Excerpt for El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. (Texto Completo)/ Anotaciones y poema por Atidem Aroha (Editor). by Alejandro's Libros , available in its entirety at Smashwords




El Ingenioso Hidalgo


Don Quijote


de la Mancha



Por



(Miguel de Cervantes Saavedra)



Análisis histórico introductorio


y poema literario


por


Atidem Aroha


(Edición 2012)








ANÁLISIS INTRODUCTORIO


¿Cómo escribir y contar sin recordar a nuestro queridísimo amigo Cervantes? Aquel escritor que murió casi en la miseria cuando estaba lleno de riquezas naturales y palabras. Aquí te ofrecemos un análisis del momento histórico en que fue escrito; así como un poema dedicado al autor.


Miguel de Cervantes y Saavedra nació en Alcalá de Henares en 1547. Fue novelista, dramaturgo, y poeta—criticado por él mismo—considerado como uno, si no el más grande escritor de la lengua española de todos los tiempos, aún cuando nunca estudió en alguna universidad. Don Quijote de la Mancha es su obra más conocida la cual ha trascendido naciones, culturas, idiomas y épocas. Ha sido leído por niños y adultos, hombres y amas de casa, ricos y pobres. El mismo describió su propio retrato en la obra: “de rostro aguileño, de cabello castaño…las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro”.


Cervantes entra en una ficción sin darse cuenta que más tarde sería atrapado en ella, como parte de una realidad que él mismo usó para satirizarlo todo sin decaer en una locura que no nos muestre un mensaje. A veces creemos que Cervantes es el Quijote burlándose de todo, pero no debemos detenernos en tan simple razonamiento. Cervantes sobrepasa a su época cuando escribe raramente, y muy diferente a lo que se venía haciendo. Y no es solo el Quijote, sino que en Sancho vemos una verdad sensible.


Entre estética y ética el escritor con ironía ataca los libros de caballería, pero él mismo se hace parte del caballero al demostrarnos cuánto conocimiento tenía de ello y cómo hacemos para ver gigantes donde solo hay molinos, o para construir gigantes con molinos de viento en nuestras vidas; levantando obstáculos donde solo hay cotidianos desafíos, o desafiando verdaderos obstáculos sin usar la razón que nos exige el momento, y cuando las cosas muchas veces no van tal como deseamos, no importa cuán límpido sea lo sucedido ante nuestros ojos, no importa el razonamiento claro de Sancho Panza al decirle que los supuestos gigantes eran solo molinos de viento.


El busca una excusa y un enemigo para en su locura—o testarudez—no dejar que nadie le quite el propósito de hacerse primeramente conocido, y después echar el fracaso de su empresa sobre los hombros de ese supuesto enemigo: “aquel sabio Festón, que me robó el aposento y los libros, ha vuelto estos gigantes en molinos para quitarme la gloria de su vencimiento; tal es la enemistad que me tiene”. Así, nuestras malas decisiones a nivel personal y de sociedad, serían también el fruto de un mago malo en nuestra senda, de una envidia llena de estratagemas; todo lo cual puede ser cierto pero no en el mayor de los casos corrientes, usándolo pues Cervantes contra la hipocresía de una sociedad que en lugar de buscar libertad y lógica, se encierra en inventar molinos de discordia para continuar, como las novelas de caballerías, en la locura del un pasado atrasado.


Es por tanto una realidad loca, la que enfrenta a la mente española; y para criticarla, Sancho se quijotesa, Sancho también es España: casi tonta, creyendo sin creer, pero manteniendo la amistad del Quijote por encima de toda razón, de todo sentido. Una fidelidad como la que oficialmente es mantenida no por las tradiciones que amamos, sino a las que nos obligan con vanos discursillos. Don Quijote es una vindicación de nuestro individualismo contra la masa que se nos impone. Para el gran hidalgo de La Mancha no hay locura imposible, como la de pensar que la vida es: Dulcinea del Toboso, Sancho, él y todos, tú, yo y aquellos. Para él no hay una sociedad con reglas, sino seres que merecen respeto y atención. La verdadera justicia haciéndole frente a esa que nos han promulgado los poderosos de turno.


Las necedades y locuras no son tales en realidad cuando rasgamos la sociedad (entiéndase la masa colectiva), esparcimos las armas doctrinales e ideológicas, enviándolos a darse calabazadas por una mentira generacional y así hacerles creer que serán admirados cuando sus nombres un día queden grabados en las losas de la historia. Después, cuando la ruleta dé su vuelta completa, vendrá otro y las limpiará a su manera para comenzar ese ciclo de locura nuevamente. Y el engaño caminará una vez más con sus propios pies. ¿De cuál guerra hablamos? Póngale el nombre que desee; en un territorio, país o en la vida. No es Quijote el loco que un día arremete contra lo que creemos absurdo y al siguiente nos revela una verdad: sería tal raciocinio fuera de la medida cuerda; sobre todo, para aquél que tiene sus sesos en el lugar establecido cuando arremete inesperadamente: “Aunque bien sé que no hay hechizos en el mundo que puedan mover y forzar la voluntad, como algunos simples piensan; que es libre nuestro albedrío, y no hay yerba ni encanto que le fuerce”. Somos libres por naturaleza, pero manipulados y sobornados con el miedo de la muerte y la falsa deshonra.


El hidalgo Don Quijote de la Mancha quiere limpiar al mundo de canallas, parlanchines y mentecatos: ¿Lo logra? Todavía hoy lo está logrando pues si bien es utópico pensar que fuerza humana pueda llegar hasta ese peldaño, él supo trascender las épocas y traernos esa victoria denunciándola y haciéndola llegar hasta nuestra razón: “¿Leoncillos a mí? ¿A mí leoncillos, y a tales horas? Pues ¡por Dios que han de ver esos señores que acá los envían si yo soy hombre que se espanta de leones!...leonero, abrid esas jaulas y echadme esas bestias fuera; que en mitad desta campaña les daré a conocer quién es don Quijote de la Mancha…” (Capitulo XVII).


¿Leoncillos, ricos príncipes, hábiles políticos, razas superiores, guías de pueblos encantados, ideólogos inequívocos? Dejad que abran sus bocas como jaulas tales cuales Cristo mencionó: por fuera sepulcros blanqueados, por dentro pudrición de huesos; no les temáis. El hidalgo, aparente no cuerdo y más cuerdo que todos los cuerdos juntos, escribió que si España quería cambiar no le debía tener miedo a tantos leones; debemos hacerles conocer que bajo este sol, todos tenemos derecho a la vida, a un espacio individual que no ignore el colectivo, y a decidir contra la arrogancia y el orgullo.


No son pues los caracteres de Sancho y Don Quijote una contradicción de las almas de un pueblo, digamos que del español de entonces. Ellos se complementan como un matrimonio literario: uno quiere la justicia, base compartida de toda sociedad, la denuncia con sus ideales, el otro es práctico, quiere verlas en la realidad; pero ambos: el anunciador y el corroborador, están activos en su denuncia. Sancho no se opone a las disparatadas de su señor por la estética del mensaje sino por el método de llevar a cabo la obra. El es un discípulo que da su opinión sin temor, ya que su amo tampoco es un arrogante manipulador, sino un hidalgo de la esperanza, un caballero. Y lo ama, estima y cuida, dándonos una lección de las relaciones entre tantos disparatados humanos cuando median el respeto, la humildad y el cuidado: “Mire, señor—decía Sancho (con lágrimas en los ojos)—que aquí no hay encanto ni cosa que lo valga: que yo he visto por entre las verjas y resquicios de la jaula una uña de león verdadero, y saco por ella que el tal león cuya debe ser tal uña es mayor que una montaña…A éstas añadió otras razones, con que quitó las esperanzas de que (Don Quijote) no había de proseguir su desvariado intento” (Capítulo XXVII). Uno y el otro hacen un balance con sus argumentos. No hay que temerles a los leones de la vida pero hay que enfrentarlos con raciocinio y templanza. Ese es un mensaje social: hay que arremeter contra los males sociales con ecuanimidad y en medio de nuestros egoísmos—quizás como el del Presidente Quijote—necesitamos el consejo del vecino, del amigo Sancho, porque son cosas que nos conciernen a todos.


Hay libros en la literatura universal que terminan arrastrando consigo al pedazo de historia que les tocó vivir, haciéndose como inmortales. Don Quijote de la Mancha es uno de ellos; y para ser sincero con el lector, para mí es la obra literaria cumbre del mundo hispano escribiente. Cervantes no necesitó usar la blasfemia que hoy vemos en muchos escritores, quienes derriten su materia gris en aceite caliente del olvido, para así agradar a una audiencia que no aprecia el valor de la experiencia y virtudes adquiridas; sino más bien la odisea del entretenimiento y la chabacanería.


La última vez que me había leído Don Quijote, no tenía que usar reading glasses o espejuelos para lectura; muestra de que mi cabello ya exhibe varias canas. Esta vez quise ver no tanto la historia del guerrero criticado, sino al propio Cervantes: al hombre ordinario que se convirtió en extraordinario sin que nadie lo supiera, hasta tanto decidió agarrar el papel y tintero.


Esta vez vi al Quijote que fue Cervantes, al hombre casi inaudito y desconocido enfrentado, con sus fracasos, al mundo de los humanos; tratando de dar un final feliz hasta a la historia de su propia desgracia. Cervantes estuvo preso, participó en la famosa batalla de Lepanto, capturado en su regreso a España. Ya de vuelta en Madrid volvió a las rejas por manejos oscuros de fondos e impuestos, en un mundo corrupto de supervivencia. Ello me recuerda hoy a USA, donde el gobierno rescata financieramente a monopolios fríos-rapaces, y bancos que muerden al ciudadano común hasta verlos sangrar en el desespero. Entonces nos resurge la perpetua pregunta: ¿Es justo que el ciudadano se desquite el yugo que astutamente le extorsiona su derecho a soñar y ver el sol cada mañana? ¿Es justo que se rebele con las armas, o robarle al ladrón de los mil trucos y marañas que domina todas las instancias?


En la historia del Cautivo y la Mora, Cervantes introduce parte de los sucesos que transitaron en su propia existencia. Vemos a un cautivo que siempre tuvo la esperanza de llegar a ser verdaderamente libre; que soñó con la bella mujer que no le exigió más que compañía en su misma desgracia. El encuentro con el hermano amado que culminó entre abrazos y lágrimas añadiendo poesía al llanto; y rodeados de un público como Fernando y Dorotea, Cardenio y Luscinda reconciliados; frente a un Sancho Panza que no entendía ni de papas o sartenes, pero que todos junto al cura, el barbero, y los posaderos, representaban a ese linaje catalogado de humanos y a esta aventura que llamamos vida.


Cervantes”


Cervantes

león de las letras,

tu pesebre no fue Salamanca

ni la corte tu escudero


En Don Quijote

al loco hiciste cuerdo,

en Sancho

encontraste barro bruto

para darle forma

siempre dispuesto,

cargando la historia mohosa

alucinando al simple y terco villano


Ese gigante molinero,

ese castillo mugriento,

para ti no hay encantamientos

ni galeotes turbulentos


No el Lazarillo de Tormes

ni Ginés de Pasamonte;

con tus morfemas en ristre

a Cicerón dejaste lejos


¡Qué sentencia la de tus labios erectos!

hay lanza en tu prosa,

hay un fuero violento, mansamente codificado

y bordeando lo eterno


La cueva de Montesinos

quiso ser tu tumba entre zarzas y malezas,

y ya lo dijo Sancho de Lucifer:

volteando hasta los abismos,

pero en tu largo fuego

incineraste a ese anciano sepulturero,

te levantaste por muchos siglos

y has sido leído por grandiosos y pequeñuelos.


Hace unos años escribí a Cervantes ese poema que ahora habéis leído: espero un día tenerlo de vecino, y podernos reír juntos de las locuras del viejo y humanizado siglo en que ambos vivimos.


Saludos cordiales,

Atidem Aroha

(Editor)










CONTENIDO:


Tasa

Testimonio de las erratas

El Rey

Al Duque de Béjar

Prólogo

Al libro de don Quijote de la Mancha


  1. Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha

  2. Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso don Quijote

  3. Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en armarse caballero

  4. De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta

  5. Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero

  6. Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo

  7. De la segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha

  8. Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación

  9. Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron

  10. De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno, y del peligro en que se vio con una turba de yangüeses

  11. De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros

  12. De lo que contó un cabrero a los que estaban con don Quijote

  13. Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con otros sucesos

  14. Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor, con otros no esperados sucesos

  15. Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó don Quijote en topar con unos desalmados yangüeses

  16. De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él imaginaba ser castillo

  17. Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo don Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta que, por su mal, pensó que era castillo

  18. Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su señor Don Quijote, con otras aventuras dignas de ser contadas

  19. De las discretas razones que Sancho pasaba con su amo, y de la aventura que le sucedió con un cuerpo muerto, con otros acontecimientos famosos

  20. De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro fue acabada de famoso caballero en el mundo, como la que acabó el valeroso don Quijote de la Mancha

  21. Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero

  22. De la libertad que dio don Quijote a muchos desdichados que, mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir

  23. De lo que le aconteció al famoso don Quijote en Sierra Morena, que fue una de las más raras aventuras que en esta verdadera historia se cuentan

  24. Donde se prosigue la aventura de la Sierra Morena

  25. Que trata de las estrañas cosas que en Sierra Morena sucedieron al valiente caballero de la Mancha, y de la imitación que hizo a la penitencia de Beltenebros

  26. Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo don Quijote en Sierra Morena

  27. De cómo salieron con su intención el cura y el barbero, con otras cosas dignas de que se cuenten en esta grande historia

  28. Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y barbero sucedió en la mesma sierra

  29. Que trata de la discreción de la hermosa Dorotea, con otras cosas de mucho gusto y pasatiempo

  30. Que trata del gracioso artificio y orden que se tuvo en sacar a nuestro enamorado caballero de la asperísima penitencia en que se había puesto

  31. De los sabrosos razonamientos que pasaron entre don Quijote y Sancho Panza, su escudero, con otros sucesos

  32. Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla de don Quijote

  33. Donde se cuenta la novela del Curioso impertinente

  34. Donde se prosigue la novela del Curioso impertinente

  35. Donde se da fin a la novela del Curioso impertinente

  36. Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos que en la venta le sucedieron

  37. Que prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona, con otras graciosas aventuras

  38. Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras

  39. Donde el cautivo cuenta su vida y sucesos

  40. Donde se prosigue la historia del cautivo

  41. Donde todavía prosigue el cautivo su suceso

  42. Que trata de lo que más sucedió en la venta y de otras muchas cosas dignas de saberse

  43. Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas, con otros estraños acaecimientos en la venta sucedidos]

  44. Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta

  45. Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino y de la albarda, y otras aventuras sucedidas, con toda verdad

  46. De la notable aventura de los cuadrilleros, y la gran ferocidad de nuestro buen caballero don Quijote

  47. Del estraño modo con que fue encantado don Quijote de la Mancha, con otros famosos sucesos

  48. Donde prosigue el canónigo la materia de los libros de caballerías, con otras cosas dignas de su ingenio

  49. Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su señor don Quijote

  50. De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo tuvieron, con otros sucesos

  51. Que trata de lo que contó el cabrero a todos los que llevaban a don Quijote

  52. De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la rara aventura de los deceplinantes, a quien dio felice fin a costa de su sudor

Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha

Tasa

Fee de erratas

Aprobaciones

Dedicatoria, al conde de Lemos

Prólogo al lector

  1. De lo que el cura y el barbero pasaron con don Quijote cerca de su enfermedad

  2. Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la sobrina y ama de don Quijote, con otros sujetos graciosos

  3. Del ridículo razonamiento que pasó entre don Quijote, Sancho Panza y el bachiller Sansón Carrasco

  4. Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de contarse

  5. De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y su mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de felice recordación

  6. De lo que le pasó a Don Quijote con su sobrina y con su ama, y es uno de los importantes capítulos de toda la historia

  7. De lo que pasó don Quijote con su escudero, con otros sucesos famosísimos

  8. Donde se cuenta lo que le sucedió a don Quijote, yendo a ver su señora Dulcinea del Toboso

  9. Donde se cuenta lo que en él se verá

  10. Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos

  11. De la estraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el carro, o carreta, de Las Cortes de la Muerte

  12. De la estraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el bravo Caballero de los Espejos

  13. Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque, con el discreto, nuevo y suave coloquio que pasó entre los dos escuderos

  14. Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque

  15. Donde se cuenta y da noticia de quién era el Caballero de los Espejos y su escudero

  16. De lo que sucedió a don Quijote con un discreto caballero de la Mancha

  17. De donde se declaró el último punto y estremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote, con la felicemente acabada aventura de los leones

  18. De lo que sucedió a don Quijote en el castillo o casa del Caballero del Verde Gabán, con otras cosas extravagantes

  19. Donde se cuenta la aventura del pastor enamorado, con otros en verdad graciosos sucesos

  20. Donde se cuentan las bodas de Camacho el rico, con el suceso de Basilio el pobre

  21. Donde se prosiguen las bodas de Camacho, con otros gustosos sucesos

  22. Donde se da cuenta de la grande aventura de la cueva de Montesinos, que está en el corazón de la Mancha, a quien dio felice cima el valeroso don Quijote de la Mancha

  23. De las admirables cosas que el estremado don Quijote contó que había visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa

  24. Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias al verdadero entendimiento desta grande historia

  25. Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa del titerero, con las memorables adivinanzas del mono adivino

  26. Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero, con otras cosas en verdad harto buenas

  27. Donde se da cuenta quiénes eran maese Pedro y su mono, con el mal suceso que don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, que no la acabó como él quisiera y como lo tenía pensado

  28. De cosas que dice Benengeli que las sabrá quien le leyere, si las lee con atención

  29. De la famosa aventura del barco encantado

  30. De lo que le avino a don Quijote con una bella cazadora

  31. Que trata de muchas y grandes cosas

  32. De la respuesta que dio don Quijote a su reprehensor, con otros graves y graciosos sucesos

  33. De la sabrosa plática que la duquesa y sus doncellas pasaron con Sancho Panza, digna de que se lea y de que se note

  34. Que cuenta de la noticia que se tuvo de cómo se había de desencantar la sin par Dulcinea del Toboso, que es una de las aventuras más famosas deste libro

  35. Donde se prosigue la noticia que tuvo don Quijote del desencanto de Dulcinea, con otros admirables sucesos

  36. Donde se cuenta la estraña y jamás imaginada aventura de la dueña Dolorida, alias de la condesa Trifaldi, con una carta que Sancho Panza escribió a su mujer Teresa Panza

  37. Donde se prosigue la famosa aventura de la dueña Dolorida

  38. Donde se cuenta la que dio de su mala andanza la dueña Dolorida

  39. Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y memorable historia

  40. De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta memorable historia

  41. De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura

  42. De los consejos que dio don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula, con otras cosas bien consideradas

  43. De los consejos segundos que dio don Quijote a Sancho Panza

  44. Cómo Sancho Panza fue llevado al gobierno, y de la estraña aventura que en el castillo sucedió a don Quijote

  45. De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula, y del modo que comenzó a gobernar

  46. Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibió don Quijote en el discurso de los amores de la enamorada Altisidora

  47. Donde se prosigue cómo se portaba Sancho Panza en su gobierno

  48. De lo que le sucedió a don Quijote con doña Rodríguez, la dueña de la duquesa, con otros acontecimientos dignos de escritura y de memoria eterna

  49. De lo que le sucedió a Sancho Panza rondando su ínsula

  50. Donde se declara quién fueron los encantadores y verdugos que azotaron a la dueña y pellizcaron y arañaron a don Quijote, con el suceso que tuvo el paje que llevó la carta a Teresa Sancha, mujer de Sancho Panza

  51. Del progreso del gobierno de Sancho Panza, con otros sucesos tales como buenos

  52. Donde se cuenta la aventura de la segunda dueña Dolorida, o Angustiada, llamada por otro nombre doña Rodríguez

  53. Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho Panza

  54. Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otra alguna

  55. De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y otras que no hay más que ver

  56. De la descomunal y nunca vista batalla que pasó entre don Quijote de la Mancha y el lacayo Tosilos, en la defensa de la hija de la dueña doña Rodríguez

  57. Que trata de cómo don Quijote se despidió del duque, y de lo que le sucedió con la discreta y desenvuelta Altisidora, doncella de la duquesa

  58. Que trata de cómo menudearon sobre don Quijote aventuras tantas, que no se daban vagar unas a otras

  59. Donde se cuenta del extraordinario suceso, que se puede tener por aventura, que le sucedió a don Quijote

  60. De lo que sucedió a don Quijote yendo a Barcelona

  61. De lo que le sucedió a don Quijote en la entrada de Barcelona, con otras cosas que tienen más de lo verdadero que de lo discreto

  62. Que trata de la aventura de la cabeza encantada, con otras niñerías que no pueden dejar de contarse

  63. De lo mal que le avino a Sancho Panza con la visita de las galeras, y la nueva aventura de la hermosa morisca

  64. Que trata de la aventura que más pesadumbre dio a don Quijote de cuantas hasta entonces le habían sucedido

  65. Donde se da noticia quién era el de la Blanca Luna, con la libertad de Don Gregorio, y de otros sucesos

  66. Que trata de lo que verá el que lo leyere, o lo oirá el que lo escuchare leer

  67. De la resolución que tomó don Quijote de hacerse pastor y seguir la vida del campo, en tanto que se pasaba el año de su promesa, con otros sucesos en verdad gustosos y buenos

  68. De la cerdosa aventura que le aconteció a don Quijote

  69. Del más raro y más nuevo suceso que en todo el discurso desta grande historia avino a don Quijote

  70. Que sigue al de sesenta y nueve, y trata de cosas no escusadas para la claridad desta historia

  71. De lo que a don Quijote le sucedió con su escudero Sancho yendo a su aldea

  72. De cómo don Quijote y Sancho llegaron a su aldea

  73. De los agüeros que tuvo don Quijote al entrar de su aldea, con otros sucesos que adornan y acreditan esta grande historia

  74. De cómo don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte






El Ingenioso Hidalgo

Don Quijote

de la Mancha.

(Texto completo)





Don Quijote de la Mancha.


TASA

Yo, Juan Gallo de Andrada, escribano de Cámara del Rey nuestro señor, de los que residen en su Consejo, certifico y doy fe que, habiendo visto por los señores dél un libro intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, tasaron cada pliego del dicho libro a tres maravedís y medio; el cual tiene ochenta y tres pliegos, que al dicho precio monta el dicho libro docientos y noventa maravedís y medio, en que se ha de vender en papel; y dieron licencia para que a este precio se pueda vender, y mandaron que esta tasa se ponga al principio del dicho libro, y no se pueda vender sin ella. Y, para que dello conste, di la presente en Valladolid, a veinte días del mes de deciembre de mil y seiscientos y cuatro años.

Juan Gallo de Andrada.


TESTIMONIO DE LAS ERRATAS

Este libro no tiene cosa digna que no corresponda a su original; en testimonio de lo haber correcto, di esta fee. En el Colegio de la Madre de Dios de los Teólogos de la , en primero de diciembre

de 1604 años.

El licenciado Francisco Murcia de la Llana.


EL REY

Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes, nos fue fecha relación que habíades compuesto un libro intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, el cual os había costado mucho trabajo y era muy útil y provechoso, nos pedistes y suplicastes os mandásemos dar licencia y facultad para le poder imprimir, y previlegio por el tiempo que fuésemos servidos, o como la nuestra merced fuese; lo cual visto por los del nuestro Consejo, por cuanto en el dicho libro se hicieron las diligencias que la premática últimamente por nos fecha sobre la impresión de los libros dispone, fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra cédula para vos, en la dicha razón; y nos tuvímoslo por bien. Por la cual, por os hacer bien y merced, os damos licencia y facultad para que vos, o la persona que vuestro poder hubiere, y no otra alguna, podáis imprimir el dicho libro, intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, que desuso se hace mención, en todos estos nuestros reinos de Castilla, por tiempo y espacio de diez años, que corran y se cuenten desde el dicho día de la data desta nuestra cédula; so pena que la persona o personas que, sin tener vuestro poder, lo imprimiere o vendiere, o hiciere imprimir o vender, por el mesmo caso pierda la impresión que hiciere, con los moldes y aparejos della; y más, incurra en pena de cincuenta mil maravedís cada vez que lo contrario hiciere. La cual dicha pena sea la tercia parte para la persona que lo acusare, y la otra tercia parte para nuestra Cámara, y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare. Con tanto que todas las veces que hubiéredes de hacer imprimir el dicho libro, durante el tiempo de los dichos diez años, le traigáis al nuestro Consejo, juntamente con el original que en él fue visto, que va rubricado cada plana y firmado al fin dél de Juan Gallo de Andrada, nuestro Escribano de Cámara, de los que en él residen, para saber si la dicha impresión está conforme el original; o traigáis fe en pública forma de cómo por corretor nombrado por nuestro mandado, se vio y corrigió la dicha impresión por el original, y se imprimió conforme a él, y quedan impresas las erratas por él apuntadas, para cada un libro de los que así fueren impresos, para que se tase el precio que por cada volume hubiéredes de haber. Y mandamos al impresor que así imprimiere el dicho libro, no imprima el principio ni el primer pliego dél, ni entregue más de un solo libro con el original al autor, o persona a cuya costa lo imprimiere, ni otro alguno, para efeto de la dicha correción y tasa, hasta que antes y primero el dicho libro esté corregido y tasado por los del nuestro Consejo; y, estando hecho, y no de otra manera, pueda imprimir el dicho principio y primer pliego, y sucesivamente ponga esta nuestra cédula y la aprobación, tasa y erratas, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas en las leyes y premáticas destos nuestros reinos. Y mandamos a los del nuestro Consejo, y a otras cualesquier justicias dellos, guarden y cumplan esta nuestra cédula y lo en ella contenido. Fecha en Valladolid, a veinte y seis días del mes de setiembre de mil y seiscientos y cuatro años.

YO, EL REY.

Por mandado del Rey nuestro señor:

Juan de Amezqueta.


AL DUQUE DE BÉJAR,

marqués de Gibraleón, conde de Benalcázar y Bañares, vizconde de La Puebla de Alcocer, señor de las villas de Capilla, Curiel y Burguillos

En fe del buen acogimiento y honra que hace Vuestra Excelencia a toda suerte de libros, como príncipe tan inclinado a favorecer las buenas artes, mayormente las que por su nobleza no se abaten al servicio y granjerías del vulgo, he determinado de sacar a luz al Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, al abrigo del clarísimo nombre de Vuestra Excelencia, a quien, con el acatamiento que debo a tanta grandeza, suplico le reciba agradablemente en su protección, para que a su sombra, aunque desnudo de aquel precioso ornamento de elegancia y erudición de que suelen andar vestidas las obras que se componen en las casas de los hombres que saben, ose parecer seguramente en el juicio de algunos que, continiéndose en los límites de su ignorancia, suelen condenar con más rigor y menos justicia los trabajos ajenos; que, poniendo los ojos la prudencia de Vuestra Excelencia en mi buen deseo, fío que no desdeñará la cortedad de tan humilde servicio.

Miguel de Cervantes Saavedra.


PRÓLOGO

Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir al orden de naturaleza; que en ella cada cosa engendra su semejante. Y así, ¿qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación? El sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud del espíritu son grande parte para que las musas más estériles se muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo que le colmen de maravilla y de contento. Acontece tener un padre un hijo feo y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos para que no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas y las cuenta a sus amigos por agudezas y donaires. Pero yo, que, aunque parezco padre, soy padrastro de Don Quijote, no quiero irme con la corriente del uso, ni suplicarte, casi con las lágrimas en los ojos, como otros hacen, lector carísimo, que perdones o disimules las faltas que en este mi hijo vieres; y ni eres su pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa, donde eres señor della, como el rey de sus alcabalas, y sabes lo que comúnmente se dice: que debajo de mi manto, al rey mato. Todo lo cual te esenta y hace libre de todo respecto y obligación; y así, puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te calunien por el mal ni te premien por el bien que dijeres della.

Sólo quisiera dártela monda y desnuda, sin el ornato de prólogo, ni de la inumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen ponerse. Porque te sé decir que, aunque me costó algún trabajo componerla, ninguno tuve por mayor que hacer esta prefación que vas leyendo. Muchas veces tomé la pluma para escribille, y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría; y, estando una suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que diría, entró a deshora un amigo mío, gracioso y bien entendido, el cual, viéndome tan imaginativo, me preguntó la causa; y, no encubriéndosela yo, le dije que pensaba en el prólogo que había de hacer a la historia de don Quijote, y que me tenía de suerte que ni quería hacerle, ni menos sacar a luz las hazañas de tan noble caballero.

— Porque, ¿cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué dirá el antiguo legislador que llaman vulgo cuando vea que, al cabo de tantos años como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora, con todos mis años a cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de concetos y falta de toda erudición y doctrina; sin acotaciones en las márgenes y sin anotaciones en el fin del libro, como veo que están otros libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos, que admiran a los leyentes y tienen a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes? ¡Pues qué, cuando citan la Divina Escritura! No dirán sino que son unos santos Tomases y otros doctores de la Iglesia; guardando en esto un decoro tan ingenioso, que en un renglón han pintado un enamorado destraído y en otro hacen un sermoncico cristiano, que es un contento y un regalo oílle o leelle. De todo esto ha de carecer mi libro, porque ni tengo qué acotar en el margen, ni qué anotar en el fin, ni menos sé qué autores sigo en él, para ponerlos al principio, como hacen todos, por las letras del A.B.C., comenzando en Aristóteles y acabando en Xenofonte y en Zoílo o Zeuxis, aunque fue maldiciente el uno y pintor el otro. También ha de carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas celebérrimos; aunque, si yo los pidiese a dos o tres oficiales amigos, yo sé que me los darían, y tales, que no les igualasen los de aquellos que tienen más nombre en nuestra España. En fin, señor y amigo mío —proseguí—, yo determino que el señor don Quijote se quede sepultado en sus archivos en la Mancha, hasta que el cielo depare quien le adorne de tantas cosas como le faltan; porque yo me hallo incapaz de remediarlas, por mi insuficiencia y pocas letras, y porque naturalmente soy poltrón y perezoso de andarme buscando autores que digan lo que yo me sé decir sin ellos. De aquí nace la suspensión y elevamiento, amigo, en que me hallastes; bastante causa para ponerme en ella la que de mí habéis oído.

Oyendo lo cual mi amigo, dándose una palmada en la frente y disparando en una carga de risa, me dijo:

— Por Dios, hermano, que agora me acabo de desengañar de un engaño en que he estado todo el mucho tiempo que ha que os conozco, en el cual siempre os he tenido por discreto y prudente en todas vuestras aciones. Pero agora veo que estáis tan lejos de serlo como lo está el cielo de la tierra. ¿Cómo que es posible que cosas de tan poco momento y tan fáciles de remediar puedan tener fuerzas de suspender y absortar un ingenio tan maduro como el vuestro, y tan hecho a romper y atropellar por otras dificultades mayores? A la fe, esto no nace de falta de habilidad, sino de sobra de pereza y penuria de discurso. ¿Queréis ver si es verdad lo que digo? Pues estadme atento y veréis cómo, en un abrir y cerrar de ojos, confundo todas vuestras dificultades y remedio todas las faltas que decís que os suspenden y acobardan para dejar de sacar a la luz del mundo la historia de vuestro famoso don Quijote, luz y espejo de toda la caballería andante.

— Decid —le repliqué yo, oyendo lo que me decía—: ¿de qué modo pensáis llenar el vacío de mi temor y reducir a claridad el caos de mi confusión?

A lo cual él dijo:

— Lo primero en que reparáis de los sonetos, epigramas o elogios que os faltan para el principio, y que sean de personajes graves y de título, se puede remediar en que vos mesmo toméis algún trabajo en hacerlos, y después los podéis bautizar y poner el nombre que quisiéredes, ahijándolos al Preste Juan de las Indias o al Emperador de Trapisonda, de quien yo sé que hay noticia que fueron famosos poetas; y cuando no lo hayan sido y hubiere algunos pedantes y bachilleres que por detrás os muerdan y murmuren desta verdad, no se os dé dos maravedís; porque, ya que os averigüen la mentira, no os han de cortar la mano con que lo escribistes.

»En lo de citar en las márgenes los libros y autores de donde sacáredes las sentencias y dichos que pusiéredes en vuestra historia, no hay más sino hacer, de manera que venga a pelo, algunas sentencias o latines que vos sepáis de memoria, o, a lo menos, que os cuesten poco trabajo el buscalle; como será poner, tratando de libertad y cautiverio:

Non bene pro toto libertas venditur auro.

Y luego, en el margen, citar a Horacio, o a quien lo dijo. Si tratáredes del poder de la muerte, acudir luego con:

Pallida mors aequo pulsat pede pauperum tabernas,
Regumque turres.

Si de la amistad y amor que Dios manda que se tenga al enemigo, entraros luego al punto por la Escritura Divina, que lo podéis hacer con tantico de curiosidad, y decir las palabras, por lo menos, del mismo Dios: Ego autem dico vobis: diligite inimicos vestros. Si tratáredes de malos pensamientos, acudid con el Evangelio: De corde exeunt cogitationes malae. Si de la instabilidad de los amigos, ahí está Catón, que os dará su dístico:

Donec eris felix, multos numerabis amicos,
tempora si fuerint nubila, solus eris.

Y con estos latinicos y otros tales os tendrán siquiera por gramático, que el serlo no es de poca honra y provecho el día de hoy.

»En lo que toca el poner anotaciones al fin del libro, seguramente lo podéis hacer desta manera: si nombráis algún gigante en vuestro libro, hacelde que sea el gigante Golías, y con sólo esto, que os costará casi nada, tenéis una grande anotación, pues podéis poner: El gigante Golías, o Goliat, fue un filisteo a quien el pastor David mató de una gran pedrada en el valle de Terebinto, según se cuenta en el Libro de los Reyes, en el capítulo que vos halláredes que se escribe. Tras esto, para mostraros hombre erudito en letras humanas y cosmógrafo, haced de modo como en vuestra historia se nombre el río Tajo, y veréisos luego con otra famosa anotación, poniendo: El río Tajo fue así dicho por un rey de las Españas; tiene su nacimiento en tal lugar y muere en el mar océano, besando los muros de la famosa ciudad de Lisboa; y es opinión que tiene las arenas de oro, etc. Si tratáredes de ladrones, yo os diré la historia de Caco, que la sé de coro; si de mujeres rameras, ahí está el obispo de Mondoñedo, que os prestará a Lamia, Laida y Flora, cuya anotación os dará gran crédito; si de crueles, Ovidio os entregará a Medea; si de encantadores y hechiceras, Homero tiene a Calipso, y Virgilio a Circe; si de capitanes valerosos, el mesmo Julio César os prestará a sí mismo en sus Comentarios, y Plutarco os dará mil Alejandros. Si tratáredes de amores, con dos onzas que sepáis de la lengua toscana, toparéis con León Hebreo, que os hincha las medidas. Y si no queréis andaros por tierras extrañas, en vuestra casa tenéis a Fonseca, Del amor de Dios, donde se cifra todo lo que vos y el más ingenioso acertare a desear en tal materia. En resolución, no hay más sino que vos procuréis nombrar estos nombres, o tocar estas historias en la vuestra, que aquí he dicho, y dejadme a mí el cargo de poner las anotaciones y acotaciones; que yo os voto a tal de llenaros las márgenes y de gastar cuatro pliegos en el fin del libro.

»Vengamos ahora a la citación de los autores que los otros libros tienen, que en el vuestro os faltan. El remedio que esto tiene es muy fácil, porque no habéis de hacer otra cosa que buscar un libro que los acote todos, desde la A hasta la Z, como vos decís. Pues ese mismo abecedario pondréis vos en vuestro libro; que, puesto que a la clara se vea la mentira, por la poca necesidad que vos teníades de aprovecharos dellos, no importa nada; y quizá alguno habrá tan simple, que crea que de todos os habéis aprovechado en la simple y sencilla historia vuestra; y, cuando no sirva de otra cosa, por lo menos servirá aquel largo catálogo de autores a dar de improviso autoridad al libro. Y más, que no habrá quien se ponga a averiguar si los seguistes o no los seguistes, no yéndole nada en ello. Cuanto más que, si bien caigo en la cuenta, este vuestro libro no tiene necesidad de ninguna cosa de aquellas que vos decís que le falta, porque todo él es una invectiva contra los libros de caballerías, de quien nunca se acordó Aristóteles, ni dijo nada San Basilio, ni alcanzó Cicerón; ni caen debajo de la cuenta de sus fabulosos disparates las puntualidades de la verdad, ni las observaciones de la astrología; ni le son de importancia las medidas geométricas, ni la confutación de los argumentos de quien se sirve la retórica; ni tiene para qué predicar a ninguno, mezclando lo humano con lo divino, que es un género de mezcla de quien no se ha de vestir ningún cristiano entendimiento. Sólo tiene que aprovecharse de la imitación en lo que fuere escribiendo; que, cuanto ella fuere más perfecta, tanto mejor será lo que se escribiere. Y, pues esta vuestra escritura no mira a más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías, no hay para qué andéis mendigando sentencias de filósofos, consejos de la Divina Escritura, fábulas de poetas, oraciones de retóricos, milagros de santos, sino procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo; pintando, en todo lo que alcanzáredes y fuere posible, vuestra intención, dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos y escurecerlos. Procurad también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla. En efecto, llevad la mira puesta a derribar la máquina mal fundada destos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más; que si esto alcanzásedes, no habríades alcanzado poco.

Con silencio grande estuve escuchando lo que mi amigo me decía, y de tal manera se imprimieron en mí sus razones que, sin ponerlas en disputa, las aprobé por buenas y de ellas mismas quise hacer este prólogo; en el cual verás, lector suave, la discreción de mi amigo, la buena ventura mía en hallar en tiempo tan necesitado tal consejero, y el alivio tuyo en hallar tan sincera y tan sin revueltas la historia del famoso don Quijote de la Mancha, de quien hay opinión, por todos los habitadores del distrito del campo de Montiel, que fue el más casto enamorado y el más valiente caballero que de muchos años a esta parte se vio en aquellos contornos. Yo no quiero encarecerte el servicio que te hago en darte a conocer tan noble y tan honrado caballero, pero quiero que me agradezcas el conocimiento que tendrás del famoso Sancho Panza, su escudero, en quien, a mi parecer, te doy cifradas todas las gracias escuderiles que en la caterva de los libros vanos de caballerías están esparcidas.

Y con esto, Dios te dé salud, y a mí no olvide. Vale.


AL LIBRO DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA


Urganda la desconocida

Si de llegarte a los bue-,

libro, fueres con letu-,

no te dirá el boquirru-

que no pones bien los de-.

Mas si el pan no se te cue-

por ir a manos de idio-,

verás de manos a bo-,

aun no dar una en el cla-,

si bien se comen las ma-

por mostrar que son curio-.

Y, pues la expiriencia ense-

que el que a buen árbol se arri-

buena sombra le cobi-,

en Béjar tu buena estre-

un árbol real te ofre-

que da príncipes por fru-,

en el cual floreció un du-

que es nuevo Alejandro Ma-:

llega a su sombra, que a osa-

favorece la fortu-.

De un noble hidalgo manche-

contarás las aventu-,

a quien ociosas letu-,

trastornaron la cabe-:

damas, armas, caballe-,

le provocaron de mo-,

que, cual Orlando furio-,

templado a lo enamora-,

alcanzó a fuerza de bra-

a Dulcinea del Tobo-.

No indiscretos hieroglí-

estampes en el escu-,

que, cuando es todo figu-,

con ruines puntos se envi-.

Si en la dirección te humi-,

no dirá, mofante, algu-:

''¡Qué don Álvaro de Lu-,

qué Anibal el de Carta-,

qué rey Francisco en Espa-

se queja de la Fortu-!''

Pues al cielo no le plu-

que salieses tan ladi-

como el negro Juan Lati-,

hablar latines rehú-.

No me despuntes de agu-,

ni me alegues con filó-,

porque, torciendo la bo-,

dirá el que entiende la le-,

no un palmo de las ore-:

''¿Para qué conmigo flo-?''

No te metas en dibu-,

ni en saber vidas aje-,

que, en lo que no va ni vie-,

pasar de largo es cordu-.

Que suelen en caperu-

darles a los que grace-;

mas tú quémate las ce-

sólo en cobrar buena fa-;

que el que imprime neceda-

dalas a censo perpe-.

Advierte que es desati-,

siendo de vidrio el teja-,

tomar piedras en las ma-

para tirar al veci-.

Deja que el hombre de jui-,

en las obras que compo-,

se vaya con pies de plo-;

que el que saca a luz pape-

para entretener donce-

escribe a tontas y a lo-.


AMADÍS DE GAULA A DON QUIJOTE DE LA MANCHA


Soneto

Tú, que imitaste la llorosa vida

que tuve, ausente y desdeñado sobre

el gran ribazo de la Peña Pobre,

de alegre a penitencia reducida;

tú, a quien los ojos dieron la bebida

de abundante licor, aunque salobre,

y alzándote la plata, estaño y cobre,

te dio la tierra en tierra la comida,

vive seguro de que eternamente,

en tanto, al menos, que en la cuarta esfera,

sus caballos aguije el rubio Apolo,

tendrás claro renombre de valiente;

tu patria será en todas la primera;

tu sabio autor, al mundo único y solo.


DON BELIANÍS DE GRECIA A DON QUIJOTE DE LA MANCHA


Soneto

Rompí, corté, abollé, y dije y hice

más que en el orbe caballero andante;

fui diestro, fui valiente, fui arrogante;

mil agravios vengué, cien mil deshice.

Hazañas di a la Fama que eternice;

fui comedido y regalado amante;

fue enano para mí todo gigante,

y al duelo en cualquier punto satisfice.

Tuve a mis pies postrada la Fortuna,

y trajo del copete mi cordura

a la calva Ocasión al estricote.

Más, aunque sobre el cuerno de la luna

siempre se vio encumbrada mi ventura,

tus proezas envidio, ¡oh gran Quijote!


LA SEÑORA ORIANA A DULCINEA DEL TOBOSO


Soneto

¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea,

por más comodidad y más reposo,

a Miraflores puesto en el Toboso,

y trocara sus Londres con tu aldea!

¡Oh, quién de tus deseos y librea

alma y cuerpo adornara, y del famoso

caballero que hiciste venturoso

mirara alguna desigual pelea!

¡Oh, quién tan castamente se escapara

del señor Amadís como tú hiciste

del comedido hidalgo don Quijote!

Que así envidiada fuera, y no envidiara,

y fuera alegre el tiempo que fue triste,

y gozara los gustos sin escote.


GANDALÍN, ESCUDERO DE AMADÍS DE GAULA, A SANCHO PANZA, ESCUDERO DE DON QUIJOTE


Soneto

Salve, varón famoso, a quien Fortuna,

cuando en el trato escuderil te puso,

tan blanda y cuerdamente lo dispuso,

que lo pasaste sin desgracia alguna.

Ya la azada o la hoz poco repugna

al andante ejercicio; ya está en uso

la llaneza escudera, con que acuso

al soberbio que intenta hollar la luna.

Envidio a tu jumento y a tu nombre,

y a tus alforjas igualmente invidio,

que mostraron tu cuerda providencia.

Salve otra vez, ¡oh Sancho!, tan buen hombre,

que a solo tú nuestro español Ovidio

con buzcorona te hace reverencia.


DEL DONOSO, POETA ENTREVERADO, A SANCHO PANZA Y ROCINANTE


Soy Sancho Panza, escude-

del manchego don Quijo-.

Puse pies en polvoro-,

por vivir a lo discre-;

que el tácito Villadie-

toda su razón de esta-

cifró en una retira-,

según siente Celesti-,

libro, en mi opinión, divi-

si encubriera más lo huma-.

A Rocinante

Soy Rocinante, el famo-

bisnieto del gran Babie-.

Por pecados de flaque-,

fui a poder de un don Quijo-.

Parejas corrí a lo flo-;

mas, por uña de caba-,

no se me escapó ceba-;

que esto saqué a Lazari-

cuando, para hurtar el vi-

al ciego, le di la pa-.


ORLANDO FURIOSO A DON QUIJOTE DE LA MANCHA


Soneto

Si no eres par, tampoco le has tenido:

que par pudieras ser entre mil pares;

ni puede haberle donde tú te hallares,

invito vencedor, jamás vencido.

Orlando soy, Quijote, que, perdido

por Angélica, vi remotos mares,

ofreciendo a la Fama en sus altares

aquel valor que respetó el olvido.

No puedo ser tu igual; que este decoro

se debe a tus proezas y a tu fama,

puesto que, como yo, perdiste el seso.

Mas serlo has mío, si al soberbio moro

y cita fiero domas, que hoy nos llama

iguales en amor con mal suceso.


EL CABALLERO DEL FEBO A DON QUIJOTE DE LA MANCHA


Soneto

A vuestra espada no igualó la mía,

Febo español, curioso cortesano,

ni a la alta gloria de valor mi mano,

que rayo fue do nace y muere el día.

Imperios desprecié; la monarquía

que me ofreció el Oriente rojo en vano

dejé, por ver el rostro soberano

de Claridiana, aurora hermosa mía.

Améla por milagro único y raro,

y, ausente en su desgracia, el propio infierno

temió mi brazo, que domó su rabia.

Mas vos, godo Quijote, ilustre y claro,

por Dulcinea sois al mundo eterno,

y ella, por vos, famosa, honesta y sabia.


DE SOLISDÁN A DON QUIJOTE DE LA MANCHA


Soneto

Maguer, señor Quijote, que sandeces

vos tengan el cerbelo derrumbado,

nunca seréis de alguno reprochado

por home de obras viles y soeces.

Serán vuesas fazañas los joeces,

pues tuertos desfaciendo habéis andado,

siendo vegadas mil apaleado

por follones cautivos y raheces.

Y si la vuesa linda Dulcinea

desaguisado contra vos comete,

ni a vuesas cuitas muestra buen talante,

en tal desmán, vueso conorte sea

que Sancho Panza fue mal alcagüete,

necio él, dura ella, y vos no amante.


DIÁLOGO ENTRE BABIECA Y ROCINANTE


Soneto

B. ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?

R. Porque nunca se come, y se trabaja.

B. Pues, ¿qué es de la cebada y de la paja?

R. No me deja mi amo ni un bocado.

B. Andá, señor, que estáis muy mal criado,

pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.

R. Asno se es de la cuna a la mortaja.

¿Queréislo ver? Miraldo enamorado.

B. ¿Es necedad amar? R. No es gran prudencia.

B. Metafísico estáis. R. Es que no como.

B. Quejaos del escudero. R. No es bastante.

¿Cómo me he de quejar en mi dolencia,

si el amo y escudero o mayordomo

son tan rocines como Rocinante?

Primera parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha


Capítulo primero. Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha.

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leía: ...los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.

Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar —que era hombre docto, graduado en Sigüenza—, sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.


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