REAL DE CATORCE
UN POCO DE PEYOTE o CRONICAS Y REPORTAJES DESDE EL VALLE DEL PEYOTE o UN ENCUENTRO CON EL YO, EL ELLO Y EL SUPER EGO, o EL DESIERTO DE CATORCE
Por Centéotl Ehécatl, el Viento de Maíz
Este libro está dedicado
con todo cariño a mis amigos
Abimael Ruiz e Isaac Rosas,
o quizás no está dedicado a
ellos.
INTRODUCCION
Este libro pretende ser una novela crónica hasta donde las vívidas experiencias lo permitan, o quizás no lo pretende ser, sino solamente un agradecimiento y un recuerdo para que aquellos quienes intervinieron situacionalmente recuerden lo que se tiene que recordar, o no recuerden nada, o se olviden de todo lo que hay en el mundo o simplemente rían un poco acerca de la nada que existe perennemente para todos nosotros.
En busca de la objetividad trataré de no alterar los hechos ni la manera en cómo sucedieron, no obstante, y como en este caso particular no puedo ser un narrador omnisciente ni omnipresente, la historia la manejaré en primera persona, con mis puntos de vista personales y la manera en como mi subjetividad logre captar desde mi punto de vista los acontecimientos que se llevaron a cabo.
Puede ser, sin embargo, que solamente logre capturar con palabras una mínima parte de lo que cambió nuestras vidas, nuestros puntos de vista.
Puede ser, por otra parte, que solamente logre capturar con palabras una mínima parte de lo que no cambió nuestras vidas, nuestros puntos de vista.
De cualquier manera está bien, al menos para mí, y espero que al menos para los demás está bien también.
No pretende ser un escrito comercial ni venderse en alguna librería de tercera o algún puesto de revistas ni mucho menos, o tal vez si lo pretenda, o tal vez no, y de cualquier manera está bien porque se ha escrito para recordar y olvidar, o para no recordar y no olvidar la tierra que nos brindó una rara experiencia, o que tal vez no nos brindó nada, o que quizás solamente nos dio un poco de lo mucho que nos podría haber dado a nuestros pensamientos.
Así pues, espero, o tal vez no lo espero, que disfruten el libro que a continuación están a punto de leer, o que tal vez no lean, o que quizás no abran jamás, o que tal vez jamás se enteren de que existió.
DESDE AQUI TE CUIDO LENY
Tomé la cajetilla de cigarros y se la arrojé como pude. La araña se volteó panza arriba y se hizo la muerta. La observé por algunos segundos, luego comencé a aventarle cerillos encendidos para ver si acaso podía pegarle: los fósforos caían a unos cuantos centímetros de ella, pero no la tocaban, extrañamente empezaban a formar un círculo a su alrededor.
Dondequiera que estuviera había círculos; no sabía su significado pero algo mágico había dentro de ellos: había hecho dos en el desierto, luego otro con las piedritas que recogí para mi novia, y ahora éste tercero que sin querer adquiría la forma de un perfecto círculo mágico.
Le aventé un cerillo más al arácnido, pero no se inmutó, me arrebujé contra las sábanas de la cama y toqué mi frente: ardía en fiebre, quizás por la insolación, o tal vez por los desconocidos efectos del peyote que trataba de examinar a fondo.
Segundos más tarde se puso de pie y comenzó a correr hacia la sucia pared. Ya no tenía nada para aventarle, pues de la otra cajetilla es de donde fumaba los cigarros, y la pequeña cajita de fósforos la usaba para encenderlos.
Me dolían tanto los músculos de las piernas, de la cintura, los pies y el alma, que hasta pereza me daba ponerme en pie y apachurrar al bicho, además, estaba en calcetines, y corría el riesgo de ser mordido cuando intentara alcanzar mi tenis para darle muerte.
Corrió hasta la pared y se quedó quietecita: me veía, o quizás solamente buscaba algún insecto para saciar su sed y su hambre.
Había perdido la fobia a las arañas de un momento para otro, y no sabía por qué ni podía explicarlo del todo bien: suponía que el cansancio físico, y la marea de ideas que atormentaban mi cerebro en esos momentos hacían que sintiera tanta pereza como para sentir miedo.
Me llevé la mano a la frente y volví a palpar la fiebre que me hacía estremecer, tiritar y cubrirme los pies para aminorar el frío que se entraba por la puerta y la ventana abierta.
Quizás debía cerrarlas, pero aparte del cansancio me podría producir un cierto temor estar encerrado en ese cuartucho de cinco mil pesos la noche. No, no las cerraría.
Escuchaba al español reír junto con el noruego afuera: los había visto cenar antes de acostarme: una escena bastante cómica, o bien para recordarse por algún tiempo: en el pedazo de madera que estaba afuera, y que simulaba a donde se amarra a las mulas o a los caballos, y donde habíamos estado sentados hacía no mucho, servía ahora para que cenaran pan con mermelada, un poco de queso y agua. Sentados uno enfrente del otro, con una vela en medio, charlaban de mil estupideces que ya habían contado más de cuatro veces consecutivas.
Los oía hablar y los oía reír, pero no alcanzaba a escuchar lo que sus voces decían ni mucho menos, y estaba demasiado cansado como para ir a ver lo que hacían, además, no quería ser inoportuno o que pensaran en el último de los casos que los espiaba ni mucho menos.
Mis piedras en el piso formaban un círculo, y la araña se mantenía quieta recargada contra la pared. Quizás si Abimael o Isaac estuvieran conmigo en estos momentos, ellos le darían muerte con el solo hecho de que se los pidiera, pero hacía rato que se habían salido, y hacía rato que me habían invitado a acompañarlos.
Me negué de buena gana, y les dije que los esperaría donde estaba ahora por varias razones. La primera, y como ya lo dije muchas veces, debido al terrible dolor en las piernas. La segunda se remontaba a los peligros que podía encontrar allá afuera: arañas como el tamaño de una mano, cubiertas de pelos y fatalmente repulsivas, insectos que ronchaban la piel con solamente acercarse un poco a ella. La tercera era algo más místico; un encuentro conmigo mismo; un choque donde yo era el único que podía resolver mis problemas.
Vi a la araña y la sentí crecer un poco. Recordé aquella vez en el aeropuerto internacional de Moscú, cuando un tipo no nos había dejado dormir por sus gritos de angustia y de histeria. Si bien nos había explicado la guía, el problema de aquel gritón se remontaba a un trastorno mental donde sienten que miles de animalitos pequeños se lo devoran en vida, o un animal gigantesco se lo come a pedazos. Yo tenía miedo de que me sucediera lo mismo, de que de pronto empezara a imaginar cientos de minúsculas arañas que me comían, o una araña gigantesca que no me dejara de mirar como almuerzo.
Observé bien y la pequeña araña: continuaba de su mismo tamaño, y de cualquier forma, y si acaso no hubiera estado del tamaño como la vi al principio, no habría tampoco mucho de qué preocuparse, pues sabía que la había alucinado por completo.
Era extraño estar bajo el efecto del peyote, y tal vez si no lo hubiera mezclado con la marihuana que le compré al Camarón no me sentiría tan mal en esos momentos. No obstante, reconocía los efectos de la hierba cuando se fuma, y ya se habían ido de mi cerebro hacía no mucho. Estaba seguro de que ahora sufría los estragos del peyote y la resaca de la marihuana en mi cerebro.
No había mucho por hacer, pero no me resignaba a disfrutar lo que vivía en esos momentos, sino a cuestionarlo todo y a darle una explicación más bien coherente y un tanto científica. Pero todo era tan confuso en esos precisos instantes; la realidad era tan frágil y endeble, que lo poco que podía hacer en ese deplorable estado, no era sino aguardar a que el enervante efecto me dejara de una buena vez en paz: para lo cual tendría que esperar mucho, mucho tiempo todavía.
Miré a la araña nuevamente y se echó a correr hacia donde ya no pude verla ni sentirla. Había sido una gran bendición que la hubiera visto cuando se fue en dirección a la otra cama, pues así no me habría asustado cuando volteara y no la viera. Seguramente, y de eso no cabía la menor duda, me habría puesto de paranoico, y las sábanas, y cada vez que rozaban mi piel hubieran sido la araña que escaló por las patas metálicas que sostenían el desvencijado colchón en el que trataba de tranquilizarme.
Me llevé la mano al corazón y sentí los apresurados latidos que presumían una anormal normalidad. Cuando menos ya habían disminuido bastante, y cuando menos podía decir que los efectos de la mota ya habían desaparecido por completo.
Busqué la araña con la mirada, pero no vi rastro alguno de ella por ninguna parte.
Un ciento de palomillas revoloteaban alrededor del foco, como si danzaran y veneraran la luz y el calor que emitía.
El español tosió fuertemente. Yo tosí también, luego suspiré profundamente. Me costaba un tanto de trabajo respirar, y como vahídos que nacen en mitad del pecho, los sentía llegar tan a menudo que me apuraba no poder controlarlos. Recordaba que a mi madre le sucedía algo similar desde su delicada operación, y temía que a mi sucediera lo mismo por el resto de mi vida. No era tan malo, y por lo menos iba con mi personalidad de romántico, de intelectual y de poeta.
Los escalofríos recorrían mi cuerpo como hilos de agua helada que de pronto se desprenden del mismo cuerpo y buscan una salida o una entrada nuevamente.
Pero es que todo era tan confuso en esos momentos. Y Abimael e Isaac que no llegaban, y que ya se habían tardado demasiado tiempo allá afuera, en el frío, en la soledad.
¿Qué hacían allá? ¿Por qué diablos tardaban tanto?: tal vez se habían internado nuevamente en el desierto para experimentar sensaciones nuevas y extrañas. O quizás hablaban de mí... no; eso hubiera pensado con los efectos de la marihuana, no con los del peyote. Seguramente buscaban el camino para hacerse guerreros como Castaneda, y como ellos me lo habían platicado en el tren, decía.
Yo no quería ser guerrero, y renunciaba al honor con los ojos cerrados y sin pensarlo dos veces. Yo sólo quería alucinar con el peyote, y por lo que me daba cuenta, no había alucinado elefantes rosas o pajarillos que te acarician en el brazo como Ana me dijo que había sentido la primera vez que lo comió.
Maldito pueblo, maldito frío y maldita casucha en la que me refugiaba y me cubría con las viejas sábanas. Ya quería que amaneciera para tomar el único tren que me podía llevar de regreso a la casa. Ya quería que se me bajara el efecto del peyote.
No obstante, sabía que los pensamientos obsesivos conducían al terror, y no quería, por nada del mundo, comenzar a llorar o asustarme en verdad porque el efecto ya se prolongaba más de lo que había imaginado y esperado.
Todo era tan confuso ahora. Dios Santo: todo era tan desgraciadamente confuso ahora.
Busqué a la araña cerca de la pared, en el suelo o en la mesita donde la Virgen de Guadalupe reposaba junto a una bacinica, pero no vi rastro alguno del arácnido. Tal vez se había marchado, o tal vez se había metido en algún hoyo a dormir, o, simplemente, se había salido porque el olor a Raid que habían vaciado el día anterior todavía permanecía impregnado en el ambiente.
No debía preocuparme por ella, y más me valía no hacerlo para no comenzar un mal viaje del que no pudiera escapar.
La conversación de afuera, que parecía no iba a terminar jamás, me acompañaba en mi soledad. La verdad es que no quería estar solo porque me asustaba, pero bien me confortaba escucharlos hablar, reír, toser o murmurar cosas que sonaban como a las moscas horribles que nos perseguían en el desierto.
Tal vez debía dormir, pero otro miedo más se sumaba a la serie de temores que se me revelaban con filosos dientes y con miradas más bien terribles: si dormía cabía la posibilidad de que no despertara jamás, y si no me sentía preparado aún para morir, menos para hacerlo con los ojos cerrados.
Quería morir con la poca conciencia de lo que sucedía. Este hecho también me había aterrorizado hacía no mucho: que mi corazón palpitaba tan fuerte que quería salírseme del pecho.
Un paro cardíaco, con las industriales cantidades de cigarrillos que fumaba, era una idea que no se distanciaba mucho de la realidad, y que acosaba mis sentidos cada vez que un brazo se me dormía o un calambre me atravesaba el corazón y me susurraba que podía tratarse del infarto que siempre he esperado.
Me incorporé de lado y recargué la cabeza en la mano: todo lucía tan extraño, tan místico, tan confuso como las ideas que circundaban en mi interior y que no dejaban de incomodarme, de reventarme miles de neuronas y de cuestionarme hasta la estupidez más insignificante y en la que nunca reparé que podría meditar.
Miré la pared de enfrente para despejarme un poco las repetitivas ideas que me daban vueltas.
Un grafiti en ella: un tipo dibujado con carbón, o con lápiz o con plumón, ¿a quién diablos le importa?: una pared dibujada también que simulaba ladrillos, y el tipo aquel que asomaba medio cuerpo con un fusil en la mano. Tenía un recado escrito:
Desde aquí te cuido
Leny
Su mirada te seguía donde fuera que te movieras: era un dibujo mal hecho, como los grafiti de colores en la otra pared y en los cuadros de madera en la puerta de la entrada, pero tenía algo especial, algo que se proyectaba hacia quien lo leyera.
Me llevé la mano al cuello y sentí el colguije que me había dado mi novia para que no me sucediera nada. Era bonito: de una tira de cuero amarrada al cuello pendía una piedrecilla color naranja con florcitas azules pintadas. Parecía sintético, pero el valor sentimental representaba más que ninguna otra cosa en el planeta para mí, y en esos momentos, era la prenda que me ayudaba muchísimo a superar por lo que mi cerebro pasaba en esos instantes.
-Yo tengo quien me cuide a mí- Le susurré en silencio al dibujo de la pared. Miré hacia la puerta y cuidé de que nadie me observara, pues de ninguna manera quería que pensaran que alucinaba seres que solamente yo podía ver y con los cuales entablaba conversación.
-Pero si de todas maneras quieres cuidarme también- Proseguí sonriente -Acepto de buena gana tu ayuda-.
El dibujo me pareció que me sonreía, y aunque aguardé por algunos segundos a que cortara cartucho y estuviera listo para disparar en algún caso de emergencia, no lo hizo. De cualquier manera me podía imaginar el susto que me llevaría si hubiera sucedido de esa forma.
Con la mano bien apretada en mi amuleto cambié de dirección la mirada: hacia el rincón donde una sábana doblada se empolvaba y se llenaba de animales.
Un ratón de campo salió de ella y echó a correr nerviosamente hacia la cama de enfrente. Lo vi tranquilamente, sin inmutarme y sin asustarme: no sabía si el ratón realmente estaba allí o era una sucia jugarreta de mis sentidos. Era raro, no como los ratones de ciudad, grises, negros o blancos. Este era amarillo, un poco café, con largas patas traseras, de modo que cuando corría lo hacía en dos patas. Se me figuraba un canguro enano, pero Australia estaba mucho muy lejos de Catorce y era más que imposible que se tratara de un canguro.
Era un ratón de campo, de eso no cabía la menor duda, y estaba plenamente convencido. La única duda era saber si el ratón era real o producto de mi imaginación.
Tal se vez lo debía comentar a Abimael, o tal vez me debía quedar callado y no decir nada. Sentía como si Abimael dudara si estaba o no bajo el efecto del peyote. Yo sentía lo mismo: por una parte no podía negar que estuviera drogado: se tragó siete peyotitos en el desierto y luego aparte comió del polvo de peyote que le habíamos comprado al Camarón. Sin embargo, a veces dudaba de su divague; ¿sentiría lo mismo que yo sentía en esos momentos?, ¿o estaría yo más lejano de la realidad que ninguno?, ¿o lo que yo sentía era el efecto de la marihuana y no del peyote?
Entró el español en el cuarto.
-¿Cómo estás?- Me dijo. Quise reírme de la forma en como hablaba: lo hacía tan chistoso. Asentí con la cabeza sin contestar.
-Veo que te ha pegado duro, ¿eh?-.
-Bastante pesado- Respondí.
-¿Tenéis frío?-.
-Si- Dije.
-Sí, hace bastante frío-.
Hubo un largo silencio.
-Hay un ratón allí- Señalé con el dedo las cobijas del rincón.
-¿Un ratón dices?-.
Afirmé sin decir nada.
Caminó al rincón y se agachó. Levantó las cobijas una y otra vez, con movimientos tan repetitivos, tan estudiados y tan cómicos que me daban a suponer que el efecto enervante lo había puesto tan mal como a mí. Algo que me parecía imposible si reflexionaba que él fumaba más, había probado más drogas que yo en mi vida entera. Debía tratarse, sin lugar a dudas, de mi propio alucine.
-Pues yo no veo nada- Dijo -Se habrá marchado. Hay tantos animales aquí que no es para sorprenderse de un ratón-.
Lo miré. Otro largo silencio.
-¿Y tú qué tal?- Preguntó.
Asentí sin responder. No quería hablar para no equivocarme o decir una estupidez.
-¿Tenéis mota todavía?-.
-Está allá- Apunté con el dedo la mesita. Mi acento se había españolado un poco -Envuelta en papeles creo-.
Hurgó en el ciento de porquerías que yacían sobre la mesa y encontró el papel que envolvía la hierba.
-Me llevar mi pipa. Te la regalaba, pero tú sabes, es la única que tengo y no quisiera...-.
-Ay por favor- Exclamé -No te apures hombre, es tuya. Al contrario: gracias por sacarla-.
-¿Y qué tal está el peyote en polvo?-.
Me reí. -¿Quieres un poco?-.
-Pero sólo un poco-.
-Llévate la bolsa hombre, ya no la quiero- Le dije. Había decidido no volver a entrometerme con esa mierda nunca jamás en la vida.
-Sólo quiero probar a ver si está buena. ¿Cuántas cucharadas te dijeron para hacerlo funcionar?, ¿tres?-.
Asentí.
- No te importa que me lleve un poco, ¿verdad?-.
-No, hombre: llévatelo todo-.
-Sólo quiero un poco-. Tomó el cuchillo y me miró maliciosamente con él. Quería gritar. Estaba asustado: por un momento sentí que se me aproximaría y que me daría muerte.
-¿Qué no está la cuchara?- Pregunté.
Me miró con el cuchillo en la mano. Al parecer se había dado cuenta que tenía miedo.
-Me la he llevado hace rato. Para servirme la mermelada, tú sabes; pero con éste está bien-.
Se sirvió más peyote en un pedazo de papel periódico.
-Vente- Me dijo con el cuchillo. -¿No quieres fumar un poco más de mota?-.
-No muchas gracias- Respondí -Así estoy bien-.
-Vamos a mi cuarto hombre, a fumar un poco más-.
-No gracias- Dije.
Dejó de servirse peyote en polvo y me volteó a ver amenazantemente con el cuchillo. Sus ojos parecían los de un niño que tiene curiosidad por saber lo que sucederá si me asusta más o si trata de clavármelo en el pecho, en el estómago o en alguna parte.
Comencé a rezar en silencio. De sólo pensar que todo ese lío se había suscitado por una película que había visto hacía poco más de un mes, me arrepentía de haber llevado a cabo mi osadía.
CUANDO LA NOCHE REVELA LOS MIEDOS
Tal vez el terrible calor era el que me atosigaba para no dejarme dormir, y aunque trataba de mantener mis ideas en blanco, o de imaginarme campos donde crecieran margaritas, el temor de lanzarme a la aventura con dos viejos conocidos de la escuela me aterraba, y más si reflexionaba en todas aquellas historias que había escuchado con anterioridad de San Luis Potosí y de la caterva de judiciales que aguardaban como cuervos a todos aquellos que buscaban experiencias nuevas con el peyote.
Ese día había ido al cine con mi novia, y estaba tan asustado de no regresar nunca más, que hasta le había escrito una carta donde explicaba lo que ella tendría que hacer en caso de que no volviera.
Era ya demasiado tarde como para que me pusiera a debatir conceptos bien firmes para mí y defender y explicar mis puntos de vista ante los suyos.
Por alguna razón que desconocía, siempre temía discutir conmigo, y aunque yo lo presionaba para que lo hiciera, no hacía sino darme la razón de todo sin polemizar.
Encendí un cigarrillo y supe que el sueño llegaría a mis ojos hasta que mi cuerpo estuviera tan cansado de dar vueltas en la cama, que por inercia, por inanición o simplemente por las misteriosas razones que aquejan al insomne, durmiera.
No había mucho en qué pensar, y quizás meditar por última vez si era coherente la idea de irme mañana.
No quería, aunque muy dentro de mí sentía un impulso extraño, una curiosidad anormal, como un llamado que me salía del fondo del pecho y hacía que mi corazón palpitara salvajemente en él.
Di una vuelta más en la cama y apagué el cigarrillo: me apestaba la boca tan asquerosamente que aún se me hacía repulsivo respirar mi propio aliento. Pero ya no podía hacer nada sino aguardar a que amaneciera y salir hacia San Luis.
Para mis padres, iría a un concierto de rock con Isaac y Abimael, y mi padre me haría el favor de llevarme a la estación de tren. Era un plan perfecto, y nada podía salir mal, o al menos eso suponía yo.
Me sentía como un niño que busca modelo a seguir en los personajes que aparecen en tevé:
En la semana santa mi novia se había ido a Zacatecas a visitar a unos familiares, mis padres, por su parte, se habían marchado a Guadalajara a visitar a mi hermano mayor, y yo, con un ciento de trabajos de la escuela, me había tenido que quedar solo en la casa.
Cuando en las noches no se tiene nada para hacer ni con quien salir, la renta de películas lo salva a uno de la tediosa aburrición que representa cuidar la casa.
Ese día había sido un tanto ajetreado, me había levantado como a las doce del día, y ya para cuando me había cansado de hacer los quehaceres escolares, llamé a Mariana y a Luz Helena: dos viejas amigas, para que platicáramos un rato en mi casa. Así pues: fuimos a comprar la pasta de una pizza y los ingredientes para hacerla, pero la cosa se componía normal...
Para empezar recuerdo un poco cuando Mariana sufría la desesperante espera de saber qué había sido de su novio, a quien no había visto por más de dos semanas.
Yo, por mi parte, sabía de antemano que ese día que la fuera a ver, lo haría para romper relaciones con ella. Y todos sabíamos eso, menos ella, que ilusionada, confiaba en que el amor de su vida regresara a sus brazos nuevamente.
El hecho es que después de la pizza fuimos a rentar una película y aguardamos en casa de Mariana hasta que el susodicho desgraciado hiciera su aparición. No tardó mucho en llegar, y tan pronto lo hizo Luz Helena y yo nos dispusimos a cenar la pizza y a ver la película. Era The Doors, y aunque había oído mucho de ese filme no lo había visto antes, y entre la mortadela, la salchicha, la pasta y todos los ingredientes que lleva una pizza la película me intrigó tanto que cuando Mariana volvió y comenzó a contarnos su pena, el actor que representaba a Jim Morrison iba al desierto y comía un tanto de peyote que le daba pauta para escribir versos locos pero con una estudiada profundidad.
Ese fue el momento crucial: mientras Mariana hablaba de lo bien que se sentía porque su novio la había terminado pero le había dicho que la esperara por algún tiempo en lo que solucionaba sus conflictos existenciales, el personaje alucinaba un cielo que le daba vueltas y una inspiración que solamente los grandes poetas han tenido. Allí quise probarlo.
Se fueron a sus casas cuando terminó, pero yo la volví a ver una vez y otra vez más, y hasta el amanecer me duró la idea de comer un poco de peyote y alucinarme como Jim Morrison lo había hecho.
La idea se la comenté a Mariana y me dijo que hablaría con una de sus amigas, quien era novia de un tipo que lo comía, pero la espera se dilató varias semanas, y cuando se suponía que nos iba a dar un poco, terminó con él y la ilusión de comer peyote se hizo distante e inalcanzable.
En la escuela, ya había comentado con mucha gente acerca de probar peyote para ver si alguien por mera casualidad sabía dónde podía conseguirlo o a quién comprárselo, pero no tuve mucha suerte: algunos me platicaban de sus experiencias con peyote; pajarillos que acariciaban sus cuerpos o nubes que se convertían en demonios y pilares que se volvían gigantes devoradores de hombres, pero todos me decían que lo habían comido en alguna fiesta o que eso había sido hacía ya tanto tiempo que no recordaban cómo lo habían conseguido.
Pasó con rapidez el tiempo hasta que me encontré a Abimael un día en la escuela.
Recordaba, desde que asistíamos a la preparatoria, y desde que tocaba rock progresivo, que me había platicado que ya varias veces que había comido peyote, así que le comenté cuándo sería la próxima vez que lo comería para acompañarlo.
Su rostro sonriente me miró con ojos extraños, como si recordara un pasado digno de recordarse, o como si sólo pensar la idea se estremeciera de pies a cabeza.
-Está muy cabrón- Recuerdo que me dijo.
-Vamos- Insistí -Ándale-.
-Hay que pensarlo muy bien- Me respondió -Además hay que ir en banda porque está muy peligroso-.
-Le dije a mi novia, a Mariana y a Luz Helena. Invita tú a algunos amigos y nos vamos en grupo-.
-¿Para cuándo?-.
-El fin de semana, ¿no?: tenía pensado que nos fuéramos en coche y nos cooperamos para la gasolina y las casetas-.
-Pero en coche no me late. En tren. El chiste es convivir con la naturaleza y la magia que te da desde que te subes al tren, con gente bien rara y llegas hasta allá-.
-En lo que sea, pero vamos ¿no?-.
-Deja y lo platico con mis cuates del grupo para que nos vayamos juntos, porque el vocalista del grupo es el que sabe. La vez que fui a Real de Catorce, él era el guía; y sólo hay un tren que sale hacia allá, y llegas como a las once de la noche en pleno desierto, te bajas como puedes del tren porque no hace parada y vas a tocarle a esa hora a una vieja para que te abra la puerta y te hospede-.
-Suena excitante, vamos, ándale-.
-Y luego te quedas en un cuarto lleno de bichos y te encierras para que no te vayan a matar-.
-Vamos- Insistí.
-Lo voy a comentar con mis amigos y te aviso después... ¿estás seguro de que quieres ir?: está muy cabrón, y tu pasaje es de ida porque nadie garantiza que regreses-.
-¿Hay mucho judicial?-.
-Deja eso: el viaje con peyote está muy cabrón-.
-¿Entonces qué, tú me avisas?-.
-Sí, sí, yo te hablo-.
Dos días después quedamos en salir al próximo fin de semana, pero llegó el fin de semana y nunca nos organizamos, y así transcurrió otra semana y salimos de vacaciones y no supe más de Abimael o del supuesto viaje que haríamos.
Con las presiones de los exámenes finales me olvidé un poco de la película de The Doors, de Jim Morrison y del peyote, hasta ayer, domingo, que hubo fiesta en casa de Laura.
No iba a asistir, de hecho, y no se me antojaba en lo absoluto ir a su casa hasta Bosques del Lago, no obstante, las circunstancias se prestaron perfectamente para que al fin me viera en su casa con algunos amigos de la carrera.
Allí estaba Isaac, Isaac Rosas, un compañero que me caía bien porque siempre cuestionaba la razón de todo lo ocurrible.
Gustaba de molestarlo en las fiestas o en las clases que tomábamos juntos, y una vez hasta me había reclamado y cuestionado la razón que tenía para no dejarlo en paz:
-Me gusta molestarte Isaac- Le había respondido -Pero es en buena onda, no te enojes-.
La cosa no había pasado a mayores, pero con aquel reclamo se había abierto una brecha entre los dos y ahora, más que nunca, cuidaba mis comentarios burlones para no ofenderlo.
Tan pronto como entré, y luego de saludar a los presentes, que a esa hora no eran muchos, Isaac me dijo que había hablado con Abimael y que quería ir con nosotros a comer peyote.
Como ya mencioné con anterioridad, esa idea la había desechado hacía algunas semanas, pero insistió tanto que terminamos hablándole a Abimael por teléfono.
Como una loca decisión tomada al acaso, y a la cual no presté mucha atención, quedamos en irnos en dos días: nos veríamos en la terminal del tren en Buenavista a las siete de la mañana y de allí nos iríamos al desierto a comer el cacto prohibido.
La fiesta acabó no muy noche, y ya para cuando me iba, se me había olvidado por completo lo del viaje, más Isaac me lo recordó con hondo hincapié para que no fuera a faltar.
Como estaba cerca de casa de mi novia la pasé a saludar unos minutos, y le comenté que el próximo martes nos iríamos a San Luis Potosí a comer el peyote, y que prefería que ella no nos acompañara, porque luego de escuchar tantas historias me daba miedo cargar con la responsabilidad de una mujer sobre mis hombros.
Si bien yo no temía que nos fueran a asaltar o que nos golpearan, pero cuidar a la prenda amada, con los temores de una violación o de algo más peligroso todavía, hizo que mis responsabilidades pesaran más en la balanza. De buena gana aceptó quedarse, pues de cualquier manera, al siguiente jueves se iría a visitar a una amiga suya a Querétaro.
El miedo de que algo malo me fuera a pasar ya comenzaba a aquejarme un poco, y al llegar a la casa le escribí una carta con instrucciones precisas de lo que debía hacer si no volvía.
Hoy en la mañana había amanecido un poco deprimido: saber que quizás uno muera en la osadía de la juventud es algo que en verdad estimula los sentidos para crear mil y una fantasías.
Quise verla por última vez, así que salimos a cenar una hamburguesa y luego fuimos al cine.
Las últimas semanas habíamos discutido casi todos los días, y no hallábamos un punto medio donde nuestras grandes diferencias se estabilizaran un poco: el hecho de que viera a su ex-novio porque el susodicho era quien le conseguía tiempos en un estudio de audio para que practicara en la consola lo que le gustaba hacer, no dejaba de encelarme y de trastornar mis sentidos.
Mi pensamiento es muy liberal, pero hay ciertos límites que se me hace difícil asimilar de golpe, como el hecho de pensar que no está bien que vea al ex-novio aunque sea por razones meramente de trabajo y no haya nada entre ellos.
También, desde su viaje a Zacatecas que no pude asimilar el detalle de que solamente me hablara dos veces en la larga semana que se fue, y otras pequeñas causas que no se nombran, pero que me afectaban un tanto la sensibilidad.
Cuando nos despedimos y le di la carta con instrucciones, me deprimió más el hecho de que se alegrara de que me iba; ¿estaba ya tan harta de que necesitaba un tiempo sin mí para reflexionar acerca de lo nuestro?: me hubiera sentido mejor si cuando menos le hubiera sido indiferente que me fuera, o si me hubiera dicho de cosas.
Pero no me dijo nada: me deseó buen viaje, me dio un beso y se metió a dormir como si nada hubiera pasado, o como si mañana la fuera a ver.
Pero no quería ir y no me sentía seguro para hacerlo: nuestra relación se tambaleaba de una cuerda floja y hubiera preferido arreglar primeramente esas diferencias antes de largarme tres días.
En esos momentos de confusión, de incertidumbre si me hubiera pedido que no fuera no lo hubiera hecho, esperaba que Abimael hubiera llamado para decir que no iríamos por algún problema.
Pero llegué, y nadie me había hablado todavía, y la cita era al siguiente día por la mañana: no tendría ni siquiera tiempo de despedirme de ella por última vez.
Subí a mi cuarto, tan deprimido que prendí la televisión y me tiré en la cama sin querer pensar absolutamente en nada. Mi maleta no estaba hecha todavía: ya había confirmado con mi padre que me fuera a dejar en la mañana a la estación, y de buena gana había aceptado.