Alberto de la Madrid
La
edad madura
NOTA
Este libro fue concebido para que todo él se desarrollara en un solo párrafo. La empresa que acogió para su publicación en ebook este manuscrito estimó, sin embargo, que la organización del texto de tal forma se hacía algo confusa para el lector en un dispositivo electrónico, razón por la cual me vi obligado a establecer divisiones de párrafos arbitrarias a fin de que el libro pudiera ser publicado.
Llegó a la casa del bosque una mañana de otoño. Caminaba desde hacía horas bajo la lluvia y allá, en el fondo del prado, cubierto por el manto herrumbroso de las hojas, creyó ver la fachada de una choza a través de la cortina de agua que caía incesante desde hacía horas. Las trazas de una pequeña senda atravesaban el prado en dirección a la construcción de madera. La siguió. La puerta se abrió con un breve chirrido cuando accionó el manubrio de hierro. Sus ojos necesitaron de algunos minutos para habituarse a la profunda oscuridad que reinaba dentro. Un fuerte olor a humedad invadía el recinto; las formas de una mesa, una silla, una estantería de madera con cacharros de cocina y botellas vacías, una chimenea, fueron abriéndose paso en su retina. Sorprendido por aquel repentino descubrimiento, no se decidía a deshacerse de la capa de agua y el macuto, como si imaginara que de una estancia inmediata fuera a salir el posible dueño para echarle a puntapiés de nuevo a la intemperie. Se desprendió del macuto, cerró la puerta. A través de las maderas de los postigos se filtraban débiles resquicios de luz. ¿Había llegado allí, como Lao Tsé, camino de un retiro definitivo? Esa era la impresión. Sobre la mesa había un cabo de vela.
Buscó a tientas en la repisa de la chimenea algo con que encender pero no encontró nada. Decidió salir fuera a desbloquear los postigos de las ventanas, cuatro en total. Cuando volvió a entrar en la cabaña aquello le pareció un milagro, miró a su alrededor: un camastro junto a la ventana del fondo y sobre él una estantería, una linterna, un farolillo de petróleo; un tonel mediano hacía de mesilla de noche junto al camastro cubierto por un jergón de paja. Entre la cama y la chimenea había otra ventana, y junto a ella, un pequeño armario hecho de tablas donde el último morador había colocado en tarros de vidrio, legumbres, azúcar, sal, café; también había un gran frasco con arroz. Se sentó frente a la mesa, su mirada vagaba por el interior de la cabaña llena de sensación de bienestar; de las traviesas del techo pendían dos lámparas más de petróleo.
El agua repicaba amortiguada y monótona sobre el tejado de piedra, un rumor de fondo que subrayaba la soledad intemporal que se desprendía de aquellos objetos abandonados a su suerte en mitad del bosque. En un rincón, a la derecha de la chimenea, bajo la cuarta ventana, se apilaba un respetable montón de leña. No tardó en descubrir una caja de fósforos junto a unos tarros de mermelada. La leña prendió con cierta dificultad pero unos minutos después el fuego era ya un vivo resplandor que empezaba a llenar de confort el espacio húmedo de la cabaña. Aproximó la silla junto al fuego y lo miró absorto durante un buen rato. Era difícil saber por qué estaba allí, allí precisamente; recordó cómo dos días antes, una mañana en que se había despertado un tanto taciturno y desanimado, había decidido ponerle remedio a la situación llenando el macuto con cuatro cosas y los pertrechos de vivac y poniéndose en camino.
En la estación de autobuses estuvo mirando los destinos próximos y optó por comprar un billete para Soria. Necesitaba salir del estado de estancamiento, acaso caminando le venía alguna inspiración, qué sabía él, algo que le invitara a levantarse cada mañana con un poco de ánimo. De momento, lo primero que se le ocurrió fue eso, coger la mochila y tirar para adelante; eligió las tierras altas de Soria para ello. Guardaba un buen recuerdo de un bellísimo otoño anterior recorriendo los bosques cercanos a la Laguna Negra. Se propuso caminar sin rumbo, allá por donde el ánimo lo empujara. Era un día de noviembre frío y desapacible, el otoño había desnudado ya los árboles y un tapiz dorado pero triste cubría el bosque. Se había llegado a convencer de que vivir un empeño que pusiera en movimiento su ser era lo que realmente le estaba pidiendo a gritos todo su cuerpo; esa pizca de intensidad que la vida necesitaba para que ésta fuera sentida como algo denso y deseable.
Una tarde se había dedicado a mirar en Internet rostros de mujeres de su edad. En ellas eran más evidente los años; aquellos rostros le habían deprimido, la vejez no era bella, los deseos de mujer no podía encontrarlos allí; todo gritaba lamentablemente el paso de los años. No había reparado en ello tan vivamente hasta entonces. Ellas reflejaban los estragos del tiempo sin ningún tipo de paliativos; ni lejanamente sus rostros estimulaban su anhelo, el viejo anhelo que no terminaba de extinguirse, que ardía, Dios, con tanta fuerza; como si su cuerpo se hubiera equivocado de época olvidando su propia edad, el paso también en él de los años. Es patético, había dicho una vez su amiga Maite, cuando él le había hablado de ese deseo de tantos hombres mayores de relacionarse con mujeres más jóvenes que ellos. Él se había defendido aludiendo a hombres cuya madurez, experiencia y cultura habían sido un atractivo más que suficiente para mujeres que valoraban estos aspectos por encima de la edad. Pero sí, acaso aquello, visto así, tenía algo de patético. No estaba seguro. De hecho ellas, las que él había frecuentado, siempre fueron bastante más jóvenes que él, la mujer pequeña, con su cara y actitudes de niña, por ejemplo, y que tanto tenía que aprender. Porque era verdad, había mujeres que casadas y siendo madres y habiendo llegado a los cincuenta, parecían como haber vivido una reducida cantidad de años; le sucedía a ella, arropada desde muy joven por un marido absorbente y autoritario que reducía su humanidad a muy poquita cosa; el marido lo organizaba todo, le compraba un coche, decidía si adquirían una casa o vendían una tierra, si tendrían caballos y quien los cuidaría, si los hijos tendrían moto o no, si se iban de vacaciones aquí o allí.
Y el caso era que de tonta no tenía un pelo, más bien era lo contrario, era de inteligencia despierta, era creativa; sólo que parecía vivir como encerrada y lejos del mundo. Quizás fueron este conjunto de detalles lo que hizo que empezara a quererla tanto; también por la infelicidad que mostraba. Me atrae la infelicidad de los otros como un ejercicio de mi amor, escribía Cioran; salvar a la amada de un naufragio de por vida, trabajar con inmenso cariño para que volviera a ser persona, con cariño, con ternura.
Ella entonces atendía la casa, cuidaba los veinte caballos de su marido, una docena de perros, también de su marido; no salía nunca sola, veía la televisión sólo cuando los hijos y el marido no hacían uso de ella. En los tiempos en que la conoció, sus libros llevaban metidos en cajones cuatro años; desde el último traslado. Luchar contra todo aquello, ayudar a alguien a convertirse en persona y además quererla tan profundamente fueron cosas que llenaron su ser de gozo durante mucho tiempo. Había pasiones que no tenían que ver con la edad, bastaba encontrar el alma gemela, después sería seguir el rastro de luz que ella dejara. Se hablaba tanto de las mujeres... acaso fuera porque en ellas se puede encontrar cierta esencia que es tan necesaria como el aire que se respira; porque en torno a ellas se mueven tarde o temprano los anhelos, porque así se nace y porque sería un crimen desperdiciar toda la energía que se lleva dentro en algo menos noble que el amor. Aunque tampoco, claro, por todas ellas había de sentirse lo mismo, apañados estaríamos; lo que no quitaba para siempre quedara en el desprevenido caballero un velo de nostalgia que le susurrara de tanto en tanto aquello de que uno es uno, y ellas son tantas...
Y una cosa era ser un tenorio, como llamaba Harold Bloom al autor de El arte de amar, el muy enamoradizo Ovidio, y otra muy distinta reconocer en uno la influencia de los satélites y planetas, que dándole vueltas al coco de los hombres durante siglos han terminado por crear en éstos una patológica afición al sexo femenino. Cuando la mujer pequeña se plegó a las exigencias del marido que le tenía el bastón amenazante sobre la cabeza, él, convencido de que tenía que hacer un gran esfuerzo por arrancársela del alma, decidió marcharse de viaje durante medio año al otro lado del mundo. Allí fue donde conoció a Cecilia, una pediatra que trabajaba de sol a sol para pagarse la casa y un montón de cachivaches que se había comprado. Él escribía un cuaderno de viaje cuyas entradas aparecían regularmente en un blog, y ella, que había llegado casualmente allí, escribió un comentario en uno de los post.
Fue el comienzo; viajaba entonces por Filipinas o Malasia y enseguida el intercambio de correos fue tan fluido que él no tardó en invitarla a pasar un mes en su compañía, y, ella, en correspondencia, en aceptar y en empezar a hacer los preparativos del el viaje. Se encontraron un mes después en Colombo, la capital de Sri Lanka. La esperó en el aeropuerto, la vio venir empujando un carrito sobre el que había un enorme macuto y unas cuantas bolsas de plástico. Enamoradizo como era este sujeto, no necesitó mucho tiempo para que la presencia de la mujer, la esencia que estos seres van dejando a su paso lo sedujeran y produjeran en él un breve mareo etílico.
El autobús traqueteaba camino de la ciudad, atravesaba suburbios de miseria, pasaba frente a las estatuas de Shiva, de María Auxiliadora o la Inmaculada; montones de basura rodeaban los templos. Los alrededores de la estación de autobuses de Colombo eran un estercolero; él la miraba de reojo, la señora doctora se encontraba a gusto pero miraba con recelo a su alrededor, demasiada inmundicia. El hotel debió de ser para ella un golpe bajo, pero resistió bien, tardaría todavía algunos días en poner reparos. Subieron al cuarto piso y nada más cerrar la puerta no hubo tiempo siquiera para darse una ducha. Estaba con el periodo, por allá abajo raspaba, una sesión de rayos láser había quedado a medias. Fue un encuentro algo decepcionante. Aquel cuerpo no era el de la mujer pequeña. Esa era la gran realidad. Ni el cuerpo, ni sus sentimientos, ni, ni, ni, ni, etc. Vivieron como una pareja en que ambos interpretan conocerse con largura, pero no era esa la realidad; tampoco el afecto se improvisaba. Hicieron un bonito viaje en tren a Kandy, volaron después a Trivandrum, en Kerala, al sur de la India, y de ahí en adelante una bonita cotidianidad de viajeros se instaló entre ellos. La impresión que tuvo él fue de que hubiera sido mejor dejar revolotear los misterios entre sus vidas, ir poco a poco ganándose el uno al otro, pero en la edad madura en la que ambos estaban pareció que aquello sobraba.
Los paisajes de la India, sus colores, sus comidas, su miseria, pasaban a su alrededor como un lejano reflejo de aquel otro primer viaje realizado veinticinco años atrás. También allí se había roto el misterio, seguía candente el espectáculo colorista y palpitante de la calle pero no había sombra de misterio. En un hotel de Allipey asistieron a una fiesta y todos bailaron y Cecilia y una viajera brasileña de cuerpo maravilloso y cimbreante montaron un alegre espectáculo; y todo era cotidiano y sencillamente delicioso, aunque él entrara con el paso cambiado o su timidez se hiciera la renuente. En la fiesta se conmemoraba la vuelta de Joan, un catalán que levantaría un hotel el siguiente año junto al mar. Joan tenía por socio a un monje budista de Delhi. El hotel sería un lugar de encuentro y meditación. Salió la conversación, a Joan tampoco le hubiera importado vivir con dos mujeres; las mujeres volvieron a ser los omnipresentes seres de sus conversaciones. Al día siguiente a él le hubiera gustado acostarse con aquella preciosidad de las tierras amazónicas; Cecilia le echó una mano, les dejó solos, pero su timidez, la diferencia de edad, todo jugaba en su contra. Acaso le temblaba un poco el cuerpo sólo de pensar en ello; la risa, el baile, la azarosa indolencia de que vestía su cuerpo la música y la bebida tenían gran parte de culpa. Soñar no hacía daño a la salud.
Más al norte atravesaron por canales donde se reflejaban las palmeras y las siluetas de los pescadores, vivieron como dos novios en luna de miel habitando un barco para ellos solos. Al atardecer el barco quedó anclado en medio de inmenso lago; un lugar de ensueño; cayó una repentina tormenta; por la noche, desde la recoleta habitación de bambú donde dormían, se veía el reflejo estelar de la luna sobre el lago. A él no le gustaba el modo cómo ella iba encariñándose con su compañía; le había hablado de la mujer pequeña, que aunque pequeña y desaparecida, todavía ocupaba un enorme rincón en su anhelo. Para él aquello era amistad, y acaso amistad sólo para unos días, sin embargo para Cecilia era distinto, día a día se encontraba con actitudes que indicaban no estaban en la misma frecuencia. Intentó decírselo en varias ocasiones, pero ella parecía no entender, o mejor, no querer entender.
El día de la despedida en Bombay, un día en que el cielo se derrumbaba sobre la ciudad llegando el agua en algunas calles hasta por encima de la rodilla, ella no pudo aguantar más, no pudo contener las lágrimas. Había comprendido que aquello era una despedida definitiva, él seguiría viajando y cuando regresara a España todo habría concluido. Este largo circunloquio le devolvía a la pesadumbre del tiempo. Se necesitaba mucha fuerza de ánimo para salvar indemne ese choque que la edad le iba imponiendo. Él estaba en las mismas condiciones que aquellas mujeres que observaba meditabundo en la pantalla del ordenador; en las mismas condiciones. ¿Estaba en las mismas condiciones? Las veces que se le habían saltado las lágrimas viendo en la Casa de Campo correr a gente de todas las edades cuando su rótula ya no le permitió participar en los maratones. Ahora los sesenta, sesenta y tres en su caso, ¿le parecían un paso del Ecuador sin vuelta de hoja? La vitalidad que impostaba en conversaciones con alguna amiga se desvanecía exenta del entusiasmo de otro tiempo; el barco hacía agua, no era más que el deseo de que todo volviera a ser como antes, cuando ponerse el mundo por montera era cosa de dar un respingo y echar a volar. Pensamiento recurrente: ¿No estoy tratando memamente de ir contra la corriente del tiempo? Esos cuerpos más jóvenes que persigo. Algo en su reloj interno parecía no ir bien. Y recordaba a Walter Bonatti, unos pocos años antes de su muerte dedicándose a ordenar sus archivos fotográficos, sus escritos de viaje; hacía lo propio: como él. Y más preguntas: La fuerza, las ganas, los sueños, ¿dónde duermen, en qué parte del yo habitan, y cómo era su tiempo; nacen, crecen y mueren como nosotros mismos? ¿Acaso simplemente sucedía que se estaba muriendo poco a poco?
Del fuego se desprendían ahora débiles llamas que caldeaban la humedad de los troncos y provocaban una gran humareda. Se levantó y fue a por un haz de jaras de las que se apilaban en el rincón junto a la ventana. Las troceó e hizo con ellas un montón que depositó sobre las llamas. Éstas no tardaron en avivarse, la estancia se iluminó, el calor se hizo agresivo, desplazó la silla un paso más atrás. Fuera persistía monótona la lluvia. Más allá de los cristales raleaba la niebla. ¿Adaptación? ¿Lucha contra el paso ineludible del tiempo? Sin sueños no querría vivir, había leído en Conquista de lo inútil, aquel diario de Herzog en los tiempos que rodó Fitzcarraldo.
El sueño de aquel entonces de Herzog consistía en hacer subir un enorme barco de varios pisos por la ladera de una montaña. La fuerza rejuvenecedora de la lucha por lo inútil como antídoto contra los ramalazos de pesimismo que venían a colársele por las rendijas del alma. Curiosamente en una antigua entrada de uno de sus blogs había encontrado un post titulado Fitzcarraldo. La mujer pequeña había visto la película, y la exuberancia del paisaje y la pasión del personaje había despertado en ella una admiración nada corriente. Algo que chocaba con sus circunstancias, que desde hacía años hundían sus raíces, como los ficus en los templos de Angkor, en su voluntad hasta resquebrajar piedra a piedra la entera estructura de su edificio interno. Admiración porque no creía la mujer pequeña que remontar ríos, urdir ideas locas y ponerlas en práctica fuera algo deseable, conveniente e incluso posible. Decía ella entonces en un correo: “Es una maravilla estética: los chavales indígenas escuchando ópera por la gramola, la lucha por la subida del barco monte arriba hasta el otro río, la representación final, la suprema, la desbordante alegría de Klaus Kinski, con un enorme puro en la boca: el logro de vivir la vida.” Esto escribía.
La verdad era que no parecía ella, a la que él imaginaba como una Laoconte rendida ante los tentáculos y los imponderables de la vida. Sin embargo, ahí estaba, deseándose también un trago de agua y un poco de luz y preguntándose cómo había de hacer para contener eso que golpeaba dentro de su pecho. La inquietud que bullía, el ardor de un proyecto, la intensidad de una vida que de no tener aire y luz se extinguiría; cosas así podían estar en el ámbito de las reflexiones que pudieran traerle la película. Pensaba en lo mucho que estamos apresados por la banalidad de cuatro cosas a falta de algo sustancioso que nos llene por dentro; en las preocupaciones de un mundo en donde el individuo de carne y hueso apenas contaba para nada. ¿Por qué le eran tan caros personajes como Fitzcarraldo?
Cada cual debía de llevar dentro un buen puñado de anhelos situados algo más allá de la reiteración de los hechos diarios. ¿Por qué entonces la prédica del conformismo y la repetición? Ella continuaba en su mail: “Pienso que debí encontrar la vida mucho antes de los cuarenta. Ahora, quiera o no, estoy condicionada. Me pregunto cómo he de hacer para contener esto que golpea contra mi piel a veces”. ¿La vida se acababa después de los cuarenta, los cincuenta, los sesenta? ¿Quién lo había dicho? ¿Por qué? ¿Quien intentaba convencernos de tal aberración? ¿No veíamos que la vida no podía parar, que bastaba abrir los ojos para que nos sintiéramos inundados por algún tipo de deseo, de locura?
En este caso las barreras sólo se encontraban en su cerebro. En el cerebro de la gente. Ni estábamos entre los anillos constrictores que aprisionaban a Laoconte y sus hijos, ni en Auschwitz. El que no se encaminaba hacia una vida a la medida de sus deseos era porque no quería o no ponía voluntad en ello. Destino, escribía Ciorán, era la palabra selecta en la terminología de los vencidos. Y agregaba para sí: no despilfarremos la dosis de delirio que nos cupo en suerte. La conquista de lo inútil, era también el título de un libro clásico sobre alpinismo en que se relataban las primeras escaladas de las grandes paredes de los Alpes. Todas actividades inútiles, tan inútiles como llegar al final de una meta en un maratón, tan inútiles como hacer música o escribir un libro; tan inútiles como tantas cosas en la vida, las que más nos interesaban, las “menos productivas”.
La inutilidad de los actos de Fitzcarraldo sólo tenía repercusión en los espíritus que todavía albergaban la capacidad para comprender que la vida debía de ser algo apasionante. La conquista de lo inútil, toda esa hermosa futilidad que daba sentido a la vida y sin la cual se haría tan difícil la existencia, se decía meditabundo. Resucitar a la vida, posponer la muerte hacia el reducto más apartado de sí. Pero no la muerte en sí, de la que él quería ser amigo, ese momento final inapelable, sino de la muerte que poco a poco va minando las disposiciones, acorralándonos en el aburrimiento y en la desidia, la que nos deja abotargados y viejos, concluía, ahora con un calor ardiente sobre el rostro. Y sonaba otra melodía en su interior. Su ex-amante. Carne de yugo ha nacido... Su ex-amante, amada todavía después de tantos años, y aún siendo una víbora en la acepción más pragmática del término; así la pensaba tantas veces, había desaparecido definitivamente de la faz de la tierra engullida por el conformismo infantil de quien nació para ser esclava del primer imbécil de turno que se la llevó a la cama para dejarla preñada. Se esfumó, sí.
El por ti estaría dispuesta a morir, se había desinflado como un globo falto de gas; cosas que pasan, fervor de unos minutos, incluso la posibilidad de que fuera un asunto de neurotransmisores en ebullición por efecto del dolor, la soledad, ese espíritu de huérfana que se había apoderado de ella desde tantos años atrás. Desde tantos años atrás que había desaparecido; también. Siempre los veloces años perdiéndose en la distancia. Proclamando el olvido, la apisonadora indiferente que todo lo arrasa y lo incinera entre sus pezuñas de hierro. La eternidad no existía más que en nuestra imaginación, la erosión fragmentaba el granito, los glaciares, trituraba el universo y lo arrastraba al pie de las orgullosas montañas, que poco más tarde agacharían sus cabezas y serían demolidas a su vez pasando a formar parte del nuevo estrato; capa sobre capa la ceniza se prensaba y se transformaba, el amor se convertía en cristalinas betas de cuarzo, inermes, puro silencio en las profundidades de la tierra; un lugar remoto a donde siquiera llegaría el rumor de lejanas campanas de iglesias cuyos credos todavía estarían por ser inventados.
Las llamas subían fantasmales y poderosas perdiéndose en el voladizo de la chimenea. La transformación de los elementos, su áureo esplendor arrastrándose sobre la piel rugosa de los troncos, la movilidad de las jaras prontas a la trasmigración, el cuadro de la vida y la muerte sobre el fondo del hogar. Todo se transformaba, todo fluía, en eso consistía la movilidad de la vida, momentos de esplendor, la sabia bullendo en las venas como zumbido de abejas, las llamas lamiendo la oscuridad tersa del hollín, su baile intemporal e hipnótico atrayéndonos con su enigmático bamboleo hacia la profundidad de los abismos, las preguntas sin respuestas; momentos de horror y de penas sin orillas. Esa lluvia tronando en el tejado, en los cristales. Reparó en sus pies húmedos y en sus ropas empapadas, pero no se atrevía a moverse por miedo a perder la tersitud del momento. Fuera había empezado a soplar un viento que agitaba las ramas de los pinos que unían así sus voces fragmentadas y suaves al fragor incoloro y monótono de la lluvia. Sonata para el final de los tiempos, así le sonaba en aquel momento aquel dúo en medio del bosque.
Recordó a Messiaen, su cuarteto, el estreno de aquella pieza en los campos nevados de Auswitch, música para el desasosiego y la inquietud, todo el horror de los campos de exterminio cayendo como una lenta nevada sobre las almas de los oyentes que asistían a la audición como se asiste a un inmenso sepelio donde miles de soldados y civiles son honrados al final de una inmensa catástrofe bélica. El horror y la muerte engendrados por la locura, el monstruo que la humanidad llevaba escondido bajo la camisa. Tiró del cordón de la lazada de una bota, aguzó el oído intentando separar aquellos dos sonidos del agua y del viento, la bota cayó al suelo. Ahora la lluvia golpeaba fuerte contra los cristales de las ventanas; bajo ellas se formaban delgados hilachos de agua que discurrían por el suelo hasta formar un charco junto a la mesa. Se quitó la otra bota y decidió cambiarse de ropa. Fue poniendo las prendas sobre la repisa de la chimenea.
El violín del cuarteto se estiraba solemne sobre el arco de oscuridad al tiempo que la nota reiterada de un piano golpeaba rítmica como un metrónomo que acompañara el paso de un cortejo fúnebre. El recuerdo de aquella música persistía en su memoria como el golpeteo de una aldaba a la que hiciera sonar un viento descomunal. Le sorprendía la suerte que había tenido, este inesperado encuentro con el fuego, convertido el bosque en una bóveda en donde aislarse con sus pensamientos al calor de las llamas. Nada indicaba que aquella paz fuera a acabarse de manera inmediata. Se hubiera conformado con una cueva, pero los hados debían de andar de buen humor esa mañana y le habían concedido con largura sus favores. Carne de yugo. Todavía pensaba a menudo en ella, en sus mentiras compulsivas, en su orgullo trasnochado, y no comprendía cómo podía haber querido a una persona así, tan pequeña, tan rabiosamente infantil y desamparada. O acaso fuera por ello.
No sabía; la quería, curiosamente la quería, y mucho; esas cosas que se daban en la vida. Todo el sentido que tenía la existencia parecía vaciarse en ocasiones; había sucedido días, semana atrás, cuando un día tras otro se había ido depositando sobre él un hondo aburrimiento.
En casa el otoño se le había echado encima y, al contrario de lo que había previsto, ese tiempo tan apto para la lectura, la escritura, la ociosa contemplación de las ramas de los árboles moviéndose bajo la lluvia, se había convertido en tiempo vacío. Los libros se le caían de las manos, se quedaba adormilado en el sillón durante horas, nada parecía poder sacarle de aquella situación de postración. Ni siquiera era capaz de levantarse de donde estaba sentado y darse una vuelta por los alrededores, por la sierra, pensar en ir al teatro, a ver alguna exposición; todo le daba igual. La lluvia lo había encerrado en una burbuja de ensimismamiento y el desánimo hacía estragos. Se sentía envejecer, allí, podrido como las hojas secas que cubrían el prado de la parcela. Había pensado muchas veces en cómo salir del círculo de reiteraciones y aislamiento, pero su empeño había sido inútil, las mujeres con las que había contactado últimamente a través de una web, no tenían nada que ver con él. María, la pintora, había vivido algunos años en Soria, aislada en el campo y dedicándose únicamente a sus cuadros; fue este detalle el que le había sugerido este recorrido por las altas tierras de esta provincia.
Ella pudo ser una mujer con la que suavizar algo su soledad, pero las cosas no llegaron a más; acaso él se lo había dejado demasiado claro: no deseaba ningún compromiso, ni buscaba tampoco pareja, quería sólo amistad; su naufragio con la mujer pequeña le impedía pensar en otras posibilidades.
Cuando uno ha nacido para estar solo, son muy difíciles las medias tintas, el solitario tarde o temprano se echa de menos a sí mismo, se necesita como se necesita respirar y si no coincide con alguien como la mujer pequeña, le toca representar, termina por arrancar espacio y tiempo de las relaciones comunes para encerrarse en sí mismo y tomar de sí esa ración de existencia que no puede encontrar fuera. Condenada soledad, que tanto como le satisfacía, lograba a su vez condenarle y desear como un mendigo hambriento la compañía de un alma gemela.
La más absoluta contradicción vive agazapada en el alma; aferrados a nosotros con uñas y dientes, duermen tanto el solitario como el que estaría dispuesto a arrastrarse por el atrio de una iglesia con tal de conseguir el favor de esa alma que todos perseguimos. El anhelo nace del pecho tal como brota la hierba en el campo. Sin embargo también era cierto que el deseo, del mismo modo que la felicidad, vive en la espera y se ahonda en la complejidad, algo que hace pensar en una soledad acompañada de la espera y el anhelo. Sólo que no cabía engañarse y vivir como si... ¿O acaso sí, y entonces le cabía al solitario vivir apaciblemente en la espera? Aquel fue un viejo supuesto que no tardó mucho en descartar, sólo servía como consuelo.
La música de Messiaen persistía todavía en sus oídos, el sobrio lalalalá del violonchelo antes de que el piano le objetara varonil desde su rotunda firmeza, el violín con su fluir de cristal sobre la nieve solitaria, un campo de abedules de las tierras del norte, el lastimoso aleteo de un ave que quedó atrapada en el frío, la carrera del lobo trucada súbitamente por la desvaída música del corno saliendo de la espesura del bosque con su andar pausado, hijo de la noche; y el clarinete, por fin, con su alma de primavera saltando como un pájaro de rama en rama, olvidado del frío.
¿Era acaso su hijo entre las cabras un ejemplo a seguir?, ¿experimentando con la vida, semidescalzo, trajinando en un huerto, allá en la ladera de un monte? Su conocimiento de las cosas se había agudizado mucho en los últimos años, una experiencia que había ido engrosando por otra parte un modo de vida y que de ponerle en la tesitura de tener que elegir ante una hipotética crisis que le obligara a cambiar sus hábitos de pensionista sin problemas económicos, no dejaría de valorar incluso como positiva.
Los momentos de las grandes decisiones habían quedado hace tiempo atrás y ahora la estabilidad económica y la disponibilidad de tiempo eran factores que contribuían a hacer la vida agradable, una tierra donde vivir, un techo, calor en invierno, la intendencia solucionada... esas cosas con ser tan deseables contribuían, sin embargo, a mermar la pasiones que los retos proporcionan, que los sueños levantaban con su revuelo de ilusiones.
Cierto que esos retos no los podía uno llevar hasta las puertas del último adiós, cierto que los años van imponiendo otro ritmo, pero no por ello él dejaba de hacer el ejercicio, ese de prescindir de lo más elemental. Lo hacía su hijo. No hacía falta buscarse un retiro en las montañas, un monasterio, un lugar aislado, como hacían los ancianos en la tradición china; bastaba con decidirse a vivir de una manera mucho más modesta, un modo de vida que con toda seguridad, y viviendo donde vivía, incluso podría ser un nuevo estímulo, un nuevo reto, un contacto mucho mayor con la naturaleza, con el frío y el calor, la lluvia, el contacto de las manos con la tierra y las herramientas elementales. Todas esas cosas de las que el ser humano actual andaba tan escaso. Él recordaba un lejano viaje a las Hurdes en los años setenta.
Aquello, desde la visión de entonces, era pobreza y miseria. Una cabaña en medio de la cual ardía el fuego y sobre el que colgaba una olla suspensa de un gancho en donde se cocinaban unas patatas con berzas era un signo de extrema pobreza. Sin embargo no pensaba así hoy. Su hijo no era un pobre, sino todo lo contrario. Un hombre es rico en relación a la cantidad de cosas de las que puede prescindir (Thoreau). Aquellos habitantes de las Hurdes quizás sí fueran pobres, sin embargo un hombre que decidía prescindir de lo que para otros era fundamental y se entrega a una vida dura de relación directa con la tierra y los animales viviendo en consonancia con la naturaleza, era todo menos un pobre.
Él experimentaba estas cosas pero como quien lo hace desde la comodidad del laboratorio, después de pasar una mañana trajinando en la huerta o podando o cortando leña, le esperaba una casa caliente, unas comodidades, todo lo que cabía esperar en una casa moderna. Aquello se podría comparar con la diferencia que separa a un escalador que supera una pared de gran dificultad, con aquel otro excursionista que sólo tiene que caminar hasta la portezuela del funicular para ser izado hasta la cumbre. Ambos estarán en algún momento en la cima, pero...
Una de las mayores gracias de la vida estaba en superar dificultades, en enfrentarse a problemas, en rozar el peligro, en superarse a uno mismo hasta el mismo límite de las posibilidades. Fuera de ahí la vida suele ser una vida descafeinada. La vida es militar, citaba Montaigne a algún clásico en sus ensayos. La cabeza se le iba por los cerros de Úbeda, pero tanto daba, venía de la afición a la soledad y de la imposibilidad de encontrar un alma gemela con la que atender a lo uno y a lo otro, que muy bien podía vivir un solitario junto a una moza a la que quería; y por ahí y por la llamada del fuego, del agua, de esa vida primitiva de la que daba el ejemplo su hijo, había vuelto a escuchar el viejo llamado de Montaigne, el siempre bienvenido antídoto contra la blandura de espíritu y la conmiseración de las dolencias de la edad.
Pareciera que su sentada frente al fuego en esa misteriosa casa encantada que se había encontrado tan oportunamente, fuera a convertirse en un despertar de un discurso que en los últimos meses había quedado un tanto sepultado en el interior de sedentarismo; porque mover sí se movía, pero tan solo de una parte a otra de la casa, de un extremo a otro de la parcela. Un espacio un tanto exiguo para los tres meses que llevaba encerrado en casa sin moverse. Antes sí, antes había recorrido las islas de Mallorca, La Palma, Ibiza, había caminado largamente, y cuando esto sucedía su ánimo tenía otra rumbo, le daba el sol en el cogote, subía montañas, atravesaba costas, barrancos y eso se quiera o no ponía en movimiento las endorfinas; todo su cuerpo rebosaba de salud entonces, los males se le iban, el cansancio estimulaba su escritura, las noches junto al mar le lavaban el alma.
Así que ahora hacía mucho tiempo de aquello y el cuerpo y el alma parecían estársele enmoheciendo. Al cabo del día ponía su culo aquí o allá, arreglaba esto o lo otro, pero la cosa no iba más allá. La rueda de las reiteraciones le había atrapado entre sus redes y no había manera de zafarse de ella. Bueno, en ese momento lo estaba haciendo. Y de pronto la música de Messiaen parecía primavera y todo se conjuraba contra la muerte en un arrebato de alegría. Rodrigo, se llamaba su hijo, y vivía allá en la sierra en una cabaña hecha de paja y barro, bajo dos altos álamos, una ladera de robles salpicada de grandes bloques de granito.
Allá, abrigadas por el bosque, pacían unas pocas cabras, un caballo, un potrillo, correteaba un perro lanudo y tímido que respondía al nombre de Jara. Las tantas maneras diferentes de vivir. La muerte de Walter Bonatti, la fuerza y el coraje de hacerlo en plenitud, su ascensión solitaria del magnífico espolón oeste de los Dru, un invierno en la gélida cara norte del Cervino; solo también; una vida dedicada a superarse a sí mismo hasta el delirio. También había muerto otra gente en los últimos meses, escritores, políticos, el padre de su cuñado, un hombre menudo de ojillos chispeantes que colaboró en la construcción de su casa. La gente moría; también murió su padre el pasado año. Entonces leía a Proust, la muerte y Proust fueron las llamas ocultas de las madrugadas de unos días de primavera en que las amapolas rabiosamente encarnadas cubrían los taludes y los campos de los alrededores del hospital.
El amor, la muerte. Y Rodrigo experimentando con la vida allá por encima de un robledal, rodeado de grandes monolitos de granito en los que la erosión había esculpido formas femeninas de gusto neolítico; y él no resignado al tiempo que pasaba, al dolor que dejaba de tanto en tanto esto de vivir; no ajeno tampoco al gran gozo de la existencia. Y la muerte de su madre diez años atrás. También entonces hubo música mientras las llamas de otra chimenea languidecían, poco después de que la sangre de los pulmones de ella hubiera colapsado su respiración.
Entonces era la voz de Lluis Llach; el fuego ardía en un rincón, lo hizo toda la noche. Parecía como si el fuego y la música de la lluvia hubieran convocado a su alrededor los restos de otros fuegos y otras melodías. Entretanto la luz de las ventanas había ido languideciendo hasta quedar en ella la oscura desazón de la noche, el repiqueteo ininterrumpido de la lluvia, la vasta soledad del bosque. Un tiempo atrás su hija había descubierto un viejo casete con una grabación de su padre, un día de cumpleaños que había estado especialmente comunicador.
Se la envió, pero él no quiso oírla, le producía un regusto amargo su recuerdo, algo que no podía conciliarse con el afecto debido a un padre, era un sentimiento contra natura. Habían sido muchas las veces que estuvo con él en urgencias en los últimos tiempos, estaba muy mayor y cuando no era una diarrea era otra cosa, siempre la imagen de un pajarillo indefenso, la cara hundida, el hueco profundo de sus ojos de ciego, sus brazos acribillados y llenos de moratones producidos por los vanos intentos de las enfermeras por extraerle sangre. La lástima hacia el padre era una lástima llena del dolor propio y de la visión de la degradación ajena. Había una inmensa desazón en él que provenía del hecho de vivir y tener que atravesar por circunstancias degradantes y dolorosas.
Con su madre todo había sido muy distinto, las madres siempre tenían algo de la prolongación de uno mismo, podían llegar a ser el refugio donde nuestro desvalimiento encontrara su apoyo y comprensión, mientras que los padres eran seres centrados en sí mismos, ajenos tantas veces a las verdaderas preocupaciones de los hijos. Un ratón atravesó el haz de luz que caía sobre el piso y fue a encaramarse en el empeine de la bota que se secaba junto a la chimenea. Desde allí, como subido sobre una colina, parecía observar el panorama. Echó mano al macuto que estaba a sus espaldas y sacó un trozo de queso; desmigajó un pedazo y esparció los trozos junto a la bota.
El ratón emprendió una breve carrera de retirada hacia los montones de leña, pero se detuvo enseguida; no tardó en volver. Despacio, a pequeños trotecillos se fue acercando al queso. Un respingo más le llevó al trozo más cercano, lo tomó con la boca y salió disparado hacia la oscuridad. La última carta que había enviado a la mujer pequeña, y que quedó obviamente sin contestar, fue redactada también un día de lluvia del otoño anterior. La reiteración de la lluvia aparecía también en las líneas de aquella carta. “Llueve. Parece como si la lluvia, con su carga de ineludible nostalgia, viniera a despabilar el inevitable mundo de los espíritus que vagan por la tierra a la búsqueda de un techo y un fuego donde reencontrarse consigo mismos; desmembrados, buscando esa parte de su yo que quedó varada en alguna playa, perdida entre la niebla, hecha jirones entre las rocas de algún acantilado.
Llueve y, más fuerte que otras veces, me llega la inevitable brisa del tiempo llamando a mi puerta, recordándome, con cuánta constancia desde que muriera mi padre esta primavera, el hecho ineludible de la muerte, amiga, hermana; triste, acaso gozosa algún día último cuando pueda mi memoria volver sus ojos dulcemente a las cosas que amé, a las almas con las que conocí el sosiego y la ternura. Llueve y mis pensamientos van y vienen por los campos yermos del amor, por su tapiz primaveral, por su nieve y por su fuego, por su esplendor, por lo que éste tiene de apasionante y terrible. Y siento sobre mi piel el cortante filo de su acero; pero me siento recompensado.
Miro por la ventana; los geranios apenas dan ya flores, una rosa roja se marchita erguida sobre su tallo y sus espinas; la caña índica y sus llamas rojas sobre el verde tenso de sus hojas, despunta desteñida por la grisalla de la tarde. Llueve. Un puñado de folios garrapateados con versos que nacieron en la última semana en el sosiego de la hora de la tarde, yacen desperdigados por mi mesa de trabajo esperando el momento de encontrar el ánimo que los ordene y haga de ellos una grata lectura junto a la chimenea.
Llueve. Y miro tu retrato, sobre el encalado, más allá de la pantalla de mi ordenador, y siento un delgado hilo de dicha por dentro. Y con todo ello ese alentar gozoso, melancólico, triste, de mis sentidos hacia los fundamentos de la vida, la esencia de la que estamos hechos, la honda instancia en la que estamos sumidos; todo lluvia, todo noche, también todo luz; junto a la gente que quiero, a la vera de todos los caminos en los que me sentí feliz en algún momento.
Gracias por tantas cosas bonitas que suscitaste en mí, que suscita tu recuerdo.” Eran cosas pasadas, pero ahí estaban, surgían del fuego y del agua a borbotones como lluvia represada en el fondo de uno mismo; la memoria y los sentimientos viviendo su extravío en las sinuosidades de una honda cueva donde en la magnitud del silencio y la oscuridad la memoria se abismaba fluyendo, haciéndose luz, rescatando fragmentos de lluvia, la memoria de la mujer pequeña. Cómo en el tiempo de aquella carta pasaba largas horas sentado frente a la ventana contemplando el paisaje del poniente que iba transformándose, el sol cálido de después de la comida calentándole el cuerpo mientras cerraba los ojos y se abandonaba al sopor de una comida abundante o a la ensoñación en que inevitablemente caía hasta entrar en un estado de plácido adormecimiento.
Sintió cómo el momento de gracia se habría paso en él, la lluvia, el viento, el fuego; a través de las ventanas llegaba ahora un bronco furor de vegetación agitada que penetraba hasta lo hondo en su ánimo; miraba las llamas de la chimenea, cerraba los ojos y trataba de aunar todos aquellos elementos en sí; como si abriera su cuerpo y sus entrañas, y las llamas, el agua, la música voraz del viento, empezaran a penetrar físicamente en su interior.
Miraba por las ventanas deshacerse la tarde, una más entre los millones y millones de tardes, el círculo de las reiteraciones, la melaza agridulce en la que el tiempo se demoraba suspendido alrededor de las llamas. Reiteración infinita, la paz llegando despacio, colmada de suave intensidad. Y la memoria una vez más se posaba en otros vientos y en otras tormentas pasadas bajo el pequeño receptáculo de su viejo igloo de tela en algún remoto valle de Pirineos con el cielo cargado de relámpagos y la débil tienda de campaña apenas resistiendo el impacto del aguacero.
Y la música horrísona del cielo y sus fugaces espectros de luz restallando entre las cumbres, de una a otra recorriendo la tierra y llenando la noche con el esperma; el agridulce infierno de un espectáculo amado, el tránsito a través de los elementos, la fugacidad de la gracia que visita al caminante solitario como un hilo de plata tenso en el aire del bosque, lleno del fuego elemental, terriblemente perturbador, amado, deseado. Cerrar los ojos y detener el tiempo, sustancia del ser, anhelo. Y la selva, el hayedo, el barro pastoso del sendero, la vegetación impenetrable, la niebla, ella misma plena de lluvia. Cuando en la realidad, encerrada en su burbuja de agua, sólo estaba él, el caminante, la esencialidad de alma bajo la lluvia que brotaba para hendir su intensidad en su ánimo.
La plenitud de las sensaciones remitía por momentos, pero instantes después, impulsada por el fragor de las llamas, una pequeña turbulencia que se producía en los troncos de la chimenea, remontaba el vuelo y volvía a las fuentes, el alma que movía el ser y lo llenaba de emoción, del agua fresca de lo primordial. Y entonces recordaba lo jodido que se había sentido unos días atrás, ese ramalazo de sin sentido que se había adueñado de él con la firmeza de unos grilletes sobre el pecho. Esa mierda de melancolía que, aunque menos persistente que en otros tiempos, todavía lo dejaba para el arrastre. Cosas que pasaban.
Ahora se sentía de nuevo bien, era otra vez el mismo de otros tiempos; los elementos, el agua, el viento a su alrededor, su gozosa compañía. Porque ya no tendría tiempo de cambiar. No volvería con tanta asiduidad a las montañas, a sus bosques; es cierto, que algo perezoso se había hecho, pero tampoco era necesario, los bosques y sus montañas estaban permanentemente en él, eran parte de su sustancia anímica, de la misma manera que eran parte de él todo aquello que había amado en alguna ocasión; la memoria se hacía renuente con frecuencia, pero siempre terminaba por llegar el momento en que de la tarde o la noche brotaba fértil la gracia del reencuentro, su yo, allá en lo hondo de la distancia volvía a hacerse luminoso y volvía a dejarle como regalo sobre el alféizar del instante el renovado sabor de la magdalena: lluvia, viento, fuego, soledad, millares de trochas atravesaban la venas de la tierra por donde él había transitado.
Ahora sólo era un poco más viejo, estaba algo más desganado, pero no por ello dejaba de interrumpir su lectura tantas tardes para abismarse en la inmensidad del pasado y volver a vivir la emoción que un tiempo lo visitó con tanta determinación y calor; no por ello dejaba de correr mundo. Le costaba, eso sí, más que antes, pero todavía sabía donde encontrar la fuente de la emoción. De ello intentaba convencerse, porque de hecho no era cierto que las cosas fueran tan sobre ruedas. Fue unas semanas antes de que ingresaran definitivamente a su padre en el hospital cuando tuvo una profunda impresión de la vejez. En esa ocasión le habían ingresado en la sección de cuidados intensivos con un problema de hemorragia en el aparato digestivo. Su padre dormía tranquilo después de la comida.
Él observaba a un paciente muy mayor que se encontraba al otro lado de la sala de reanimación; quieto, como una estatua, de piel atezada, muy oscura, los pómulos prominentes, la boca hundida, sin dentadura, los labios sensuales, finos, estirados, compuestos en un rictus de enfado, como de quien responde a su interlocutor, la vida, con un despechado silencio; su frente era ancha, el pelo caía sobre ella rebelde formando un flequillo desordenado. Los ojos permanecían cerrados, hundidos en la nada. Su hija intentaba sacarle algunas palabras sin conseguirlo. Hacía dos días que había decidido no hablar ni comer, y día y noche permanecía tumbado boca arriba encerrado en un gesto impenetrable.
Cuando la enfermera pretendió introducirle una papilla mediante una jeringuilla, cerró con fuerza la boca; la papilla se derramo por la comisura de los labios. Después que le limpiaron y la enfermera se alejó, él volvió a su posición de cadáver. Pensó en esa firme resolución de morir que él veía en su rostro. Quiero morir, dejadme en paz, decía su expresión.
Algo así le sucedió a su madre semanas antes del último momento; pero entonces, después de sondarla y traerla sedada del hospital, a la mañana siguiente, rodeada de sus nietos y sus hijos, cambió drásticamente de parecer. Reía con las bromas de unos y otros. Durante las largas horas de la noche debió de decirse: qué coño, ¿por qué dar la nota con este ofuscamiento?, mis hijos no se merecen esto. Y así se hizo dócil y decidió que los días que le quedaban de vida iba a ser amable con ellos y consigo misma, lo que alivió sus penas y le hizo encontrar una insospechada alegría; como aquel día que, mientras la estaban cambiando el pañal, resbaló de la cama y quedó en el suelo muerta de risa con la caca por aquí y por allá. ¡Cómo recordaba él aquella alegría suya, su risa abierta y franca, despreocupada, de niña que se divierte de lo lindo con un acontecimiento chusco!
En ella el dramatismo de la muerte había desaparecido. Su madre estaba preparada para aquello que escribió un día de navegación por el Amazonas entre Manaus y Tabatinga: ...Cuando uno se muera/debería poder parar el tiempo/ dar un último beso/ a todos los rincones desolados del alma,/ debería poder tocar las manos amadas/ besar los sueños rotos/ convocar a todos los esfuerzos/ en un acto único,/ cantar una canción,/ disolverse en la niebla/ con la mano de la despedida en alto./ Se acabó, queridos, cuidaros: adiós.
El hombre de pómulos prominentes y boca hundida parecía disgustado con la vida, con sus hijos, incluso con la muerte. Él deseaba estar en su casa y no en aquel lugar extraño. Sentado a la vera de su padre, mientras éste dormía plácidamente la siesta, reflexionaba sobre este hecho y el porqué de esas personas, tantas, que vivían con ese ahínco la sensación de que la vida les había tratado mal. El hombre aquel probablemente sabía que estaba muriéndose, pero aún así persistía en su cazurrería de marcharse al otro mundo acompañado únicamente por el orgullo de su determinación.
Al día siguiente, cuando regresó junto a padre e ingresó en la sala, lo primero que hizo fue buscarle con la mirada; ya no estaba, había fallecido en la madrugada última. Murió sin darse cuenta de que se moría. Después de la última papilla que la enfermera había tratado de darle inútilmente, no se volvió a mover; a las cinco de la mañana una maquinita que recogía los débiles impulsos de su corazón, emitió un pitido intermitente y eso fue todo, el hombre lleno de disgusto había dejado de existir. Cómo concluyera su enfado con su hija y con el mundo ya no tenía ninguna importancia; sus reflexiones y su mal humor desaparecieron con él, hacía dos días eran efervescencia en su cerebro y a la mañana siguiente eran nada. ¿Habrá alguien que entienda esto de que algo que existía deje sin más de existir? Aparentemente puede ser una obviedad, pero a él le parecía algo incomprensible y misterioso, era inconcebible que lo que uno es, piensa, quiere, desea, ama, lo que hace que todo eso sea posible desaparezca sin más; era constatable únicamente; el cerebro, acostumbrado a moverse dentro de los márgenes de la existencia, no encuentra asideros o referencias para entender todo lo que está más allá de ese momento en que el corazón deja de latir. Sucedía también así con el amor. El desgajamiento que producía la muerte o la separación era un golpe terrible, que aún siendo irreversible el alma no era capaz de asimilar sino tras larguísimos periodos de convivencia con los hechos consumados, poco a poco durante meses o años seguiría viviendo la presencia de quien falleció, su incomprensible desaparición. El sistema límbico había desarrollado raíces tan profundas en el cerebro que pasaría aún mucho tiempo antes de que fuéramos capaces de convivir con la aceptación de los hechos. Él pensó muchas veces que cuando a uno se le merme la calidad de vida considerablemente, mejor sería cortar por lo sano. Pero hacía ya mucho tiempo que no estaba seguro de ello, salvo que realmente uno se convirtiera en un muerto viviente. Y ello le venía de la convivencia con los ancianos y los hospitales. Los hospitales eran también con frecuencia lugares de expresión de ese afecto, amor que hay por ahí en las calles y en los hogares, en los amigos y que, pasando inadvertido en circunstancias normales, se hacía relevante en el contacto con los enfermos de las salas de urgencias. Quizás ese afecto hiciera que mereciera todavía dar un estironcito más y aguantar hasta el final; para eso, para que fuera una despedida cariñosa, incluso llena de humor: se acabó, queridos, cuidaros: un beso, adiós. La madrugada en que murió su madre, fueron unas horas entrañables. No derramó en aquellos instantes ninguna lágrima pero su alma la tuvo en un puño. El hospital, la larga convalecencia de ella en su casa, habían depurado toda la sensibilidad de la familia, todo su amor. Cómo pudiera ser hermosa aquella música que quisieron que sonara en aquel momento mientras aseaban su cadáver, preparaban la habitación, disponían la casa para los familiares... no lo sabía, pero lo era, lo fue. El mito de la muerte dormía en nosotros de variadas formas y parecía necesario enfrentarse a la realidad para encontrar la hondura con que duermen en los hombres tantas realidades sin que apenas nos demos cuenta de ello. De todos modos, la sombra de la vejez. Ese tiempo en que los proyectos empezaban a moverse como aquejados impenitentes, reumáticos, artríticos, renuentes a seguir poniéndose el mundo por montera. Se había repetido desde el principio de verano que lo que tenía que hacer era comprar sin más un billete de avión para cualquier parte del mundo y ver a partir de ahí qué pasaba, pero la cosa no terminaba de cuajar.