Excerpt for De vagos recuerdos a escondidas by Gustavo Rivera, available in its entirety at Smashwords

Gustavo Rivera





De vagos recuerdos a escondidas





























De vagos recuerdos a escondidas

Gustavo Rivera



Primera Edición, 2011



D.R. © 2011, Gustavo Rivera

www.vato04.com

ISBN: 978-1-4467-7785-5

Poesía y cuentos cortos



Índice











¿Y tu quien eres?



Soy músico, poeta y filósofo, a menudo romántico, intolerante y muy bondadoso. Soy la sombra de un pasado incierto, de la duda eterna y la sinrazón del momento. A periodos músico, cuando la razón y la bondad del tiempo lo permiten, cuando las circunstancias, me dejan salir de esta prisión imaginaria que me tiene sin consuelo, sin instrumentos y sin ritmo. A menudo poeta, porque la palabra es lo que me mantiene vivo, un par de ideas, tus ojos y un poco de imaginación me permiten plasmar cosas inolvidables, reflejo eterno de mi locura, de mi alter ego, de mi delirio irritante de mi corazón renegado a la soledad inminente.

Pocas veces filosofo, pero no por eso dejo de serlo, la sociedad y el ritmo del mundo no marcan mi vida, ni me interesa tanto como el arte, la violencia, la tolerancia y la divertida imagen de un sol en decadencia. La economía pocas veces es preocupante para un alma vagabunda de nacionalidades mixtas, de corazón patriota, aunque no conozca su patria y esta madre no lo reconozca como un hijo que parió. La filosofía es parte de mi vida, cada vez que quiero cambiar el mundo, sigo peleando a pesar de la madurez contra la injusticia, el terror sicológico y la violación a los derechos. Sigo siendo libre a pesar de los compromisos. Sigo siendo un habitante del mundo, descalzo, sin cadenas, envuelto en la tecnología pero jamás dependiente de esta.

Romántico he sido toda mi vida, porque vuelvo a enamorarme en cuanto te escucho, te sueño, te huelo, te toco o te veo. Porque mis palabras pocas veces se sienten con tanta confianza como cuando recito un poema. Porque mi prosa inexistente es más hiriente que la espada con la que el valiente corta la cabeza al prisionero cobarde. Soy romántico porque conocí tus ojos transparentes un día en esta vida absurda y a los dos minutos los extrañaba como si hubieran estado junto a mi toda la vida. Romántico sin actuar como tal, sincero, de corazón débil y convicciones frágiles.

Intolerante es la redacción de una persona con ideas claras, sin apoyar a las variaciones de dichos conceptos transcritos en paradigmas. Soy intolerante a los cambios absurdos de una sociedad organizada, que poco a poco se mueve como una gran masa palpitante que no tiene más que una conciencia colectiva mezclada con el cerebro de algún dirigente astuto y lleno de ambiciones. Intolerante a las modas, a las preferencias y a las enfermedades que luchan por ser llamadas normalidades. Intolerante a casi todo en la vida, a todo lo que no tenga una razón divina de existencia, intolerante a las infidelidades a las peleas y a las malas normas.

Soy quien preciso ser, soy la persona que sembré hace tiempo, soy la flor marchita de una cosecha de 120 mil rosas en la historia de mi nación amancebada por sus habitantes corruptos. Una flor marchita de esa gran nación llena de rosas hermosas que la ultrajan sin remordimiento, que la exprimen y después la dejan tirada. Soy fruto de la legendaria cosecha del 84, soy la luz, el niño índigo, la resurrección del jaguar, el flechador del cielo. Soy yo

Y quien soy yo...



Y quien soy yo, si tantas veces dije que no quería ni verte y tantas veces te tuve, cuando tantas veces me escondí, y aun así te utilice, no soy yo el que promete, no soy yo el que te mantiene, el que miente, el que te deja libre, no soy yo el que te enamora, no soy yo el que te lastima, no soy yo el que te seduce, el que te hace sentir mujer, el que te da libertad, el que te hace soñar, no soy yo el que te dice las cosas al oído, el que te baja la luna y te niega el hastió, no soy yo el que siempre sale avante, el que siempre sueña en grande.

Y quien soy yo, si sabía de antemano que no era yo el que quería hacerte el bien que tu alma tiene escondido ahora, como explico quien soy ahora que te he hecho un bien cuando lo que quería era destruirte, quien soy yo si mi maldad se reflejo en tu instantánea felicidad, si mi maldad y mi sapiencia se vieron doblegadas por tu ilusión y tu inocencia, como quedo yo ante los demonios que abundan en mi mente y piden tus lagrimas, quien soy yo si no pude terminar contigo como lo haría con continuidad y normalidad.

Quien soy yo, si a ti te amo, y a ella no la pude destruir, quien soy yo si deje la evidencia intacta de mi benevolencia placentera al amargo sabor de la mentira carroñera, de la voluntad del carácter que destroza la mirada de mi inocencia escondida en inteligencia, quien soy yo si ahora no soy capaz de hacer maldad a nadie, ni siquiera a ella, tan frágil, tan débil, tan loca, y quien soy yo si termine lastimado, si termine herido y enamorado, quien soy yo si ni siquiera hablo su idioma, si ni siquiera sé quien es ella, si ni siquiera se de dónde vino o a donde fue, de vez en cuando me acerco a sus fronteras, intento entender su lengua, mas su lengua termina doblegándome cual espada a la tierna piel de una virgen.

Sea quien sea yo, vivo en paz con Dios porque a la mujer que amo respeto, y a las ufanas banalidades he exonerado de considerarme pecaminoso, y sin embargo aquí sigo escribiendo, y pensando como siempre que nunca es demasiado y nada es para siempre, sea lo que sea, y pase lo que pase, a ti te recuerdo como aquel ente en el que quedo mi desastre, mi muerte y mi resurrección, mi vida mi obra y mi arte, quien se lleva mi vida, y me deja el cuerpo herido y fulminado, a ti la calle, a ti la puta, a ti la tristeza, a ti la añoranza, a ti la soledad.



Citlaxóchitl



- ¡Citlaxóchitl! ¿Dónde te has metido mujer? ¿No te das cuenta de la cantidad de problemas que tenemos aquí?

Citlaxóchitl era una joven y bella mujer, hija de Acoatl y de Malinalli. De su padre Acoatl había heredado el arte, la precisión y la frialdad para resolver problemas. De su madre heredó la belleza, la seguridad, las maneras y sobre todo el misterioso don de la palabra. Era hija única, hecho un poco extraordinario en la sociedad aquella del quinto imperio, ya que el mismo emperador Olontetl había ordenado desde que asumiese el poder quince años antes el fortalecer el nexo familiar y, sobre todo, producir guerreros que sirvieran al imperio en sus interminables batallas. Sin embargo, tanto Acoatl como Malinalli se habían negado desde el principio a tener más de un hijo. Ellos podían permitirse este tipo de decisiones y de arrebatos al frente del emperador, ya que Acoatl trabajaba como nemachtiani (profesor) en la universidad de la ciudad y Malinalli hacía a su vez de jefa de la corte del mismo Olontetl.



Citlaxóchitl había estudiado un poco de astronomía, era apasionada a las estrellas, su nombre, “la estrella que se convirtió en flor”, no podía ser una simple casualidad, por algo, el teopixki (sacerdote) del imperio le había escogido personalmente ese nombre. No obstante la pasión de la joven dama por los astros, decidió dedicarse a la construcción de bellos altares para la adoración a esas luces que vigilaban sus sueños, a esos dioses que protegían la verdad y la gloria del emperador Olontetl.



- ¡Acá estoy Necucyaotl! ¿Es necesario gritarme? Soy yo la que da las ordenes y los gritos aquí, soy yo la que construye las pirámides y soy yo la que puede destruirlas.



Desde pequeña Citlaxóchitl había cultivado un fuerte carácter, tan fuerte que a menudo resultaba ofensivo y agresivo para sus interlocutores, no obstante, la gente que trabajaba para ella tenía ya medidas sus palabras y sus acciones, para ellos era casi normal escucharla gritar blasfemias en contra de Tlaloc cuando empezaba a llover, o bajar del Chiknautopan al mismo Quetzalcoatl si hacía falta alguna piedra preciosa para completar el decorado de su más reciente creación. Mucho de este carácter lo heredó de Olontetl. Mientras su padre daba clases en el telpochkali y su madre se dedicaba a la selección de las bellas jóvenes que sus soldados habían capturado, Citlaxóchitl paseaba por la gran pirámide del Sol, recinto del emperador, jugaba sola de día y de noche, miraba los astros, los contaba, los dibujaba y a veces hasta hablaba con ellos.



Olontetl, hombre reservado y de carácter sanguinario no había tenido hijos hasta el momento, rebosaba con gusto sus 36 años y se divertía más en las guerras contra otros imperios que practicando las artes de la carne, no se le conocían amigos, aliados los contaba con los dedos de una mano y todo mundo le tenía miedo, inclusive su propia familia. Olontetl contemplaba a la pequeña Citlaxóchitl día y noche, siempre que no hubiese una guerra en disputa, se reía de sus errores, le enseñaba el nombre de las estrellas y a utilizar el don de su palabra para hacer que los hombres cayeran a sus pies ofreciendo sus almas. El emperador veía en la pequeña niña a una parte de si mismo, la parte que su padre el gran emperador Ocelotl Moctezuma había extinguido a base de sangre, de sufrimiento y de enseñanza militar.



Olontetl era feliz cuando la pequeña estrella convertida en flor paseaba por sus jardines, cuando se batía de los azules colorantes con que teñía sus más preciados penachos, cuando hablaba con las estrellas y sobre todo, cuando veía la mirada de aquella pequeña niña brillar con la esperanza que todo buen gobernante debía de tener. Este amor duró mucho, quizá fueron 15, quizá fueron 20 años. El emperador había convencido a su protegida de estudiar arquitectura, le había ofrecido ser la mayor arquitecto que jamás conocería el imperio, le ofreció poder y reconocimiento, le ofreció la inmortalidad, así fue que Citlaxóchitl fue a dar a la construcción de pirámides.



Si bien, Olontetl veneraba de una manera casi ciega a la bella arquitecta, su amor y su tiempo se vieron drásticamente disminuidos al momento del nacimiento de su primer hijo, como era de esperarse la atención del emperador se volcó totalmente en la crianza y adiestramiento de su vástago. Citlaxóchitl sólo tenía a las estrellas y a su creaciones, de vez en cuando caminaba entre las pirámides de la gran ciudad acariciando una a una las piedras que ella junto con sus guerrero habían colocado, pero eran solo piedras, frías y estáticas piedras.



- Escucha lo que te digo Mazatzin, ésta pirámide será la construcción más bella que jamás pisará este mundo, dicen que en el Chiknautopan las hay mejores, más grandes y más bonitas, pero te juro yo la gran Citlaxóchitl que tus ojos y los ojos de tus nietos no verán creación igual de magnificente.



La ciudad completa de Tlatelolco había sido reconstruida sobre algunas antiguas ruinas que imperios anteriores habían levantado y derrumbado intermitentemente. Las interminables guerras contra los imperios de Azcapotzalco y de Tacuba habían medrado durante mucho tiempo la economía de la ciudad, sin embargo, tras la rendición de ambos imperios, se veía la llegada de una época de gloria, y como muestra de esto el gran Olontetl había encargado a Citlaxóchitl la construcción de una nueva pirámide y la reorganización completa de la ciudad. No es un secreto que a Olontetl nunca le gustó tener que entrar por el tiankistli (mercado) después de derrotar al enemigo, y uno de sus objetivos con toda esta obra era la de la construcción de una gran avenida, del tamaño justo para que sus súbditos pudieran venerarlo sin presiones de espacio.



Citlaxóchitl sabía de la importancia de su nueva misión, y tenía claro que si a ella le habían encargado tan laborioso trabajo era porque la ciudad misma tendría que estar llenas de estrellas.



Hay arquitectos que prefieren el fuego, otros el agua, muchos más que hacen del viento su inspiración, pero solo yo pienso en las estrellas al construir sus altares, solo yo.



Y así fue, el plano de la ciudad de Tlatelolco era a contraluz del cielo, una idéntica copia del manto estelar mexicano, estructurado con tal detalle, que la gran avenida sería el amanecer, y la tumba de la familia real justo el anochecer. Por el norte estaría la remodelada pirámide a Istapapalosiuatl y por el sur el tiankistli, a las espaldas del emperador, dónde no pudiera encontrarlo en sus gloriosos regresos. Todo medido, calculado y planeado sin lugar a duda alguna.



¡Ahí vienen los guerreros de Olontetl!, traen presos y bellas damas. Traen jade y finas hierbas.



Esa tarde, mientras Citlaxóchitl colocaba ella misma las finas piedras de jade sobre las plumas de Quetzalcoatl en la nueva pirámide, llegaron por la recién estrenada avenida los guerrero de Olontetl, regresaban de haber conquistado gran parte de Cuautitlán y traían consigo su gran tesoro, el hijo del difunto emperador, traían a rastras a Ilhuilcamina.



Ilhuilcamina era un joven temeroso, creció a la sombra de su padre y presenció de niño la muerte de su madre, la bella Nicté, de la mano misma de su progenitor. Desde pequeño le habían gustado las artes y las ciencias, fue un encargo especial de su padre para el jefe del telpochkali hacer de Ilhuilcamina el mejor hacedor de venenos y a su vez el mejor escritor de poesía que el imperio de Cuautitlán hubiera conocido. Se sabía de la existencia de un tal Netzahualcoyotl que vivía en la ciudad del gran imperio, y que se decía escribía las palabras de los dioses, Mixtle padre del joven Ilhuilcamina tenía como objetivo el que su hijo fuera mejor que el, y además un experto en las artes dela muerte.



Yo no puedo tenerte ni dejarte,

ni sé por qué al dejarte o al tenerte,

se encuentra un no sé qué para quererte,

y muchos sí sé qué para olvidarte...


Los guerreros de Olontetl arrastraban sin piedad al pobre Ilhuilcamina, con su sangre bendecían la recién estrenada avenida, con sus lagrimas ofrendaban a sus Dioses su victoria y con el dolor del joven apagaban el suyo propio. Citlaxóchitl que era de carácter fuerte, pero no de corazón negro, al ver la semejante brutalidad con la que el príncipe rival era tratado, bajo de la blanca pirámide casi a tumbos, sus ojos inexplicablemente se llenaban de lágrimas con cada golpe, su corazón se llenaba de rabia con cada caída, su alma se sentía dañada con tanta inhumanidad.



¡Detener esta infamia! ¡Lo ordenó yo la magnífica Citlaxóchitl!



El ejercito se quedó sin palabras, sin risas y sin golpes al escuchar lo que oían y al mirar lo que veían. La protegida del emperador pidiendo clemencia por el hijo de aquel que había matado a tantos de sus hermanos, a tantos de sus hijos, a tantas de sus mujeres. Citlaxóchitl corrió a ver de cerca el fruto de tanta violencia contra Ilhuilcamina, lo descubrió tendido, exhausto y moribundo. Ilhuilcamina abrió los ojos la miró y sonrió, por el cuerpo de la bella arquitecta se corrió un extraño cosquilleo, un cosquilleo que ejercía la acción de un rayo y que a su vez le erizaba todos y cada uno de los poros de la piel. Los ojos del joven moribundo eran como estrellas, vacías como las más lejanas en el cielo, pero llenas de vida, los ojos de aquel moribundo estaban llenos de vida y era algo que a Citlaxóchitl asustó en el instante.



Ilhuilcamina no había peleado contra sus enemigos, el era un hacedor de venenos sí, pero jamás había visto morir a alguien por el producto de sus manos. Escribía versos y canciones a la tristeza, al dolor, a lo infinito. Escribía de todo y de nada, por desgracia para su padre jamás llegó a sobresalir en este sentido, Netzahualcoyotl era un semi Dios, Ilhuilcamina era apenas un semihombre. El día que capturaron a Ilhuilcamina, éste no luchó, miró caer a su pueblo y a su gente sin evitar nada, veía como asesinaban y degollaban a los niños, como quemaban vivas a las mujeres y el permaneció inmóvil, inerte, recitando poemas de su propia creación, los recitaba cual conjuro, como si invocará a sus musas a rescatar a su pueblo. Demasiada fe para un simple mortal escuchó decir y sintió un duro golpe en la nuca.



Citlaxóchitl de pie miraba a aquel cuerpo molido a golpes tirado en el suelo, de su boca brotaba una sangre espesa y de tal rojo que a veces la veían negra. Un extraño calor la invadió de pies a cabeza, un inaguantable deseo de gritar se apoderó de su voz. Los guerreros y para entonces la gente de la construcción miraban atónitos la serie de reacciones que experimentaba la dura mujer. No era algo que ella pudiera ocultar y se daba cuenta, un rojo incesante le dominó la cara y las lágrimas se apoderaron de sus ojos en segundos. Era tal la humillación que sentía que cayó de rodillas justo al lado del pobre prisionero.



¿Qué es lo que me pasa?¿Porqué me haces esto si ni te conozco?



Veo que no te acuerdas de mi, oh princesa mía” “De otra vida nos arrebataron en llanto y en esta vida nos unen en llanto”



El cuerpo de Ilhuilcamina yacía sin vida en la húmeda tierra que su propia sangre había teñido de rojo. Citlaxóchitl no acababa de entender las palabras del joven, sin embargo recordaba el día que la separaron de él. ¿era posible recordar algo que no existe?


Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-11 show above.)