La noche del Gran Godo
Manuel Gayol Mecías
Primer libro de la serie
CRÓNICAS MARJIANAS
(CUENTOS)
(1985-1992-2004)
---------------------------
© Manuel Gayol Mecías, 2011
Reservados todos los derechos de la presente edición
Published by Manuel Gayol Macías at Smashwords
ISBN: 978-1-936886-55-5
Ilustración de portada:
Marja y Yoli en la noche del Gran Godo
Diseño tipográfico: Alexandria Library
Colección Narrativa
NEO CLUB EDICIONES
neoclub@neoclubpress.com
neoclubpress.com
Smashwords Edition, License Notes
This ebook is licensed for your personal enjoyment only. This ebook may not be re-sold or given away to other people. If you would like to share this book with another person, please purchase an additional copy for each recipient. If you’re reading this book and did not purchase it, or it was not purchased for your use only, then please return to Smashwords.com and purchase your own copy. Thank you for respecting the hard work of this author.
---------------------------
ÍNDICE
Veredicto del Premio de Cuento UNEAC-1992
La dorada edad de la inocencia
Vicky en la vigilia del vigilante
---------------------------
En diciembre de 1992 presenté este libro en el Concurso Nacional de Cuentos Luis Felipe Rodríguez, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), sin creer en la posibilidad de obtener el premio, debido al contenido de mis cuentos y a la perspectiva política mantenida siempre por el gobierno de la isla, una reacción iconoclasta difícil de aceptar por las autoridades culturales. Pero lo hice con la idea de que nuevos aires se avenían con el proceso de la perestroika y la glasnot en la antigua Unión Soviética, y esto era algo alentador si también podía ocurrir en Cuba, pensé. Y lo hice asimismo como una manera de expresarle a una institución oficial del régimen mi desacuerdo no sólo con la falta de libertad de expresión y el estado de cosas imperantes en el contexto sociopolítico de la isla, sino además por el hecho de poder demostrar en mis narraciones una mínima representación, al menos, de la creación literaria que desde la segunda mitad de la década de los años 80 se venía realizando ya por una buena parte de poetas y narradores que, a pesar de no poder publicar sus obras a causa de la censura (y la autocensura), y/o por la falta de medios para las impresiones literarias, no podía dejar de plasmar su sensibilidad ante una realidad lacerante, discriminatoria y tremendamente injusta que cada día –aún hoy en 2011– agobia la existencia del cubano.
Para mi asombro –confieso–, el jurado me otorgó el premio por unanimidad, como una aparente muestra de que en Cuba, ¡al fin!, se empezaba a vislumbrar la posibilidad de esa anhelada apertura en la creación literaria y artística; yo creía en aquel entonces que la obra que encerraba un genuino sentido humano podía encontrar cauce para su valoración y publicación. Esta fue –y lo digo con sinceridad– mi primera inocente creencia.
A los pocos días, en el Departamento de Narrativa de la UNEAC se me dijo que mi libro sería publicado en su momento, siguiendo el orden de un escalafón, debido al mucho atraso en la publicación de otros premios y textos, y por la escasez de papel que ya desde hacía un tiempo estaba confrontando la industria del libro en el país. Por estas razones, mi cuaderno de cuentos debía esperar alrededor de dos años para salir a la luz pública. No tuve otro remedio y acepté este argumento, pues en verdad la falta de recursos de todo tipo se había acentuado muchísimo, incluso más después del desmoronamiento del sistema comunista y la desaparición de la Unión Soviética; sin embargo, creí que más tarde o más temprano mi libro sería publicado, porque constituía un premio reconocido oficialmente, y ello con objetividad era lo importante. Esta fue –como leve esperanza– mi segunda inocente creencia.
En mayo de 1994, después de unos ocho meses de absurdos trámites, pude obtener –como si todos los cubanos fuéramos objetos pertenecientes al Estado– un permiso de salida, válido por un mes, dado por el Departamento de Inmigración cubano para visitar en España a la familia de mi padre. Desde que llegué a ese país decidí no regresar a la isla –como han hecho y hacen miles de cubanos, en su derecho de vivir donde deseen–, y seis meses más tarde viajé a Estados Unidos para residir en California. Aunque ya no me encontraba viviendo en Cuba, supuse que mi libro se iba a publicar por ser un premio nacional y, por tanto, un compromiso profesional de la UNEAC. Pero esta fue –así de simple– mi tercera inocente creencia.
Han pasado 19 años y mi libro hasta ahora no se ha publicado en Cuba, con la excepción de algunos de sus cuentos. Con anterioridad al premio de la UNEAC, varios de mis relatos habían visto la luz en diversas publicaciones periódicas: el primero, “La noche del Gran Godo” (cuento que le da título al libro), en la revista Casa de las Américas (1985); el segundo, “La mano”, en la revista Letras Cubanas (1986); y el tercero, “El Ojo Diplomático”, en la revista Del Caribe (1987). Por otra parte, tengo entendido que un buen tiempo después de habérseme otorgado el mencionado premio, el cuento “La noche del Gran Godo” también formó parte de una antología de narrativa publicada por la UNEAC en La Habana, y mucho más tarde el mismo relato apareció en otra antología preparada por una universidad de Puerto Rico.
Estas publicaciones esporádicas y aisladas pudieron conllevar la intención de hacer ver en el extranjero que en Cuba se permite la crítica (al menos eso creí en aquel tiempo, cuando aún quedaban revuelos de la perestroika soviética y se pensaba, también ingenuamente, en la posibilidad de un cambio hacia una democracia, siquiera, más acorde con la realidad del mundo), pero en verdad unos cuentos sueltos y en distintas épocas, sin presentarse dentro del conjunto de un libro, no representaban ningún riesgo para el statu quo establecido pues, a pesar de promocionar una supuesta libertad de expresión, el gobierno cubano paradójicamente siempre se ha caracterizado por una extrema intolerancia; y, al contrario, esos cuentos sueltos publicados sí podían ser usados para la manipulación política (y el juego) de hacer creer en la existencia de una falsa libertad de expresión... No obstante, la no publicación de mi libro realmente fue una respuesta política al hecho de haberme ido de Cuba y, poco tiempo después, convertirme en un disidente al hacer declaraciones críticas al régimen, aparecidas en entrevistas de dos periódicos españoles a raíz de haber llegado a ese país.
Asimismo, otra agobiante y larga espera ha sido la de encontrar editorial, por las causas sabidas por todo escritor (poco o nada conocido); causas que suceden en esta otra parte del mundo: muy pocas son las editoriales interesadas en un premio que no se haya publicado, y menos en el de un escritor aún no relevante en el contexto internacional. Además, a la mayor parte de las editoriales, en todo caso, les interesa publicar novela, testimonio o crítica antes que cuento y poesía, pues si se va a ver estos dos últimos géneros son mucho menos rentables.
Hoy, para bien o para mal, y lejos de toda ingenuidad o creencia en la conversión del proceso totalitario cubano, pienso que La noche del Gran Godo ha entrado por fin en la azarosa dimensión del mundo literario para comenzar a realizarse como libro, y ello gracias a Neo Club Ediciones, dirigida por mi amigo y editor Armando Añel y su esposa, Idabell, quienes han tenido la valentía de adentrarse en la aventura de este cuaderno y formar parte activa de su historia.
En cuanto a estos cuentos propiamente, y mi sentido de complacencia por ellos, quizás sus personajes se pierdan o se encuentren con ustedes; quizás estos años de espera para su publicación hayan servido para revisar y purificar estéticamente estos relatos, como advirtió el ensayista y crítico venezolano Oscar Sambrano Urdaneta, quien me ayudó con sus agudas observaciones a depurar su discurso. Quizás, más allá o más acá del cambio ineludible que habrá de venir en Cuba, la espera de este cuaderno confirme una vez más la naturaleza retrógrada de un gobierno al que, en esencia, no le ha interesado nunca una verdadera cultura de la libre expresión.
Asimismo, en el acto del agradecimiento, pienso mucho en quien fue uno de mis más grandes inspiradores, el universal escritor tunero Guillermo Vidal (1952-2005), uno de mis amigos del alma, quien siempre estimuló mi creación y, aún más, me entregó su amistad sincera, la cual constituyó el tesoro de una gran sensibilidad humana.
En el sentido creativo, este cuaderno es el primero de una serie de libros. En mi opinión, sus relatos no llegan a proponer una connotación de línea política dirigida a subvertir el régimen, sino a plasmar una parte de la realidad cubana que en cualquier otro país podría significar una simple expresión de crítica social; pero en Cuba, desde 1959 hasta hoy en día, la más mínima forma de exponer verdades universales ha sido considerada un crimen contra el proceso totalitario (la misma naturaleza humana es, de hecho, el mayor agente subversivo contra el gobierno). En realidad, la cúpula del poder ha visto siempre la historia a su manera, sin describir los problemas sociales tal cual ocurren, o intenta deshacerlos por decreto y constantemente como una antihistoria, recomponiendo la vida diaria a la manera de un Miniver o Ministerio de la Verdad orwelliano.
En relación con el proceso de creación de mis narraciones, fueron sus personajes los que se presentaron por sí mismos ante el papel en blanco y me dieron el impulso de intentar una saga para unirlos con los fragmentos de una realidad variopinta, lacerante y convulsa; y juntos, personajes y contexto, aspirar a un camino posible hacia la memoria colectiva en otros libros que ya conforman las series –también inéditas– de Papirus y de las Crónicas Marjianas. Esta intención de continuidad y, al mismo tiempo, de proceso unificador y purificador, que va de la isla al exilio y viceversa, como un anillo que se cerrará al fin en un momento impreciso aún de mi vida, es lo que me llevó a emplear el lema escogido para concursar en 1992, cuando conocí esas misteriosas y premonitorias palabras de Leonardo da Vinci: “Las cosas desunidas se unirán y recibirán una tal virtud que devolverán a los hombres la memoria perdida”...
Con seguridad, como un eco de esta frase, algún día todos los cubanos volverán a unirse, y ese día las cosas cambiarán inevitablemente; entonces es muy probable que la culpa de tener esperanzas por alcanzar una libertad y democracia reales, de una manera pacífica y civilizada, a partir de ese día de la unidad ya no sea tal, y alcancemos por naturaleza propia la inocencia sin tener la necesidad de ser ingenuos. Siempre que se dé un verdadero cambio, hacia adelante, entonces ese día, al menos, podremos contar con la esperanza de recuperar la memoria que nos han tratado de arrebatar.
Manuel Gayol Mecías
Bell, California, Inviernos de 2001-2004 — Corona, California, verano de 2011
---------------------------
del premio de cuento Luis Felipe Rodriguez, del concurso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) 1992.
Este jurado estuvo formado por los escritores Francisco López Sacha, Jaime Saruski y Eliseo Altunaga.
Texto del acta
1.-
Otorgar el premio a la obra La noche del Gran Godo, con el lema “Las cosas desunidas se unirán...”, del autor Manuel Gayol Mecías, por considerar que posee una manera singular de construir mundos, ofreciendo una imagen de la vida nocturna y de las relaciones humanas en La Habana de hoy [1992].
2.-
Por la coherencia y continuidad estilística y por el dominio de las técnicas expresivas en su acercamiento a una temática que, aunque ya cuenta con una tradición en la cuentística cubana, se desarrolla por el autor con nuevos puntos de vista.
La Habana, 24 de diciembre de 1992
---------------------------
A Gladys y a la familia, siempre. Porque todos han sanado mi corazón
A Guillermo Vidal, por su amistad y la vocación irreverente de sus escritos
A mi amigo venezolano Oscar Sambrano Urdaneta, por sus certeras consideraciones sobre estos cuentos. Sus criterios, a pesar de los años transcurridos de mi libro, me han servido para saber que nunca es tarde si la crítica es sabia y estimulante
Estos relatos son formas de una historia precedente –tal vez pasajes escapados del azar de una novela aún no escrita–, relatos que se presentan como mundos en sí mismos, y que, sin embargo, no pueden eludir su condición de continuo, en la paradoja de una historia que, en esencia, es tan infinita como el sueño de Dios.
En realidad, para el ser humano, no hay final, sino cambios. La vida es una sucesión de cambios. Aun la muerte es el mayor de los cambios...
---------------------------
La dorada edad de la inocencia
La bella Marja no sabía si su historia era una equivocación de la vida o si ella era una pesadilla repetida en los vaivenes de un destino no escogido. Y es que sus palabras a veces tenían el sentido de una confesión, el desahogo de una culpa impuesta, podía pensar yo, y esto quizás la revelaba como una muchacha que había llevado una forma de vida muy solitaria desde la infancia.
La bella Marja nunca escatimó palabras para mantener en vilo mi vida de oidor ardiente, por lo que puedo decir que fui el destinatario íntimo de uno de sus mayores pesares: el sentimiento inexplicable de amar al padre en contra de ella misma.
Sí, era un sentimiento inexplicable, decía, porque jamás tuvo una relación afectiva con aquel hombre que sólo venía a la casa una o dos veces por semana, y la madre entonces lo atendía unas cuantas horas, dejando a Marja en la sala o en su cuarto (el de la niña), obligada a jugar con la magia de los deseos, añorando las palabras de cariño que partieran de él o, cuando menos, la dicha de que le regalara un paseo breve por las calles del barrio, para que los vecinos supieran que su padre vestía con elegancia, que era alto y hermoso y tenía los mismos ojos de la hija.
Pero el padre entraba y salía oculto de la casa; no daba la cara a nadie que pudiera reconocer en su rostro bien rasurado las inquietudes de pasar inadvertido, para que no se vieran los obsequios a su mujer, quien también velaba porque la hija recibiera la ropa, el calzado y los juguetes que no se hallaban en las tiendas del país...
Bueno, en las tiendas de consumo nacional, donde solamente compraba la mayoría del pueblo –me explicó Marja...
Esa situación imponía los deseos de una muñeca o un casete para la niña, o películas y prendas para la madre no interesada en saber cómo el hombre obtenía esas pequeñeces, que en ocasiones no eran tales baratijas, como cuando se apareció con un televisor en colores y una videograbadora marca Sony, y ellas muy contentas, qué rico, mami, dijo Marja, y quiso saber, después de marcharse el padre, de dónde salían esas cosas tan hermosas, tan entretenidas y tan caras; sí, porque las amiguitas le decían que esas cosas valían dólares, un billete verde muy escaso, que hacía abrir los ojos así de grande, porque era algo que la gente al verlo se asustaba... Porque sencillamente el padre lo podía hacer, le argumentaba la madre, como que podía existir en otro mundo de calidades prohibidas, situadas más allá de la carencia de todo el mundo.
El padre sólo se animaba con la madre dentro del cuarto; y a partir de ahí el cuarto se colmaba de misterios, las cosas cambiaban de sentido y la niña comenzaba a percibir un efluvio vibrando en el aire, como si el aire de la habitación se filtrara por el quicio de la puerta y le trajera una sensación de gusto y de temor. Sin embargo, después sentía que por diversas partes del cuerpo le brotaban sorpresivos temblores que no podía contener. Se estrujaba las manos, como queriendo retener el calor producido por las alteraciones ceceantes de la madre.
Marja recibía así el escape de una voz henchida, plena de regocijo, que le ponía de punta los vellitos dorados de los brazos... Pero al rato, a la voz de la madre se unía la del hombre con expiración de una “a” que continuaba en intervalos largos, y ella imaginaría las dos voces de otra forma en su mente infantil; es decir, las confundía con murmullos de duendes o de gnomos que solían confabularse contra la realidad –especulaba ella cuando alguna vez me habló de su niñez–, conjurando algún rito –decía– que ponía en juego cada uno de sus artilugios.
Más tarde, cuando se acababan los murmullos, se oía la música de Feliciano (porque al padre le gustaba Feliciano, a pesar de que el gobierno prohibía escucharlo), y esa música semejaba el lamento de un ciego errante viniendo de un mundo raro... Una vez imaginó que el ciego caminaba por un sendero de tierra colorada, rodeado de césped; y más adelante el sendero serpenteaba entre pedregosas colinas por donde el ciego subía apoyado en su bastón, como buscando algo perdido desde hacía tiempo. En medio de un campo, bajo un cielo encapotado de gris, el hombre de los espejuelos oscuros se cantaba a sí mismo esas canciones tristes que hablaban de abandono y desamor, hasta llegar a un punto donde el sendero se bifurcaba y el ciego tomaba un rumbo indefinido y desaparecía en el horizonte...
Otras veces, cuando Marja escuchaba las exclamaciones a media voz, se acordaba de algunos sueños en los que un príncipe le confesaba las magias del amor. Mayormente las exclamaciones salían de la madre y la niña intentaba imitarlas con su voz bien bajita, y al oír los susurros del padre pegaba el oído a la puerta con la idea de que el príncipe quedaba al otro lado inundando las fibras de la madera con un timbre mínimo. Y sucedía que Marja no entendía las palabras, que se hacían sonidos quedos y por momentos se diluían en el silencio de la noche... De este modo llegó a escuchar los zarandeos en el lecho y los pasos descalzos, como el divertimento de los payasos en la cama elástica de un circo ruso... Le sonaba también el tintineo de los bloquecitos de hielo dentro de los vasos a la manera de unos cascabeles repicando en vísperas del placer... En otro momento, los suspiros crecientes eran la respiración agitada de un perro enamorado.
Estas cosas se le mezclaban en la imaginación, y con el paso de los años fueron descubriendo una esencia confusa de amor y sexo, un sentimiento ardoroso que la sacaba de la soledad.
No se sabe con exactitud cuándo la inocencia le empezó a cambiar. Pero, sin duda, la realidad se fue abriendo paso desde aquellos tiempos en los que el padre visitaba a la madre, sin interesarle la soledad de Marja. Desde entonces, a la niña se le reproducía la ansiedad en todos los objetos de la casa; los recodos y recovecos del apartamento se lustraban con sombras y luces, un claroscuro que la perseguía en sus sueños. Ella sentía que los muebles chirriaban de excitación a causa de un movimiento interno que los hacía expresivos, incluidos mucho más tarde en la vida adulta de Marja, por obra de la imaginación de aquella niña que en aquellos tiempos veía la tensión en la expectativa de los muebles.
Y todo este sentido imaginativo apuntaba a la presencia del padre, me digo... Y yo no podía dejar de preguntarle a Marja qué era lo que él escondía detrás de aquel rostro impasible y hermético, de aquellos gestos finos y corteses, que todavía ella recordaba a pesar del poco tiempo en que lo observaba conversar en la sala. ¿Es que el aliciente del padre solía ser nada más que el cuarto donde se encerraba con la madre, algunas noches, sin saber (o sin querer saber) que la chiquilla andaba en la casa con su ansiedad por los pasillos y las puertas, por las paredes y los muebles?... Pero Marja, acerca de esto, nunca me dio respuesta; siempre permaneció tan muda al igual que sus muñecas.
La soledad resultó así un duro golpe para la intimidad de una niña que pudo ser distinta. En verdad fue un ser acostumbrado a escuchar los suspiros de pasión que profería la madre después que el padre llegaba y ambos se encerraban en la alcoba penumbrosa; una habitación propia para la embriaguez y que con el tiempo ella definió por las blusas, jubones y corpiños que el hombre traía de Panamá, por los vestidos comprados en otros países, y que una madrugada encontró regados por el piso; o por el olor de un perfume adquirido en alguna tienda de París y que Marja fijó como una llaga en las últimas neuronas de su ingenuidad; o de un whisky Scotch, Sello Negro, que quedaba en la sobra de los vasos, donde el aliento del padre se mezclaba con el zumo alquímico de una fórmula que la marcó con su primer estado de embriaguez.