada volvió a escupir, y atravesó la carrocería y los cristales del coche como si fueran de mantequilla. Una bala le entró por el hombro, rompiéndole la clavícula. Otra le alcanzó en la mandíbula, destrozándole la cara, y una tercera le rozó el brazo, lo justo para que perdiese las dos granadas que ya tenía armadas.
Frenó violentamente. Todavía tenía control del vehículo, pero no veía nada y no sabía lo grave que eran sus heridas, la adrenalina lo enmascaraba todo. Tenía que sacar de allí las granadas. El Corvette resbaló por el asfalto hasta ir a dar contra la hormigonera. Miguel tiró de la palanca para abrir la puerta, nadie más del coche estaba ya en disposición de hacerlo. La puerta se abrió unos centímetros, pero no del todo. El golpe había deformado todo el lateral, y los goznes se habían doblado, la puerta no se abría.
Se abalanzó sobre el copiloto ya muerto para salir por su puerta, pero no podía mover el brazo derecho, y el izquierdo casi no lo notaba. Hizo un nuevo esfuerzo, y consiguió llegar hasta el mando de la puerta. Aplastó al copiloto con su propio peso, pero algo no le dejaba avanzar, se había enganchado al cinturón de seguridad. Agitó las piernas con fuerza, y en aquel momento se liberó. En el mismo momento que vio también rodar a una de las granadas. La miró cómo rodaba a sus pies y se detenía, inmóvil unas décimas de segundo.
Justo antes de que estallara, destrozándole a él y a los otros ocupantes del coche, y los envolviera en una bola de fuego.
Cuando llegó el primer coche de policía los atacantes ya se habían ido. No quedaba nada de ellos ni de la droga de la furgoneta. Lo único que pudieron hacer los policías fue sacar los extintores de los coches patrulla para evitar que el fuego fuera a más, y pedir que acudiesen las ambulancias. Lo hicieron con calma y paciencia, no había prisa, ningún hombre de Juárez había quedado con vida, y tampoco era el primer ataque que veían así en lo que llevaban de semana. Alguien estaba masacrando a Juárez y a otros traficantes de poca monta, y no tenían ni idea de quién era.
*
En el ala sur de la tercera planta del edificio del Centro de Contraterrorismo Nacional, el NCTC, a las afueras de Washington, las reuniones no solían ser infrecuentes. De hecho, todos los días se juntaban allí jefes de departamento y de zona para ponerse al día de todas las actividades de la agencia, y recibir y repartir nuevas misiones.
Floyd Hutchinson se sentó en la silla que llevaba ocupando todos los días desde hacía dos años. Como siempre, venía cargado de un montón de papeles para poder demostrar todo lo que afirmase en la reunión, además de tener allí mismo la fuente donde poder sacar nombres y fechas si alguien los buscaba. Floyd era un hombre chapado a la antigua, había ido a Vietnam como el Director Muller, y había servido allí también como oficial. Pero a diferencia del director, que de las trincheras había pasado a los tribunales, y de allí al frente del FBI, Floyd había estado en el negocio de la inteligencia desde entonces. Al regresar de su puesto en los servicios de inteligencia del ejército en Vietnam, se incorporó al FBI como agente especial, y empezó a progresar por el escalafón hasta llegar a su silla. Ahora, todo lo que pretendía era precisamente lo que le pedían, y era saber más que nadie, y que los otros no lo supiesen. Era el Oficial Jefe de Información, lo que significaba el que no hacía nada sino centrar la información que tenían todos los departamentos y ver que nadie estaba duplicando su trabajo.
Fue el primero en llegar, pero no le importó encontrarse con la mesa vacía y nadie allí. Estaba acostumbrado a llegar siempre el primero. Deshizo el paquete de documentos que traía consigo y los amontonó ordenadamente encima de la mesa, siempre con las tapas en cada uno de ellos, a nadie más que a él le interesaba saber qué había allí.
A los pocos minutos empezaron a llegar el resto de miembros de la Unidad de Decisión del Programa de Inteligencia Nacional del FBI. Entre ellos los tres más veteranos, John Malcvitz, director de la División de Contramedidas de Seguridad, Bryan Mckeena, director del Grupo de Respuesta Crítica, y Gyllian Manara, director de la División de Entrenamiento. Los tres ya formaban parte del FBI cuando tuvieron lugar los atentados del 11-S. Los tres habían sido cogidos desprevenidos por los atentados, nadie se esperaba algo así, por muchos datos que hubieran pasado por sus narices. Cuando el Presidente decidió crear una oficina que centralizase toda la información que pudiesen tener los servicios de inteligencia de la policía, el FBI organizó su propia oficina de información, el Programa de Inteligencia Nacional.
El Programa de Inteligencia Nacional tenía tres divisiones, contraterrorismo, contrainteligencia, y el directorado de inteligencia. Pero además de ellos se había constituido la Unidad de Decisión, una mesa en la que todos ellos, y otras unidades del FBI, ponían la información que creían relevante para compartir, además de otros riesgos y alertas.
Además de los tres veteranos y Floyd, faltaban en la mesa los jóvenes modernos. El jefe de la Oficina de Información de los Servicios Judiciales, el joven George Hickins, que el Director había conocido mientras perseguía a los grandes delincuentes de la droga, Anthony Blake, el jefe de la Sección de Tecnologías especiales y otras aplicaciones, y Kenneth O’Connaught, jefe de la División de las Tecnologías de Investigación. De suerte que los jóvenes no tenían menos de cuarenta y cinco años, pero tenían unas mentes sin duda mucho más abiertas que las de sus compañeros de mesa. Además, representaban a unos equipos de trabajo que cualquiera que los viera en funcionamiento difícilmente los asimilaría a un equipo de investigación del FBI. Más parecían un grupo de jóvenes jugando on-line a la Playstation, o a cualquier juego de rol, que un equipo de policías.
La reunión empezó puntual. El jefe Hutton, jefe del Programa de Inteligencia Nacional, el jefe de la mesa, no admitía retrasos. Todos ellos expusieron el estado de cada una de las investigaciones que tenían en marcha. Pistas sobre nuevos sospechosos de Al-Qaeda, nuevos mecanismos de control de la frontera, avances que se habían realizado en el control de la información entre grupos peligrosos, y sobre todo, una respuesta de cada uno de ellos a las alertas que se habían dado en la anterior reunión. En cada reunión, a cada una de las alertas se le asignaba un grado. Desde grado 6, o posible actividad vinculada a un grupo peligroso, hasta grado 1, o actividad comprobada perteneciente a un grupo ya no peligroso, sino terrorista, que en concreto se refería a Al-Qaeda. Y en cada reunión se revisaba el grado de todas las alertas, llegando a descartarse algunas de ellas que pasaban a equipos locales de investigación del FBI, o se trasladaban a la policía estatal.
El repaso de todas las alertas lo hizo el propio Floyd, que fue relatando lo que le había ido comunicando cada uno de los departamentos. Hickins comunicó un par de noticias sobre el encarcelamiento de varios sospechosos, y lo mismo trasladaron los hombres de acción. Pero llegó el momento de comunicar nuevas alertas, nuevas actividades que merecían que los presentes dedicasen su atención.
McKeena, de respuesta crítica, renovó la alerta sobre el uso de los nuevos medios para salvar la frontera. Pequeños aviones de reacción que volaban a baja altura, hidroaviones, lanchas invisibles al radar, y minisubmarinos, eran medios no habituales que últimamente empezaban a serlo. Todos habían sido puestos en conexión con traficantes de droga que pretendían meterla en los Estados unidos, pero alguno de estos grupos no dejaban de tener conexiones con mafias de opio de irán, o eran utilizadas por traficantes menores que podían transportar armas o personal terrorista como forma de financiar sus actividades. La alerta se dio, y se le asignó un grado 3, dado que se nombraron varios casos de aprehensiones ligadas a traficantes sospechosos de estar vinculados a terroristas. A partir de entonces, cada semana los ponentes deberían plantear qué harían en cada uno de sus departamentos para luchar contra esa amenaza, y estar preparados para que detectar esos medios fuera tan normal como detectar un coche cargado de droga en la frontera de México.
El último en exponer, alguien que no solía hacerlo, fue el mismo Hickins, el abogado. Revolvió varios papeles de su cartera mientras murmuraba para sí. Todos se quedaron callados mirándole. En principio el abogado debería ser el que más facilidad de palabra tenía, claro está, después del Jefe Hutton.
-Querría alertarles sobre un incremento de actividad local de las redes de narcotraficantes…
-¿Incremento de actividad local de las redes de narcotraficantes? –Repitió irónicamente Malcvitz, el hombre de acción -¿qué coño significa eso Hickins? ¿Qué está entrando más droga? ¿Y qué coño nos importa?
-No es la droga Malcvitz –el que se llamasen por los apellidos cuando hacía más de ocho meses que se reunían en la misma mesa cada semana, era una buena muestra de las diferencias que mantenían entre ellos –seguramente hay mucha menos droga. Lo que hay es más violencia, una lucha entre bandas, pero como nunca se había visto.
-¿Y a nosotros qué más nos da? Es una lucha local, ¿No?
-Nosotros no hemos visto nada relativo a eso. No hemos interceptado ninguna comunicación desde fuera alertando de eso – dijo O’Connaught, de tecnologías de información.
-Ninguno de nuestros hombres me ha dicho nada –dijo McKeena, refiriéndose a sus hombres como si fueran los únicos que rondaban por las calles, los únicos que no se encerraban en despachos mirando el ordenador.
-¿Dónde está el riesgo? –Preguntó el Jefe Hutton.
-Es más que una lucha de bandas. No es en un solo estado, es en todo el país. Además la violencia es extrema, es exagerada, nunca se había visto nada igual.
-¿Extrema? ¿Qué hacen ahora? ¿Se meten misiles terroristas por el culo? –Preguntó Mckeena intentando arrancar una carcajada a todos y contra el abogado, cosa que efectivamente consiguió.
-No, McKeena. En cada asalto que hacen asesinan a todos los presentes. A todos menos algún desgraciado. Pero no solo eso, además asesinan a familiares de los atacados, a vecinos y a amigos, a soplones y clientes.
-No veo cómo puede afectarnos eso. Deben de haber varios equipos dedicados a eso, sin necesidad de que ésta mesa se ocupe.
-No es una guerra de bandas. Todas son atacadas, en todo el país. Quien quiera que lo esté haciendo tiene que tener muchos medios, mucho dinero y muchos hombres. Y la información de que dispone es inmensa. Esto lo está haciendo una organización muy, muy grande. Y el hecho de que sea tan violenta me hace pensar que sus tácticas son terroristas –dijo el abogado, cada vez más seguro de sí mismo.
Todos se quedaron en silencio.
-Eso no puede ser –dijo McKeena –algo tan grande hubiera llegado a oídos de cualquiera de nosotros, y por lo que dices todo han sido actuaciones locales.
-Por eso no os ha llegado. Porque nadie lo denuncia, nadie habla de eso. Tanta violencia sólo busca una cosa, una especie de ley del silencio. Aquel que ha hablado con alguien de la policía, ha desaparecido.
-No ha habido ninguna alerta en las fronteras. No se ha entrado ni desviado droga. No hay nuevos traficantes – dijo Malcvitz, que aunque no llevase el control de fronteras, estaba enterado de todos sus movimientos.
-¿Floyd? –Preguntó el Jefe Hutton al ver que éste estaba revisando sus papeles.
-Es cierto, tenemos… -dijo mientras acumulaba papeles de varias carpetas – tenemos unos cuarenta agentes especiales dedicados a investigar ese tipo de sucesos en la costa Este. Pero también hay informes de investigaciones, en Seattle, Indiana y la costa oeste. –Hizo una pausa- todos parecen ser sucesos locales.
El jefe se quedó pensativo, y todo el mundo se puso serio mientras repasaban sus papeles. Le estaba dando importancia.
-Yo solo tengo un informe –dijo Blake, el director de nuevas tecnologías mientras leía un informe, al parecer lo estaba leyendo por primera vez, debía estar marcado como poco importante. Todo el mundo se extrañó. ¿Nuevas Tecnologías tenía algo que decir?
-Uno de los analistas parece haber pasado los hechos por un simulador de comportamientos. Es una matriz lógica en la que se introducen los datos de diferentes sucesos y extrae una probabilidad empírica que sugiera una actividad organizada. Es aplicar un cálculo matemático y estadístico a todos los hechos que recibe y dibuja un gráfico de…
-Al grano, Blake –le interrumpió McKeena.
-No hay coincidencias de autores, lo que coincide con lo que decís que son actuaciones locales. Pero en un cuarenta por ciento de los casos aparecen armas automáticas del mismo calibre, lo que sugiere que han sido avituallados por un mismo proveedor. No se ha detectado ningún emisor o receptor de correos electrónicos vinculados a estos hechos, pero sí de llamadas telefónicas. Ningún teléfono en concreto, siempre móviles y nunca el mismo usuario, pero sí hay muchas llamadas a un mismo lugar que antes no estaban allí.
-¿A qué país? ¿Colombia? –Preguntó Manara.
-No, -dijo Blake mientras seguía leyendo el papel –aquí mismo, a Washington.
-¿Es fiable eso que dices? –Preguntó escéptico Hutton.
-Es un programa nuevo, una matriz de comportamientos, no es un cálculo exacto. Además se basa en información introducida, no en lo que ha pasado. Puede ser que haya un brote de neumonía en algún barrio marginal de Washington cuyas familias, también marginales y repartidas por todo el país, estén preocupadas y se llamen por teléfono. Incluso la vinculación de los grupos llamantes es por zonas de conexión de teléfonos móviles, no por usuarios –siguió removiendo las hojas del informe- es un programa experimental, se basa en similitudes de comportamientos junto con un análisis de coincidencias.
-Eso quiere decir que no, ¿no es así Blake?
-No hay una detección cierta. Son presunciones. Y eso no significa que sea falso, simplemente que o es casualidad, o son muy buenos ocultando sus comunicaciones y cambiando de teléfonos y de formas de contacto, incluso de gente.
-¿Y hay alguna vinculación aunque sea estadística con algún grupo terrorista?
Blake miró su informe.
-Ninguna.
El Jefe Hutton sabía que no podía dar una alerta basada en una suposición así. Pero tampoco podía dejar de imaginar qué supondría tener una vasta organización violenta y descontrolada por todo el país. Tuviese la motivación que tuviese.
-Voy a asignarle una alerta 6. ¿Qué vais a hacer?
Manara tomó una nota en su libreta. Tenía algo más que pensar para aleccionar a sus asuntos, pero todos volvieron a pensar lo mismo. ¿Qué iba a extraer el profesor de todo aquello?
Floyd dijo que recopilaría todos los casos de los agentes especiales y se los pasaría a contrainteligencia para que buscase alguna vinculación con grupos terroristas. McKeena prepararía un plan de acción para desplegar equipos especiales en terrenos de las mafias locales. Si podían intervenir en alguno de esos sucesos a tiempo, podrían detener a mucha gente y sacar información. Hickins también pasaría a Floyd toda la información que tuviese sobre las actuaciones judiciales de estos casos.
O’Connaghan correría un programa de búsqueda de correos y mensajes sobre los principales servidores sospechosos de albergar actividad mafiosa, y lo mismo haría con los detectores de alertas en voz. Los detectores de alertas en voz eran máquinas que intervenían muchas llamadas telefónicas. No eran escuchas porque ni grababan las conversaciones, ni había nadie detrás de las intervenciones, pero las máquinas detectaban el uso de determinadas palabras que enviaban alertas a un control central. Era la parte más ancha del embudo de escuchas del FBI.
-¿Enviarás un equipo a Washington? –Le preguntó Floyd a McKeena.
-Ya tengo equipos en Washington. Como en todas partes, pero aquí siempre hay, y más de uno. ¿Crees que no iba a tener equipos especiales de vigilancia cerca de Langley, de la Casa Blanca y el Pentágono? –Dijo Mckeena indignado. –Sólo dime qué quieres que busquen y lo harán.
Floyd miró a Blake, que ya no había encontrado más respuestas en el informe.
-¿Ese analista podrá decirte más cosas?
Blake lo negó con la cabeza mientras retorcía la boca.
-Si sigue con su análisis podrá mejorar su grado de probabilidad. Pero no nos dirá nada más. Si hay que concretar algo más, dónde, quién, cómo, lo que necesitará son más datos. O que esa gente la cague.
-¿Qué datos? ¿Qué les digo a mis hombres que busquen? –Preguntó Mckeena.
Blake estaba en un compromiso. No sabía qué había utilizado aquel analista para correr su programa. De hecho era un informe bastante vago, ni lo hubiera nombrado si Hickins no hubiera dicho nada de aquello, y ahora, él, el hombre que debía de ser el análisis que complementase la acción de los otros, era el que estaba llevando la voz de guía de la alarma.
-Dadme todos los datos que tengáis. En los interrogatorios saldrán nombres, teléfonos, direcciones, contactos, productos, armas. Todo. No obstante –dijo dubitativo- eso no es más que centrar información, Floyd lo puede hacer y si hay algo nos lo dará. Este programa busca comportamientos, y los pondrá en conexión con los datos que le metamos, pero creo que ya no va a dar más de sí. Decir si hay más probabilidades o no, poco más.
Por una vez todos asintieron en silencio. Les acababa de decir que lo que tocaba ahora es hacer investigación de calle en el propio Washington, y ver qué se hervía en sus calles, quién lideraba todo aquello.
-Sólo hay una cosa más –dijo Blake leyendo la última hoja del informe. Todos se giraron a mirarle.
-Aquí dice que los informes de la policía y los equipos del FBI que han visto los casos identifican los ataques con profesionales. Por eso los vinculan con sicarios colombianos y sobre todo con las mafias del este de Europa. Pero el análisis de formas y comportamientos en los ataques descritos coincide con actitudes latinas, no eslavas, ni del oriente medio.
-O sea, que son colombianos o mejicanos –dijo Floyd.
- Sí y no, podrían serlo, o podrían ser otra cosa –respondió sorprendido de lo que leía el propio Blake- hay actuaciones propias del Padrino. Podrían ser italianos.
-¿Mafia siciliana? Pensaba que ya era un vestigio de nuestra historia –dijo Manara.
-Pero aquí tengo ataques a grupos italianos –dijo Hickins- ¿Es una guerra?
Blake siguió leyendo.
-Aquí dice que no, los ataques son diferentes, pero deben de estar dirigidos por la misma persona. Es un grupo concreto.
-Ya está bien -dijo Hutton – todo el mundo tiene asignada una misión. Y Blake, como no sabemos más de ese programa y lo que ha hecho tu analista, que él mismo vaya a Washington a buscar la información que necesita. Cualquier descubrimiento y avance, como siempre, a Floyd.
La reunión terminó como había empezado. Hutton abandonó la sala y
los jóvenes se fueron corriendo a ver qué decían sus ordenadores.
Los veteranos se fueron juntos, alabando la gestión tradicional de
sus hombres, y el último en abandonar la sala fue el
propio
Floyd.
* * * * *
CAPITULO 2
Conrad tenía sus pensamientos fuera de la oficina. Su mesa estaba en medio de la sala de analistas, quizás era la que tenía más papeles de todas las que había allí, y sin duda la que más hojas tenía colgadas de las mamparas que formaban su cubículo. Así era cómo hubiera descrito su lugar de trabajo Scott Adams, el autor de las famosas tiras de cómic de Dilbert. Pero las hojas no estaban colgando formando un ordenado esquema de anotaciones, como algún otro analista tenía, sino que tenía colgados informes enteros de múltiples hojas. Además, los libros se amontonaban entre la mesa y el suelo, haciendo que aquello pareciese más un archivo de restos de investigaciones que un propio investigador trabajando en una línea.
Tenía los pies apoyados en la mesa y estaba reclinado en su silla con el lápiz en la boca, mientras releía por quinta vez “Civilizaciones” de Fernández Armesto. Si había un autor que sabía cómo plasmar la base cultural de cada grupo social, independientemente de su origen étnico o geográfico, era aquel.
Por un momento notó que alrededor de él la gente se movía intranquila. Solía pasar cuando el jefe de equipo Williams salía de su despacho para buscar a alguien. Todo el mundo tenía sus trabajos a medias, y Williams buscaba resultados. Si algo no le gustaba al jefe era ver a un analista como él leyendo un libro, pero Conrad ya estaba habituado a aguantar más de un sermón de cómo trabajar. Sabía que por mucho que le dijese que tenía que trabajar a su manera, no le iba a responder con la promesa de un informe concreto sobre determinada actividad. No, su trabajo era mucho más complejo, algo más vago pero que si precisamente hacía algo, era descubrir cosas que todos los demás no veían.
El movimiento de sus compañeros era más que evidente ya. Pies al suelo, fin de las conversaciones, vueltas desde el pasillo de los cafés. Williams estaba en camino.
-¿Qué está leyendo Séller? –Oyó Conrad a su espalda.
Conrad giró la cabeza sin dejar de cambiar su postura, y fue entonces cuando se dio cuenta de que el jefe que estaba provocando tanta alarma no era Williams, sino el propio jefe Blake.
-Fernández Armesto, señor -dijo mientras bajaba los pies y se incorporaba.- Estaba pensando que quizás hay unos errores en la programación que confunden las actuaciones de…
-Déjelo, Séller -dijo el jefe mientras le arrancaba el libro de las manos y empezaba a ojearlo. Hubiera podido ser una simple inspección para ver si estaba trabajando o si aquel analista de vaguedades estaba leyendo una novela, pero la simple lectura de unas frases de aquel libro le dieron a ver que estaba leyendo las mismas vaguedades sociológicas con las que trabajaba. Volvió a preguntarse si todo aquello servía de algo, si no acababa de hacer el ridículo en la reunión apoyando las tesis de Hickins.
-Acompáñeme al despacho de Williams.
Williams acompañaba a Blake en aquella ronda. ¿Qué significaba aquello? ¿Iban a eliminar del programa de nuevas tecnologías a su programa? Conrad se lo esperaba desde hacía tiempo. Ya había tenido muchas dudas de que aquel trabajo no sería muy permanente cuando envió su currículum al FBI, pero un licenciado en sociología sin pretensiones de hacer de psicólogo aficionado, ni a interesarse por los fracasos matrimoniales de los demás, no tenía muchas opciones más. Suficientes habían sido sus propios fracasos personales con las mujeres como para pretender ayudar a otros. Sólo había tenido la opción seria de ingresar en programas de protección social de delincuentes y menores, o de que le aceptasen en aquel programa especial del FBI. Y esto último parecía ser el que tenía mejor paga y le daba mayor libertad de horarios.
Pero claro, no puede pretenderse dedicarse a experimentar con programas informáticos que estudien el comportamiento sociológico de muchos sucesos, sin tener ningún resultado práctico, y mantener un buen empleo indefinidamente. Seguramente le ofrecerían una beca de apoyo de ahora en adelante si les ayudaba a seguir desarrollando con ellos el programa, quizás en alguna universidad, o quizás un contrato de colaboración parcial.
Era una lástima, estaba convencido de que aquella idea con el tiempo y muchos recursos sí podría dar buenos resultados, pero ni siquiera pretendía defenderla, no podía pedir un aumento en el presupuesto de horas de programación y una inversión de miles de horas de analistas que volcasen en ella toda la información que la agencia tuviese. Y la tenía.
Se levantó derrotado y siguió a su jefe, y al jefe de su jefe. No le habían pedido ningún informe, ningún resultado, nada, así que estaba claro de qué iba el tema. Además, Blake todavía conservaba en su mano el libro que le había arrancado de las manos.
El despacho de Blake era algo más digno que el cubículo de sus subordinados. No obstante la diferencia era lo único que le daba prestigio, porque no dejaban de ser unas baratas mamparas de vidrio y conglomerado de madera hasta el techo, un despacho pequeño y poco elegante con un montón de papeles en la pequeña mesa de reuniones que tenía junto a la de trabajo. Williams apartó una silla para su jefe, haciendo espacio en la mesa por si tenía que sacar algún papel, y al mismo tiempo buscó otra silla bien ubicada para él mismo. Nadie se preocupó por Conrad, que dedujo que tenía que sentarse enfrente de los dos jefes, dispuesto a oír de ellos lo que tuviesen que decirle. A esas alturas no pretendía enfrentarse ni ilusionarse, ya lo tenía asumido.
-Bien Séller. Hoy ha salido en una reunión un informe suyo analizando el incremento de violencia de las bandas de traficantes de droga del país.
¿Eso era? De todos los informes que había hecho correr en su programa, las actitudes de los inmigrantes en el control de pasaportes, en su actividad post-entrada, en sus formas de trabajar, en las comunicaciones con Asia, ¿de todos aquellos, se habían centrado en aquella cosa de la mafia? Conrad asintió con la cabeza. Y bien, ¿qué pasaba con el informe?
-Parece ser que no es el único que se ha alertado sobre lo que usted dice en él. En el Servicio de Información Criminal de Justicia también habían detectado algo similar, aunque no con las conclusiones que usted dice en su informe.
-Yo no digo nada, señor. Es el resultado que da el programa –por otra parte, Conrad empezó a hacer memoria sobre el informe, ¿qué es lo que decía que les había llamado la atención? No recordaba haber comentado nada de él con los chicos de Justicia on-line, como se llamaba al departamento de Información Criminal de Justicia, ni sabía de ninguna alerta sobre algo relacionado con su informe.
Blake, dejó el libro de Conrad sobre la mesa. Ni se había dado cuenta de habérselo llevado consigo.
-Díganos, Séller. ¿Podría su programa profundizar más en el tema?
Conrad se los quedó mirando como si le hubieran hecho la pregunta a un párvulo.
-¿Profundizar? ¿A qué se refieren con profundizar?
-Ya sabe, -dijo Williams- quién está detrás de todos esos ataques. Posibles sospechosos, localizaciones, objetivos.
Conrad ya había hecho memoria. Lo que pedían estaba ya en el informe.
-Ya lo dice el informe. Quizás fui más allá de lo que decía el programa para ofrecer algo concreto. Pedí ayuda a un par de analistas de comunicaciones y centré el origen de decisión en Washington. Pero de hecho el programa sólo detecta la existencia de un perfil de comportamiento único. No puede decirnos nada más, no está pensado para eso.
-¿Ni siquiera si tuviese más información? ¿Qué datos necesitaría introducir a su programa para obtener algo más?
-No –interrumpió Conrad- no lo han entendido – enseguida se dio cuenta de su error. –Quiero decir, que no me he explicado bien. El programa y lo que yo pretendía es la detección de un perfil de actividad. Ahí se para, no dice nada más. Si introdujésemos más datos sólo disminuiría el margen de error en la detección de la existencia de un perfil concreto, pero no nos diría nada más.
-Pero –dijo Blake- si puede definir un perfil concreto de actividad, puede ser más sencillo identificar a quien pertenece. Usted mismo en el informe dice que el origen de todas las órdenes es la mafia siciliana.
-No, yo no digo tal cosa. El programa detecta la existencia de perfil y resume unos rasgos característicos. Me ayudé de lo que puedo conocer en sociología y antropología para deducir que era una actitud de defensa de territorio latina, como la que utilizaba la mafia en los años veinte.
-¿No son italianos, entonces? –Preguntó Williams, poniéndole contra las cuerdas.
-Esa es mi conclusión, pero no la del programa. Pero me refiero con ello a alguien con cultura italiana, bien pueden ser descendentes de los primeros italoamericanos, la mafia local de Little Italy en Nueva York, o una banda de italoargentinos que han desembarcado en nuestras costas, argentinos, e incluso colombianos o hispanos.
-¿Y con más información no podría concretar más?
Conrad lo negó rápidamente con la cabeza.
-Es imposible. Me está pidiendo que de una gran mezcla de elementos extraiga uno solo, en su estado puro, y que gracias a él podamos conocer la mina de donde fue obtenido el elemento original.
Miró a sus jefes y vio que no le entendieron.
-Miren, si existiesen los italianos puros, o los colombianos puros, o los cherokees puros, esas conclusiones podrían obtenerse. Pero hoy en día eso no existe, todas las culturas están mezcladas, y todas tienen algo en común del resto, y más en América. El objetivo del programa es llegar hasta donde ha llegado, no puedo decirles más.
Blake se quedó mirando el libro y los informes que tenía en la mesa, que eran los mismos que traía desde la octava planta. Estaba claro que no iba a sacar mucha más información de aquel joven.
-¿Puede hacerme un informe exacto del perfil de comportamiento que usted dice? –Preguntó finalmente Blake.
Conrad dudó durante unos instantes, imaginando lo que debería decir el perfil. Blake se dio cuenta de ello y fue más concreto.
-Si usted no puede concretarnos quién está detrás de todo esto, si es que realmente hay alguien, como usted dice, tendremos que dar a nuestros equipos algo que buscar.
Conrad se quedó pensativo, abrumado por toda la información que tenía en la cabeza, por la multitud de variables y limitaciones a introducir, y aun así era imposible.
-Lo que me está pidiendo es un curso de sociología aplicada, un master de comportamiento latino y su evolución en América en los últimos veinte años.
-Basta con que nos diga gestos, frases, códigos o conductas que llamen nuestra atención.
-Eso no les serviría –dijo Conrad- no esperen buscar una cabeza de caballo cortada y ocultada en la cama de un rival. Según lo que les digan detendrían a la mitad de los hispanos delincuentes de América, y a todos los italianos y españoles. Es algo complejo, no sé cómo explicarlo. Sé que hay algo detrás de todo eso, lo ha deducido el programa y cuando lo he visto sé que lo hay, pero no sé explicarle en veinte líneas qué buscar.
Blake se quedó pensativo. Aquel joven o no tenía nada, o no tenía nada. Y estaba en un callejón sin salida. Se suponía que era el director de un departamento de nuevas tecnologías, y en cambio le acababan de decir que la tecnología era lo único que no podía funcionar en todo aquel asunto.
-Bien –dijo Blake –usted ha hecho el descubrimiento, y sólo usted dice saber procesar la información que queremos, así que usted mismo será el que haga el trabajo.
Williams se quedó tranquilo por un momento. Quizás significaba que les acababan de dar el trabajo de desarrollar una alerta. O mejor, quizás se quitaría a Séller de encima, y eso sería una buena noticia para su presupuesto.
-¿Qué quiere decir? –Preguntó Conrad.
-Que tiene que hacer las maletas, Séller. Usted será la nueva tecnología. Con su programa y la tecnología que tenemos para identificar mensajes peligrosos en llamadas y correos, se tiene que poder identificar a alguien. Usted será el que vaya a esos lugares a ver las coincidencias, a hacer las preguntas, y a averiguar quien está detrás de todo esto.
-Pero yo no soy un hombre de campo, señor, no sabría…
-¿No hizo el curso de instrucción? –Interrumpió Blake mientras hacía la pregunta a Williams.
El jefe de Conrad asintió con la cabeza, mientras observaba cómo el jefe se levantaba y recogía sus papeles. Todos los agentes hacían el curso de instrucción, hasta los de administración.
-Entonces sabe lo necesario para salir ahí fuera y hacer lo que dice que no puede explicar a nuestros hombres.
-Pero… -Conrad no sabía qué decir para impedir aquello- No sé ni por dónde empezar, ni qué hacer.
-¿No dice que todo viene de Washington? Pues eso está aquí al lado, Séller. Deje sus libros y salga a la calle, y dígame si es cierto eso que dice en su informe y quién hay detrás.
-Williams –dijo Blake- ¿tiene el agente Séller alguna otra misión importante que no pueda abandonar?
-No, señor. El informe que usted dice era lo más importante que estaba haciendo. El resto son trabajos de investigación.