Todavía No
por
Eduardo Acevedo
Smashwords Edition
Copyright © 2007 Eduardo Acevedo
All rights reserved.
****
Contenido
Vivo por encima de mis posibilidades.
¿Cómo es posible?
Tengo un amigo prudente
viviendo por debajo de las suyas
y si quieren una explicación,
se concentra más en los balances
descuidando los límites.
Pero ¿quién conoce bien los límites?
Debo ser un farsante
tomando porciones de más
con algún arte ilusionista.
O un ingenuo sin terminar la lección
en el libro de las limitaciones.
Hasta he pensado
que el Río de la Plata deja
un sedimento extraño en la sangre.
Mis posibilidades
tienen esa cualidad elástica
exhibida por los felinos
o la ropa interior femenina
para estirarse maravillosamente.
Aún así, voy por encima,
averiguando cómo se rompen las cosas.
Por suerte hasta ahora,
no sé quién está pagando la cuenta.
Una flor en la India
abre sus pétalos
sólo una vez.
Cada marinero tiene
su puerto y fecha precisa.
Cada lotería tiene
un día premiado acechándote.
Hay una piedra en Sumatra
y otra en Brasil con tu nombre.
Hay un amor con silla reservada
en cada café.
Hay un gesto heroico,
un minuto salvador,
un almacén con tu felicidad.
Hay un vuelo fatídico
ahuyentando destinos.
Con qué inocencia
dejamos pasar nuestros chances.
Con qué resentimiento
esperamos nuestro turno infinito.
Estoy recogiendo
sueños pendientes
para hacer un inventario.
O para hacer una corona de rosas
ocupando el lugar de las espinas.
Un colchón de sueños pendientes,
un buen stock.
Deben ser sueños livianos
para llevar a todas partes,
sueños comodín
para cualquier ocasión.
Si en el inventario
aparecen algunos repetidos,
acepto cambalaches.
Ni más faltaba que no me sirvieran
sueños ajenos postergados
a cambio de mis obsesiones.
Hacer un ghetto con los que se drogan,
establecerlos aparte
como ya hicimos con los locos,
no es posible.
Demasiada gente de por medio.
Deberíamos destinar recursos
incentivando las mentes brillantes
para descubrir una pastillita
al alcance de todos
y sin efectos secundarios.
Que naturalmente atraiga
a la clientela actual
y por qué no, también a la potencial.
Sin destrucción ni dependencia física
y con el costo de una chocolatina.
¿Te levantaste deprimida
y con mucho por hacer?
Toma la pastillita.
¿No tienes tiempo para la posición de loto?
Toma la pastillita.
Como no generaría dependencia
ni se perdería lucidez,
ni habría gran negocio de por medio
-ya se lo dije,
como una chocolatina,
sin la sordidez y criminalidad habitual-
tendría una familiaridad en nuestras vidas
parecida a la aspirina.
No faltarían las doctrinas
y los masoquistas
oponiéndose a esta felicidad instantánea,
con el solo argumento válido
de no costar esfuerzo.
Para que los débiles,
malogrados,
o con intolerancia a este mundo
se las sigan arreglando
como puedan.
Tuve una vida secreta
con una vecinita
tiempo atrás.
En los recuerdos de la infancia
aparece su imagen cómplice
y mi silencioso enamoramiento.
Si acaso,
sólo ella sabría
de nuestro romance.
También fui el personaje
invisible de Salgari
acompañando a Sandokán
por los mares del sur.
Como todo niño debe ser
cuando lee a Salgari
y su mamá lo llama a comer.
Vidas pródigas
en anhelos e intimidad.
Luego en la adolescencia
comenzó mi interminable
vida secreta de Casanova:
perdido tras la más bella de la barra
mientras la traidora
prefería a otro,
me desquitaba
en nuestra vida oculta
con algún mohín cariñoso.
Y de allí a la farándula,
fue un paso:
actrices, modelos
y demás ninfas
pasaron por mis brazos soñadores.
Cuando comencé seriamente
a tomar decisiones
-cuando seriamente
las demandaron de mí-
inicié mi saga de vidas conjeturales,
detectivescas,
siguiéndole la pista a las posibilidades
que no iba escogiendo.
Vidas secretas consoladoras,
donde a menudo me iba mejor.
También llegaron
las injusticias de la vida,
las situaciones trampa
donde uno es el ratón.
Y desarrollé las vidas sibilinas,
las vidas simuladoras
burlándome con gesto adusto
y haciendo pistola por detrás.
De maduración más tardía
florecieron las vidas íntimas
con intuiciones incontrovertibles,
resignadas certidumbres
y talentos afinados a la sombra.
Dicho esto,
no te preocupes por algunas
de tus probables vidas sórdidas
mi pequeña muñeca rusa,
que aquí estamos
adivinándonos los dos.
Sabía que no sería una alegría.
Sabía que algún día llegaría
como algún día me llegará la muerte.
Sabía que terminaría viendo
tu verdadero rostro.
Sabía que mi mirada desapasionada
no perdonaría detalle.
Todo eso lo sabía de sobra
y para muestra,
observen mi cuero curtido.
Hasta esperaba un giro imprevisto,
alguna última flaqueza por descubrir.
Daba por descontado
el desencanto y el alivio.
Es más, había tenido en cuenta
la porción cruel
de mi corazón vacío
y para la eventualidad,
ensayado alguna calidez.
Una estupidez desde luego,
pero mejor que una crueldad a secas.
Sentí todo eso
que había previsto.
Sentí la vida
un poco más fea y vacía
que de costumbre.
¿Qué te puede importar, querido lector?
Eufórico, obsesionado,
estarás en un estado
poco apto para leer:
te es suficiente la euforia.
¿Desalentado…? ¿Indiferente…?
Tal vez algo que se deje leer solo,
con el esfuerzo
de una sonda intravenosa.
Yo en esos casos,
prefiero la televisión.
Y lo que te importa,
¿por qué querrías leerlo?
Mejor ir a buscarlo…
Tal vez un anticipo, un simulacro,
el escozor ajeno,
los guiños desapercibidos.
Necesitas comer y bostezar,
un buen sueño.
Si necesitaras leer,
estarías en problemas.
Estás en problemas.
Atrapado como yo,
por el otro extremo.
¿Cuántos crepúsculos memorables,
cuántos gatos vinieron
a nuestro regazo?
¿Cuándo ocurre el gesto,
el límite irrepetible?
Está bien.
Quieres repetir
y yo o cualquier otro
te dará gusto.
Del género y estilo que prefieras.
Prometo al terminar de escribir
hacerle cosquillas a Cris.
Y tu promete que no leerás
por un tiempo.
Ese soldadito cayendo de primero
tenía mal sintonizado
su instinto guerrero.
Su guerra fue corta.
Le costó la vida
y probablemente no era su guerra,
distraído de sus verdaderos asuntos
en un mal momento.
Hay otras guerras más largas.
Algún joven intelectual romántico
acompañando a Stalin
y soportando el resto de su vida
la estupidez y la crueldad.
Y para su fastidio, llegar a viejo.
Los más afortunados
elegimos nuestras guerras.
Debió ser la leche materna
o una canción de cuna favorita
lo que dispuso mi temperamento
para el lado equivocado.
Beligerante precoz,
fue ventajoso recibir
y repartir trompadas
equilibradamente durante la niñez.
Pasaron rápido los moretones
y resentimientos.
Ahora me tocan
las guerras privadas cotidianas
ya lejanas de inocencia.
Tantos haciendo la carrera de héroe
me dejan sólo vacantes de villano.
También hay gladiadores
sin ver el león que los come.
Campeones en cumplimiento,
se descuidan con los aplausos
y la gritería del circo.
Guerra es guerra.
No hay guerra gratis.
Toda victoria
pasa después su cuenta
y el único que tiene restos
es el victorioso.
Confieso que demoré en entender
esta aritmética tan elemental,
pero desde entonces
cuido mi fama
para poder huir gallardamente.
Las modas
son graciosas alteraciones
de algo pasado
-sin gracia, no se pondrían de moda.
En esta fase líquida,
mudable, precaria y nómada del mundo,
preocúpame sobremanera
que descubran mi prontuario cavernario
de veintisiete años ininterrumpidos
de relación amorosa,
junto con otros veinte laborales.
¿Qué clase de adefesios
podrá contar sobre la vida
semejante visión momificada?
Como en este mundo tan comunicado
todo se sabe o puede llegar a saberse
a nuestro pesar,
es mejor protegerse
con una autoconfesión a tiempo.
Mi línea de defensa débil
es por el lado de la suerte
-¿y qué quieren?
no tengo la culpa de tener suerte-
junto a la alegría ganando
por poco margen
todos los cierres de año.
Mi línea de defensa fuerte
es por el lado del dinero,
el cual hay que poseer
en cantidad apreciable
para poderlo despreciar.
Estoy simplemente en fase
amorosa acumulativa,
llevándoles bastante ventaja
a ustedes
licuefactivos presumidos.
Las acciones públicas nos redimen
de nuestras habituales canalladas privadas,
serenando culpas y búsquedas.
Hay cierta indignidad práctica
volviéndose más público.
También cuenta,
el cuarto de hora de bondad semanal
disponible para todos,
que deberemos hacerlo coincidir
con una oportunidad propicia.
Si a esto le sumamos
un comentario genuino que haga usted
sin los sofisticados referentes teóricos
para opinar hasta del pan,
-debe estar muy astuto o muy ingenuamente
desprevenido para ello-
junto a un generoso impulso de no opinar
cuando le dan servida la ocasión,
entonces digo,
le puede comenzar
una incipiente sensación de bienestar,
que le dará confianza para cambiar
esa eterna película de acción
por algo más reposado
como la historia de la polilla.
Si el libro te gustó,
dáselo a un amigo.
Si no te gustó,
olvídalo en alguna plaza
o cafetería.
¡Anímate!
que es sólo un libro.
Mañana quién sabe…
tal vez sea
tu mujer.
Hay quienes averiguan
minuciosamente
antes de adquirir un auto.
Los ensayan
con pruebas de esfuerzo,
radio de giro,
estabilidad,
comodidad,
economía,
valor de reventa
y no sé cuántas cosas más.
Hay quienes se ahorran
el esfuerzo,
asesorándose con un amigo
del grupo anterior.
Otro grupo numeroso
hace las pesquisas a medias
y una vez realizada la compra,
se transforman en ávidos
recolectores de información
validando la elección realizada.
Hay algo de pereza
y de soberbia
y de estupidez en este proceder.
Y algo de confianza
en un radar interno
para tomar decisiones
sin mayor fundamento.
Hasta supe de alguien
que decidió quedarse
con un usado
porque sí,
por el primer golpe de vista
a las farolas delanteras.
Qué instintiva confianza ¿no?
Aunque no recuerdo bien
si se trataba de su auto
o de su actual mujer…
El animal político en ejercicio,
en funciones,
para lograr su elección,
debe carecer de las virtudes políticas
que nosotros los ciudadanos
admiramos.
Esas virtudes políticas
que nosotros los ciudadanos
no poseemos,
pero buscamos
legítimamente en nuestros
animales políticos preferidos.
Así la democracia
termina siendo
un ejercicio de imaginación.
Este soneto quiere presentarse
cumpliendo formal, justo casi justo,
reglas encaminadas a ese busto
tan grandioso y esquivo de ganarse.
Con tanta filigrana logra odiarse
esa manía que hace perder gusto
por frases con pasión sin gesto adusto,
sin métrica y acento por cuidarse.
Aunque sería tonto que negara
esta belleza rítmica, celeste,
con siete siglos, alguien bautizara.
Por lo que elegiré sin que moleste
palabras vanas, ritmos con la vara
celeste, sin que ¡ay! nada me cueste.
Si podemos escuchar
una frase graciosa
y alguien
nos puede saludar
con natural afecto,
no estamos perdidos.
Tampoco estamos ganados,
pero el día se inclina
levemente
hacia la dicha.
Mientras pensaba que ella
estaba aburrida,
se sentía tranquilo.
Ahora que conoce
su tranquilidad,
le entró a él
el aburrimiento.
¿De quiénes hablo
y en cuáles relaciones?
No importa mayormente.
Se aplica a cualquier situación
donde lo ruin tenga cabida.
No tema usarlo
en diversas circunstancias.
Como el color negro,
con todo combina
y a cualquiera le sienta bien.
¿Habrá alguna sección
menos deseada de escribir
en un periódico
que las notas necrológicas?
Lo dudo.
Son los forenses de la medicina,
los deshollinadores
de los oficios hogareños.
Claro que es
una primera impresión,
tal vez torpe,
como suelen ser
las primeras impresiones.
El buen hombre
sólo tiene que informarse
y escribir
sobre las cosas buenas
que hizo el finado.
Y en ese sesgo hacia
el lado bueno
se le puede ir tranquilamente
la mano, y aún inventar.
Total,
¿quién tendrá la mala leche
para hablar mal del difunto?
Nada más reconfortante
y enternecedor
que redactar su propia
nota necrológica anticipada.
Y si redondea bien
su epitafio para la lápida,
el mundo le va a quedar pequeño.
Las obras de nuestro agrado
pasado mucho tiempo,
no deberíamos releerlas.
Han ido mejorando el estilo
y hay sutilezas del espíritu
acomodándose al nuestro
cada vez mejor.
Hasta recordamos frases
que sería una desilusión
encontrarlas afeadas
en el texto original.
A nuestros viejos amores
pasado el tiempo,
tampoco deberíamos
verlos otra vez.
El caballero y el ladrón
se caracterizan
por su interés
en no hacerse notar.
El caballero
no da trabajo,
facilitando las cosas.
El ladrón fastidia
a la víctima,
a la aseguradora
y a la policía
que lo quiere atrapar.
El caballero recibe
sin haber buscado,
lo que el ladrón
obtiene esforzado.
Vaya comparación,
como de un paraguas
con una gallina ciega.
Pero eso
de no hacerse notar,
le da al ladrón
cierta distinción.
Ramona por favor
recoja todo de la mesa,
menos los líquidos.
¿Recojo esta ensaladera?
¿Recojo este plato?
¿Y esta fuente…?
Querida, ese vestido te luce
muy bien cuando caminas.
No te lo puedes ver,
pero eres feliz
dando gusto a los demás.
Y cuando subas al escenario
para seducirnos con tu actuación,
tampoco te podrás ver,
sacando a relucir
tu altruismo otra vez.
Ya rendida por la noche
cuando simules ese éxtasis,
engañarás agradablemente
a tu marido
por partida doble.
Mañana tampoco
lo sentirás conmigo
y es una lástima
que no te puedas ver.
Cuando estoy sintonizado
no espero nada.
Es decir,
no demando acuerdo,
aceptación o gozo.
No espero una acción
hacia mi agrado.
Sería grato que ocurriera
pero no la espero.
Entendámonos,
tampoco espero un desprecio
o una idiotez inhabitual.
No espero descortesías gratuitas
ni violencias.
No espero traiciones.
En los que me rodean,
no supongo nada
por encima
de sus flaquezas conocidas.
Y no me acostumbro
a las sorpresas por debajo.
Pudiste ser cualquier otra
en este jardín terrenal.
Cuánta belleza
circulando por las calles.
Cuántas miradas indiferentes
buscando algo.
Cuántas esquinas
para toparse por sorpresa.
Cuántas desconocidas
con lo necesario para turbarme.
Elegirnos entre tantas
posibilidades favorables,
fue un accidente de la atención.
Bien pudo ser una tragedia
esta bendición.
Al gran plexo solar ¡salud!
Coronado de gloria por los vagos
y simpáticos que andan por ahí,
usted naturalmente
no entiende nada.
Al plexo sacro no espere encontrarlo
en algún acto litúrgico
con incienso y cánticos sagrados.
Sin saberlo tal vez, usted
ha curioseado el plexo sideral
con los horóscopos,
las cartas astrales
y con más seriedad
en algunos atisbos ultramundanos.
Pero el gran desconocido
es su plexo orbital.
Una verdadera lástima,
habida cuenta su responsabilidad
en el entrecruzamiento
de los planos vitales.
No se preocupe con esos conceptos raros:
usted está solo y se siente solo
rodeado de gente.
Se roza, se apretuja en congestiones,
trenes, ascensores y fiestas,
sintiéndose aislado.
Su vida se parece a esas historietas
por cuadros sucesivos
que se no tocan, entrecruzan o solapan.
Imagínese en París
-si está en París, imagínese en Roma-
entrando a un concierto de piano
de cuarta categoría,
en una tarde lluviosa
y saliendo del brazo
con una concertista vieja y chiflada.
Usted entonces, ha entrecruzado
sus planos vitales con la chiflada
y con Julio Cortázar,
gracias a que su plexo orbital
se conectó con el de ellos.
¿Quiere abandonar su soledad,
su aislamiento?
¿Quiere saber quiénes diablos
son sus vecinos,
sus compañeros de trabajo?
No lo piense dos veces,
que es muy sencillo de resolver:
así como los ladrones de sopetón le dicen:
¡la plata o la vida!
usted puede decirles:
¡El plexo orbital o el pubis!
Los suicidas
se toman muy en serio
la vida en general
y la propia en particular.
Semejante desinterés
por ambas,
debe contener
una decepción similar.
Pero los suicidas se suicidan
y deben tener sus razones.
Nadie sabe
lo que vendrá después,
salvo que es mucho tiempo
para no tomarse molestias
en esta breve función.
Pereza de hacer algunas cosas.
O simplemente
pereza de vivir.
Cualquier cosa interesante
ahuyenta rápido la pereza.
Cualquier cosa apasionante
vence incluso a la fatiga.
Hay infatigables apasionados
e infatigables con miedo
a contagiarse de pereza.
Infatigablemente aburridos,
algún día perderán el miedo
y caerán en la pereza.
Hartos de inacción,
algún día una pasión
los salvará.
Y descansarán
en el reino del ocio.
La frase brillante,
la actuación brillante,
la conducción brillantemente audaz,
la brillante seducción
y la melodía brillante,
están en los libros que lees,
en los programas que observas,
en la música que escuchas
y las revistas que hojeas.
Son momentos brillantes de la vida.
Se dan a cuentagotas
en tus frases,
en tus conversaciones
y en tus inspirados y escasos
instantes brillantes.
Mientras tú te ocupas
de vivir la vida,
los medios viven de perpetuar
los momentos brillantes.
Para aquellos rutinarios,
insípidos
y aún estúpidos,
cada cual se basta a sí mismo.
A las fatalidades hay que cerrarles
nuestra puerta
o al menos no invitarlas a entrar.
Ellas tienen su hora
y su compañía preferida:
un amor turbio,
un exabrupto de ira,
un descuido peligroso,
un mal cálculo,
un optimismo inmoderado,
una complacencia indolente,
una racha de mala suerte.
Tú por ejemplo,
eres una mujer fatal para mi vida,
de la cual debo cuidarme
y espantar todo lo que pueda.
Si te gustaran
los chocolates con caramelo,