Con el Diablo en el Cuerpo
Mirta Casañas Díaz
Published by Charley Torres Casañas at Smashwords
Copyright 2010 Mirta Casañas Díaz
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Prólogo
Con el diablo en el cuerpo
El ingenio de un infante da para todo, hasta la magia de colocarle el nombre Lulia a un espejo. La imagen de vidrio se convierte así en testigo fiel, temporal, de las confesiones de una niña, de sus angustias, de la soledad que le tocó vivir y que levantaron una fortaleza en su atribulado espíritu. Un ser humano que desde temprana edad vivió, con toda intensidad, la ruina moral de pequeños seres, el egoísmo, la deslealtad de un sector de la sociedad que, como ahora en muchas de nuestras sociedades latinoamericanas, y como quizás será siempre, vivirá( si el término es válido) en el eterno ser o no ser , en esa lucha constante de un yo externo, inducido por factores de poder y dominación, egoísmo extremo que limita la libertad y un yo interno, para una gran mayoría desconocido, que abre las puertas al conocimiento de la espiritualidad superior y del equilibrio del Universo, de fundamentales valores humanísticos.
La profesora Mirtra Casañas Díaz, autora del libro” Con el diablo en el cuerpo”, con un acertado manejo psicológico de sus personajes, con poder de síntesis y una descripción amena de los ambientes, logra una trama expresiva e interesante en el discurso literario, que no dudamos levantará comentarios diversos y suscitará controversias en el lector y en la crítica especializada.
Un libro escrito sin hipocresía, crudo, y que desenmascara esa moral afectada, esa moralina de la que nos habla Nietzsche en sus memorables obras filosóficas. Un libro palpitante que desnuda al ser humano, que describe con exactitud los conflictos existenciales, el no ser, lo vacuo de llenar el vació interior a través de un sexo no correspondido, no satisfecho y que todos- con sus raras excepciones’ hemos experimentado y del que no nos liberaremos hasta el momento que analicemos que en una realidad sexual participan dos y no uno. La falta de orientación, la indiferencia de los padres de la niña, provoca que ésta se invente un yo en el espejo; es su otra imagen, es un eco mudo a sus gritos de redención, de libertad, de autoestima, es la madre que añora inconscientemente, y a la que en un momento, tal vez por su odio reprimido, le desea la muerte…
Son planteamientos que no deben asombrar al lector, pues ya otros escritores afamados, entre ellos Freud, lo han sugerido en sus obras. Las constantes satisfacciones personales, contrastan con el desencanto de la mujer, a la que ningún hombre ha logrado provocarle un orgasmo. Frustración, deseos de venganza se internalizan en la niña hecha mujer. Hasta que un hombre al que no ama, la hace sentir por primera vez, el tan anhelado orgasmo en una relación fortuita.
La infidelidad está presente en el libro con lujo de detalles. La niña observa la relación de una mujer casada con su amante, se estremece al escuchar los ayees, el chirriar de la cama al unísono de los comentarios de unos vecinos escuchando una novela. Le repugna que esa misma mujer, que aparenta ser honesta, se acueste con su esposo y le diga las mismas palabras que le soltó al amante, La descripción del hecho es corto pero preciso, como toda la trama a todo lo largo de la impactante novela.
Se inicia Mirta en la novelística con buen paso, libre de ataduras convencionales, desatando toda su furia contra una moral afectada, contra los antivalores, contra la posición acomodaticia de la mujer ante el hombre, de sus eternos “sí”, a cambio de los bienes materiales, de lo ficticio de la moda, de los diálogos intranscendentes entre viejas amigas, de la disolución de la familia por la falta de amor y comunicación. Es la voz valiente, impugnadora, de la autora entre los personajes que se mueven como títeres en un pequeño circo de fantasma.
El espejo es su luz, su otra imagen a la que le dice en un final abierto “ lo he decidido Lulia, seguiré mi camino aprovechando cada minuto, cada oportunidad para conocer y amar, para sentir que estoy viva y disfrutar este privilegio, para mantener la ilusión de vivir”.
Esta palpitante narración, deja en el corazón del lector una dolorosa espina y a la misma vez una perfumada rosa. Ese es el logro de la autora, quien con su estilo literario nos hace participar como actores en la dinámica trama del libro.
Nelson Estanga
Humberto Gómez García
Capítulo I
Cuando te descubrí
Me he decidido a escribir como una alternativa para rebasar esta crisis; hoy frente a ti, gracias a tu maravillosa magia, transito por el camino de los recuerdos. Me es indispensable mirar hacia atrás, recopilar los detalles que se me escapan, mirarme desde fuera a través de la distancia que imponen los años y que hacen que ésta y aquélla sean personas tan diferentes, desconocidas quizás, pero irremediablemente unidas por un cuerpo y un alma.
No es mi primera crisis, y tú lo sabes bien; ¿cuántas? No podría cuantificarlas, sólo tú eres testigo, las guardas en tu inmutable memoria; ésta tiene como peculiaridad que el camino se acorta y es más difícil encontrar la luz al final del laberinto. Puedo concluir ya, no obstante me aferro a la vida, sólo quiero un simple destello que me obligue a seguir adelante, reflexiono, me doy tiempo, sé que aparecerá…
La primera vez, tenía cinco años; tú lo recuerdas bien, fue cuando te descubrí. Ese día mi mamá conversaba con sus amigas en la sala y yo estaba sentada en mi pequeño sillón; sus voces llegaban a mí. Gloria se refería a las exigencias de su novio, evadía la vigilancia de sus padres para sentarse encima de él, bajaron el tono para hablar del novio de Aída, su hermana. Este se había marchado a México evadiendo la dictadura, lo buscaban; todo había quedado listo para la boda, los padres de ella habían pagado muy bien con tal de ocultar la deshonra de su hija, ella lloraba todos los días la pérdida de su bebé, un año había pasado y no se sabía nada de él.
El otro muchacho, ése que se escondía en mi casa y que se pasaba a la cama de mi madre cuando yo aparentemente dormía, también tenía que irse; era un “revolucionario”, esa palabra retumbaba en mis oídos con mucha frecuencia, intuía que era algo bueno, peligroso, rodeado de misterios, todos los que visitaban mi casa tenían ese status.
Cómo se reían ellas, hablaban del club de Rock and Roll, hablaban y hablaban, de lo bien que bailaba Tomás, con tan buena posición económica, pero era polaco, no podía casarse con ninguna, la misma historia que Judith, suspirando por su mulato; esta era judía, no podía comprometerse con nadie que no fuera de su religión, se amaban en mi casa, así hablaban un minuto tras otro, una hora tras otra, toda una tarde.
Yo, en mi sillón, con mi vestido blanco de domingo, te miraba cuando tú quedabas justamente frente a mí, entonces no sabía que serías siempre mi confidente. Mi abuelo había colocado ese espejo allí, no sé cuántos años atrás; llegaba al piso, la humedad lo había manchado y mi imaginación lo había convertido en el gigante del cuento de Meñique, dentro de su vientre estabas tú, podía contemplarte con nitidez. Allí estabas para que en las tardes tú y yo dialogáramos, para que mi soledad se disipara mientras esa otra niña, con su carita triste, repetía cada una de mis palabras y de mis acciones.
Eran las tardes las horas más terribles para mí, lentas, sofocantes, en esa etapa del año, donde el calor del día evaporaba el agua que se concentraba trasformando las imágenes de algodón en manchones oscuros. Llegaban aquellas muchachas para hablar y hablar, reír y reír, mientras yo ocupaba el lugar habitual. Todas me querían y su halago principal estaba dirigido a mi discreción; delante de mí se podía hablar, a veces parecía que entendía, pero estaba tan callada. Así empecé a enterarme de muchas cosas. Las señoritas y sus novios hacían el amor por detrás, porque temían perderlos, por delante, de eso nada, debían garantizar la virginidad, qué era la virginidad, no sabía, formaba parte de los misterios que me rodeaban y que debía entender cuando fuera grande.